Por: Sergio Oropeza.
Me llamaban genio, yo fui aquel que sabia decir siempre algo
elocuente y que siempre supo la forma de hablar apropiadamente. Siempre fui
aquel al que se le podían preguntar las cosas y mi perfecto razonamiento me
llevaba a sacar las conjeturas necesarias siempre que fuera necesario.
En la juventud era aquel que tomaba el conocimiento y lo
digería a mi gusto, tuve tanto que aprender, aprendí tanto. ¡Y lo combiné! Pude
juntar mi conocimiento y mi gran habilidad y cree cosas mágicas que fueron
reconocidas y admiradas.
Pero ahora me veo, observo estas manos cansadas incluso de
escribir esta misma carta, me siento aburrido y veo como la elocuencia se
pierde. Tengo tantas cosas que decirte
pero no puedo recordar las palabras para decírtelo.
Ni siquiera logro recordar mi nombre y menos aun el de mi
familia. Recuerdo que me casé y ella era
la mujer más linda del mundo. Tenía la cara iluminada ese día y levanté el velo
que cubría su precioso rostro observe la belleza de sus ojos y la besé la hice mía
para siempre. Siempre, ese término tan mal usado. Lo único que se puede nombrar
para siempre es el final de algo. Las cosas siempre llegan a su final y en este
caso aunque ella me siga amando no puede seguir conmigo por siempre.
Recuerdo que viví a su lado los momentos más románticos en
un segundo que duró años. Ella me vio subir mientras me hacía mejor y mejor. La
pasión que despertaba ella en mí sólo era igualada por la pasión que sentía yo
por la música. Y a su lado, logré
componer los temas más bellos jamás escuchados y logré convertir mi vida en una
dulce y tierna composición musical.
Llegaron aquellas que amé tanto, dos mujeres que adoré y vi
con orgullo crecer, y aun después de ellas existieron esos pequeños. Un par de
divertidos seres que me amaron. También se convirtieron en la música más bella.
Pero, hoy, pierdo mi vida. Mi corazón late con fuerza pero
mi vida poco a poco se me va, mis dedos que antes bailaban al son de una
poderosa melodía mental ahora sólo chocan entorpecidos ante la ausencia de
siquiera una insignificante nota que pueda recordar.
La hermosa habilidad que tenía de convertir mi vida en
música se ha ido para siempre, aunque quizás con el infierno que vivo ahora sea
lo mejor, o terminaría componiendo obras perfectas de terror auditivo.
Y eso es lo que siento, terror. Porque no sé con certeza si
esa mujer frente a mi es aquella a la que yo amo así que me acerco y con las
sensaciones a flor de piel la abrazo, pero me rechaza con una dulce sonrisa y
me ofrece un frasco de pastillas. Qué pena, soy un torpe ni siquiera puedo
reconocer a aquella mujer que debería de amar.
Ahora entran esos dos jóvenes apuestos, estoy seguro que
ellos son aquellos frutos del amor que tuve, pero me sostienen de los brazos y
me dicen que es hora del baño, es verdad, yo tuve dos hermosas niñas. Sí, las
niñas deben de ser esas niñas que están afuera de la habitación. Hola pequeña
ven, abrázame, no, no grites soy yo, ¿Dónde está mamá? ¿No ha venido con
ustedes?
No me las quites tonta, claro que sé quiénes son, pero no
logro reconocer quien eres tú. No sé quién soy yo. Y me jalan de los brazos y
me llevan “es hora del baño” me dicen. ¿Pero qué más da si es hora del baño, si
es hora de la comida o es hora recreativa? No sé ni siquiera cuales son las
recreaciones que me gustaban, no sé como describir el sabor de la comida que
solía comer cuando era niño. Cuando sabia quien era, cuando era yo, ese tiempo
en el que aun no me convertía en este saco de carne sin alma y sólo con vida.
Y en este momento de desesperación intento con todas mis
fuerzas recordar y lo logro. Y siento mil navajas enterrarse en mi cuerpo,
llega la memoria por un instante y veo su bellísimo rostro desfigurado sobre
una mesa fría de metal y al lado de ella dos pequeños cuerpos calcinados y sólo
reconozco esa pequeña nota de metal, un regalo hecho por mi que simbolizaba esa inspiración que eran.
Ah mis dos pequeñas ahora perdidas para siempre,muertas al lado de aquella que amé tanto, sus cuerpos reposan en esa plancha metálica de un cuarto frio y vacio. Mi mente se quiebra y se llena de imagenes, de recuerdos que comienzan a perderse uno por uno, e imagino a dos nietos sólo son la triste representación
de algo que jamás ocurrió. Y ahora también borrados para siempre.
Y al final me sonrie un poco el destino, la vida, ¿Dios? y desde ese día las imagenes se borran poco a poco y se van con el dolor ¿el precio? unos dedos torpes, el ridículo constante. Pero no ver diariamente esas imagenes en la cabeza, creer que sigue viva en algún lugar y esperar su visita sin recordar su rostro desfigurado. Estas ideas comienzan a irse, comienzan a abandonarme y sé que lo único que deseo es que sigan muriendo mis ideas.