De nuevo se encuentra sentado frente al trozo de papel con la
mirada desencajada y su enjuto cuerpo característico, sus largos dedos se
deslizan hábilmente mientras sus ideas se plasman en el papel. Su escaza ropa
que está usando lo hacen sentir el escalofrió del aire que logra entrar por la
diminuta abertura debajo de la puerta, sus rodillas tiemblan y su corazón se
detiene un poco. Llegan a su cabeza los recuerdos, el frio reanima sus
pensamientos.
Agacha la mirada y encuentra sus manos, desgastadas,
lastimadas y frías. Dejadas atrás del cuidado digno de cualquier persona, de
cualquiera menos de él, sus manos y su cuerpo no son dignos de ser cuidados,
nada en él es digno. Ya no.
Siente de nuevo el frio entrar por la abertura diminuta
debajo de la puerta y comienza a llorar, continúa escribiendo ayudado únicamente
de una luz mientras todo el lugar sigue en silencio. Él, aferrado a la única luz
que lo acompaña guía su mirada al techo del lugar esperando reencontrar los
infinitos rincones que algún día visitó en sueños y ahora parecen tan lejanos.
Entrecierra los ojos y pierde de nuevo el sentido de ubicación, se vuelve a
perder entre sus propios pensamientos. Pensamientos e ideas dignas de un
demonio, un demonio que atenta contra la vida de aquél despojo de lo que alguna
vez fue un hombre.
Siente su mente y la culpa devorándolo desde lo más profundo
de su ser, agacha la mirada y se aferra con fuerza a la mesa mientras alarga la
mano al paquete de cigarros, lo enciende y siente la rara combinación de frio
en su cuerpo con la calidez de una llama frente a él. Inhala una vez y continua
escribiendo, su mejor refugio. Donde sus pensamientos toman un camino fijo y no
lo devoran con la culpa.
Solo, en la oscuridad y envuelto por el humo de cigarro,
vuelve a sentirse ajeno a este mundo. Apartado y único sin lugar para estar, ocupando
un espacio restringido y únicamente por el poder del dinero, escaso ahora.
Puede sentir como aquellas personas que lo rodean desean su partida. No les
importa el destino que tome, solamente quieren que se vaya y nunca más vuelva.
Él lo sabe y está dispuesto a dejarse ir.
Su único objetivo es terminar con aquél trozo de papel -una
última oportunidad, solo un intento más- piensa mientras continua concentrado
en ese trozo de papel. Pero de nuevo lo interrumpe el frío, maldito frío que lo
hace recordar cada uno de los abusos que cometió en su vida, cada golpe, cada
grito y cada manipulación.
Recuerda la sonrisa que tanto desprecio, el cabello que se
negó acariciar y que ahora lo iluminaría y le mostraría el camino. Recuerda la
dulce y melódica voz que tantas veces escuchó, llena de talento y él tan ajeno
al mismo. Recuerda el adiós, el dolor y la promesa que se hizo.
La buscó durante mucho tiempo y no logró encontrarla, se
instalo en este viejo cuarto que pagó por adelantado y creyó que lograría dar
con ella antes de que se agotara el dinero, pero no fue así, se agotó el dinero
junto con sus energías y sus ganas de seguir adelante. Perdió todo incluido a sí
mismo.
Pero ha logrado terminar con la hoja, el último esfuerzo en
el cual quedó grabada cada gota de intención por encontrarla, cada palabra
adquirió real significado en la hoja y ahora tiene entre sus manos la última
joya que le da su fuerza y su energía para crear.
Toma fuerzas de la última voluntad y se coloca en medio de
su cuarto, obscuro y casi vacío, la venta de sus bienes para mantenerse lo han
dejado sin nada. Recoge un arrugado esmoquin del piso y se lo coloca.
Dignamente se ha vestido para dar su último esfuerzo. Recuerda ahora los
aplausos y gritos de euforia que algún día provocó entre la gente. Aquél
solitario y abusivo músico está dispuesto a emitir su gloriosa y sincera
melodía final.
Levanta del piso el preciado violín que aún conserva como
recuerda de ella, y comienza a tocarlo. Sus desgastados dedos no son lo que
solían ser después de tanto abuso e incomprensible maltrato, su preciada obra
recién escrita. Esa obra en donde plasmó toda y cada una de sus ideas le ha
quedado demasiado grande para su condición actual. Cae al piso, desesperado se
abraza y busca la salida, quiere irse, caminar hasta donde pueda y permanecer
ahí, en el frío y su mortal abrazo.
Llega hasta la puerta arrastrándose y se levanta sobre sus
rodillas, su debilidad lo ha llevado a caer de nuevo incapaz de sostenerse de
la puerta la ha dejado abierta, la luz del pasillo le lastima los ojos, siente
un dolor en la espalda y descubre el violín destrozado debajo de él, las
lágrimas surgen de su rostro mientras cierra los ojos.
Una extraña fuerza lo pone de pie, una vitalidad no esperada lo hace recoger el violín del piso -aún se escucha bien- piensa mientras sus dedos comienzan de nuevo a bailar por las cuerdas con la gracia que lo caracterizaba, con el talento que logró más de una vez se levantaran de los asientos los afortunados que pudieron escucharlo en sus mejores tiempos.
Ahora renovado deja que la música lo guíe mientras él continua con su magistral obra recién terminada e interpretada por primera vez como el quería. Un ruido lo hace detenerse, una voz reconocible aún en esos momentos de éxtasis -¿Papá?- escucha él a la voz decir. Antes de poder contestarle observa una fina y delicada sombra caminar y arrodillarse embargada en dolor, al agachar la mirada se da cuenta que ella a quien tanto buscó está ahora sosteniendo la cabeza sin vida de aquél gran violinista mientras repite la obra maestra que él recién interpretaba.
Afortunados los que lo escucharon tocar en vida, más afortunados quienes escucharon su última melodía desde la muerte.
Una extraña fuerza lo pone de pie, una vitalidad no esperada lo hace recoger el violín del piso -aún se escucha bien- piensa mientras sus dedos comienzan de nuevo a bailar por las cuerdas con la gracia que lo caracterizaba, con el talento que logró más de una vez se levantaran de los asientos los afortunados que pudieron escucharlo en sus mejores tiempos.
Ahora renovado deja que la música lo guíe mientras él continua con su magistral obra recién terminada e interpretada por primera vez como el quería. Un ruido lo hace detenerse, una voz reconocible aún en esos momentos de éxtasis -¿Papá?- escucha él a la voz decir. Antes de poder contestarle observa una fina y delicada sombra caminar y arrodillarse embargada en dolor, al agachar la mirada se da cuenta que ella a quien tanto buscó está ahora sosteniendo la cabeza sin vida de aquél gran violinista mientras repite la obra maestra que él recién interpretaba.
Afortunados los que lo escucharon tocar en vida, más afortunados quienes escucharon su última melodía desde la muerte.