viernes, 21 de septiembre de 2012

Orquídea Negra


Por: Sergio Oropeza


¿Pueden culparme por amarla así? Era la mujer más especial, la única para mí. La conocí un día cualquiera, desde el primer momento me encantó, me hizo vibrar cada uno de mis sentidos. Mis ojos, aquellos que alguna vez creí que jamás contemplarían la gracia del mundo, se llenaron de la luz de su mirada, mis oídos retumbaron con su perfecta risa, estridente y llena de vida. Su aroma perforó mi nariz llegando directamente a mi mente para quedarse ahí por el resto de  mis días. Cuando me acerqué, mi mejilla se posó junto a la de ella y calcinó mi pensamiento dejando sólo un ligero remanente de cordura en el cual sólo se repetía un nombre, el nombre de ella.

Logré hacerme de su amor, lo obtuve y lo cuide cada día, cada noche y ella me amaba, lo sabía, lo notaba. Pero un día algo cambió, ella dejó de verme con ojos de locura pasional y su mirada se torno opaca, me repugnó el hecho de imaginarla, vacía, sin el amor por mí. Cada vez se sentaba más lejos de mí al compartir cualquier actividad y cada vez se alejaba más su mente.

Pero su perfecta y siempre bien manejada personalidad no me permitía dejar de amarla, por las mañanas se levantaba muy temprano y al buscarla la encontraba lejos siempre observando, amaba verla, aun lejos de mi la amaba, no resistía más. Un día sin más salió, se marchó y jamás regresó.

Me volvió loco su ausencia, cada mañana salía y la buscaba infructuosamente, un día sin poder tolerar más el que ella se había apartado de mi, decidí terminar con el dolor. Tomé algunas píldoras para dormir, acompañado de licor y drogas terminé por cerrar los ojos.

Desperté en una habitación fría y clara, con la luz sobre mi rostro causándome una ceguera temporal, el estómago me mataba con intensos dolores, pero aún recordaba su ausencia y eso era lo que me dolía más.
Pasé mucho en ese lugar tal vez años, tal vez pasé demasiado tiempo y un día los médicos decidieron que estaba listo para salir, listo para irme y comenzar de nuevo, lejos de ella y de su recuerdo. Así lo hice, me alejé de todo y cambié para siempre mis modos, con tal de no volver.

Pero ¡oh!, el cruel destino decidió que aún no era hora de olvidarla y en mis viajes acudí a un lugar inhóspito en donde eran enterrados aquellos cuerpos que no tenían lugar entre sus seres queridos un panteón comunitario lleno de fosas comunes y pensé en ella. Pasó por mi mente la terrible posibilidad de que ella estuviera ahí y regresé a casa corriendo. Intentando recuperar algo de ella, tuve la terrible necesidad de sentirla cerca una vez más para olvidar el horrible pensamiento de que ella estuviese solo, entre cadáveres no reconocidos, olvidados.

Llegué a aquella casa deshabitada por largo tiempo, al abrirla creí que estaría llena del paso del tiempo, impregnada con el aroma a olvido y decepción. No fue así, llegué y vi todo cubierto por orquídeas, pero no simples orquídeas, estas tenía un particular color rojizo a punto de la total negrura a la penumbra de mi lámpara la cual era la única encargada de ayudarme a no tropezar en medio de aquel olvidado y para mí siempre amado lugar. El olor estaba lleno de ella, de su vida la casa estaba en su totalidad rebosante de ella. La comencé a extrañar, tanto como en el primer momento en el que se fue, tanto como en el instante en el que me dejó de amar, tanto como desde el primer momento en el que se alejó de mí en la cama.

Entonces ahí, sin ningún tipo de aviso, el cuarto se lleno de aquellas orquídeas negras (diré que eran negras porque ya no lograba distinguir aquel tono rojizo)  y me hicieron caer, desconcertado, observé a mi alrededor y en medio de todas sus antiguas pertenecías (las cuales jamás moví) estaba aquel espejo grande en donde tantas veces se reflejó su hermosa silueta, impregnado como yo mismo de la esencia de aquella perfecta mujer, tanto así que por un momento apareció frente a mí en ese mismo espejo. Emocionado por verla una nueva vez, corrí a ella y sólo me encontré con el espejo. Quebrado y con el marco recién azotado en el piso descubrí aquel pequeño orificio entre el suelo. Lo examiné bien y descubrí que había algo ahí, al levantar un poco las primeras protecciones del suelo descubrí y reconocí aquel vestido con el que  la vi la última vez y recordé todo. Su amenaza de dejarme, su preocupación por salir a tiempo, su impecable apariencia al marcharse y su consternación frente al espejo por verse bella. ¿Bella para quién? me pregunté, bella para él. Inmediatamente lo supe. Y no resistí, ahora recuerdo que en ese momento no pude controlarme y lo que creí fue sólo un ligero empujón, termino por dejarla en el piso con un golpe severo en la cabeza y la mirada perdida, aquella mirada que yo admiré tanto, en ese momento no reflejaba nada y no me costó detener su sufrimiento, no me costó escuchar su corazón dejar de latir.

Ahora la veo de nuevo en el mismo lugar en el que la dejé tanto tiempo atrás, ahí está y de nuevo veo el brillo en sus ojos, de nuevo oigo su voz retumbando en mis oídos, sus manos llamándome su cuerpo lleno de aquella flor, con horror veo donde florece la orquídea negra y cuál es su alimento. Con horror me acerco a darle un último abrazo, sé que será el último, sé que me ha traido de regreso, sé que no me dejará salir de aquí…, pero no puedo resistirme, no puedo controlarme y es que acaso ¿pueden culparme por amarla así?