Por: Sergio Oropeza
¿Pueden culparme por amarla así? Era la mujer más especial,
la única para mí. La conocí un día cualquiera, desde el primer momento me
encantó, me hizo vibrar cada uno de mis sentidos. Mis ojos, aquellos que alguna
vez creí que jamás contemplarían la gracia del mundo, se llenaron de la luz de
su mirada, mis oídos retumbaron con su perfecta risa, estridente y llena de
vida. Su aroma perforó mi nariz llegando directamente a mi mente para quedarse ahí
por el resto de mis días. Cuando me
acerqué, mi mejilla se posó junto a la de ella y calcinó mi pensamiento dejando
sólo un ligero remanente de cordura en el cual sólo se repetía un nombre, el
nombre de ella.
Logré hacerme de su amor, lo obtuve y lo cuide cada día,
cada noche y ella me amaba, lo sabía, lo notaba. Pero un día algo cambió, ella
dejó de verme con ojos de locura pasional y su mirada se torno opaca, me
repugnó el hecho de imaginarla, vacía, sin el amor por mí. Cada vez se sentaba
más lejos de mí al compartir cualquier actividad y cada vez se alejaba más su
mente.
Pero su perfecta y siempre bien manejada personalidad no me
permitía dejar de amarla, por las mañanas se levantaba muy temprano y al
buscarla la encontraba lejos siempre observando, amaba verla, aun lejos de mi la
amaba, no resistía más. Un día sin más salió, se marchó y jamás regresó.
Me volvió loco su ausencia, cada mañana salía y la buscaba
infructuosamente, un día sin poder tolerar más el que ella se había apartado de
mi, decidí terminar con el dolor. Tomé algunas píldoras para dormir, acompañado
de licor y drogas terminé por cerrar los ojos.
Desperté en una habitación fría y clara, con la luz sobre mi
rostro causándome una ceguera temporal, el estómago me mataba con intensos
dolores, pero aún recordaba su ausencia y eso era lo que me dolía más.
Pasé mucho en ese lugar tal vez años, tal vez pasé demasiado
tiempo y un día los médicos decidieron que estaba listo para salir, listo para
irme y comenzar de nuevo, lejos de ella y de su recuerdo. Así lo hice, me alejé
de todo y cambié para siempre mis modos, con tal de no volver.
Pero ¡oh!, el cruel destino decidió que aún no era hora de
olvidarla y en mis viajes acudí a un lugar inhóspito en donde eran enterrados aquellos
cuerpos que no tenían lugar entre sus seres queridos un panteón comunitario lleno de fosas comunes y pensé en ella. Pasó por
mi mente la terrible posibilidad de que ella estuviera ahí y regresé a casa
corriendo. Intentando recuperar algo de ella, tuve la terrible necesidad de
sentirla cerca una vez más para olvidar el horrible pensamiento de que ella
estuviese solo, entre cadáveres no reconocidos, olvidados.
Llegué a aquella casa deshabitada por largo tiempo, al
abrirla creí que estaría llena del paso del tiempo, impregnada con el aroma a
olvido y decepción. No fue así, llegué y vi todo cubierto por orquídeas, pero
no simples orquídeas, estas tenía un particular color rojizo a punto de la
total negrura a la penumbra de mi lámpara la cual era la única encargada de
ayudarme a no tropezar en medio de aquel olvidado y para mí siempre amado lugar.
El olor estaba lleno de ella, de su vida la casa estaba en su totalidad rebosante
de ella. La comencé a extrañar, tanto como en el primer momento en el que se
fue, tanto como en el instante en el que me dejó de amar, tanto como desde el
primer momento en el que se alejó de mí en la cama.
Entonces ahí, sin ningún tipo de aviso, el cuarto se lleno
de aquellas orquídeas negras (diré que eran negras porque ya no lograba
distinguir aquel tono rojizo) y me
hicieron caer, desconcertado, observé a mi alrededor y en medio de todas sus antiguas
pertenecías (las cuales jamás moví) estaba aquel espejo grande en donde tantas
veces se reflejó su hermosa silueta, impregnado como yo mismo de la esencia de
aquella perfecta mujer, tanto así que por un momento apareció frente a mí en
ese mismo espejo. Emocionado por verla una nueva vez, corrí a ella y sólo me
encontré con el espejo. Quebrado y con el marco recién azotado en el piso
descubrí aquel pequeño orificio entre el suelo. Lo examiné bien y descubrí que
había algo ahí, al levantar un poco las primeras protecciones del suelo descubrí
y reconocí aquel vestido con el que la
vi la última vez y recordé todo. Su amenaza de dejarme, su preocupación por
salir a tiempo, su impecable apariencia al marcharse y su consternación frente
al espejo por verse bella. ¿Bella para quién? me pregunté, bella para él.
Inmediatamente lo supe. Y no resistí, ahora recuerdo que en ese momento no pude
controlarme y lo que creí fue sólo un ligero empujón, termino por dejarla en el
piso con un golpe severo en la cabeza y la mirada perdida, aquella mirada que yo admiré
tanto, en ese momento no reflejaba nada y no me costó detener su sufrimiento, no
me costó escuchar su corazón dejar de latir.
Ahora la veo de nuevo en el mismo lugar en el que la dejé
tanto tiempo atrás, ahí está y de nuevo veo el brillo en sus ojos, de nuevo
oigo su voz retumbando en mis oídos, sus manos llamándome su cuerpo lleno de aquella flor, con horror veo donde florece la orquídea negra
y cuál es su alimento. Con horror me acerco a darle un último abrazo, sé que
será el último, sé que me ha traido de regreso, sé que no me dejará salir de
aquí…, pero no puedo resistirme, no puedo controlarme y es que acaso ¿pueden
culparme por amarla así?