jueves, 9 de octubre de 2014

Reléete

Por: Emmanuel Endoqui


Corrígete, léete y perfecciona un estilo, reléete más y perfecciona aún más lo tuyo. Púdrete en la soledad de tus letras que son tus únicas compañeras, quiébrate los dedos escribiendo que es sólo lo que haces, si lo hicieras bien, si tan sólo fueras bueno para algo.


Lastima tus entrañas, concéntrate, deja que el grito enmudecido del interior de tus muñecas te domine, pierde el sentido, recupéralo  y pierde la cordura. A cada recuperación pierde de nuevo otra cosa; autoestima, capacidad de amar, inteligencia. Resquebraja tus uñas golpeando con firmeza las desgastadas teclas, míralas desgastarse a cada presión de dedo, piensa en tu mente desgajarse a cada palabra escrita.


Babea, golpéate la cabeza y muérdete los labios, que al final el resultado será el mismo. Llora de impotencia frente al escrito; Ódialo, ódiate y odia a todos, causantes de los problemas, de su existencia, de su no existencia. ¿Que no miras que no existes sin la aprobación de otros? ¿La ingenuidad te hace creer en tu propio talento desbordante, rebosante? ¿O es acaso el hambre quien te lleva, quien te pone avante?


Pero te gritan tus ojos por piedad, tu estómago ruega y se agita, castiga, con mil llamas desde el fondo; Tus labios mohosos, silentes piden atención; Algún gran aliado de tiempos remotos te ha abandonado y ahora ¿quién te dicta qué escribir? Tus calambres, compañeros eternos que han dejado en tu cuerpo un ritmo perpetuo, han comenzado a aliarse en las súplicas de piedad. ¿Qué harás cuando una voz unísona corporal se una contra ti?

Pero tú escribes, la repetición sólo puede hacerte mejor ¿no es cierto? Y echas de lado todos los gritos dentro de ti, callas las angustias de tu ser. La visión se evapora por un segundo y las sombras se adueñan de la periferia de tus ojos. ¡Sostente y no caigas de la silla! Sigue escribiendo, aférrate a lo que encuentres y hechízate con el magnífico sonido de las fallas (de tus fallas), mientras caen las tazas que antaño contenían agua, tazones que algún día olieron bien, casi a comida comestible, y se resquebrajan en el piso, igual que tus ideas ¿Ves? Eso haría un bien inicio de novela.


Levanta lo que puedas y termina el trabajo, no vayas a mirarte frente al espejo, no observes el cuerpo enjuto y ajeno, déjalo pasar y regresa a tu lugar, no importa tu cansancio, ni los gritos de tu cuerpo, es sólo lo que escribes lo que dejas, y lo que dejas te persigue.

No azotes tu rostro contra el monitor, algo debe mirarse de lo que ya hiciste ¿Por qué no optas por esa pistola? Es más rápida y sin duda será más eficaz. Pégala a tu paladar y siente el duro metal contra él, prueba su sabor y disfruta las sensaciones que te provoca su frialdad. Já, frialdad, como casi cualquiera que te conoció.

Y ahora sí, por último, de nuevo reléete, mira lo que has dejado y no dejes de perseguir lo que anhelas, jala del gatillo mientras tu cuerpo se une en un único grito de piedad, maltrátate y no aciertes el tiro, ahógate en chorros de sangre, escucha a tu garganta gemir, gorgorear. Piensa en las aves que conociste, piensa en la gente que dejaste, piensa en lo bueno del mundo y témele a la muerte. Siente su brazo frío e inclemente tomarte, esfuérzate por decirle que te equivocaste, grítale tu miedo y pide misericordia a Dios,

Mírate, en un charco vil de fluidos, llenos de tus propias excreciones, te llevan, te marchas, da igual. ¿Quién podría recordarte? ¿Quién querría recordarte? Si eres sólo un loco más, un enfermo atormentado por el tiempo.

Y nos quedamos en silencio, ya no hay ruidos y ya no hay tiempo, no sientes el dolor. Te marchas, levanta el andar y piérdete entre tus tinieblas, llévate esto de aquí, quita del paso tus textos, muévete con tus ideas a otra parte ¿Quién podría querer un texto como el mío?

viernes, 27 de junio de 2014

¿Quiénes somos?


Emmanuel Endoqui


Callamos. Somos seres invadidos por el silencio amoroso, le hemos comulgado y le somos fieles pues  nos es imposible gritar del amor como lo hacen, cantarle, llorarle. Esperamos.

Estamos de la mano de la ausencia del sonido, vamos sin sentidos, sin llamar, sin escuchar, ni ver. Porque somos presas de los ruidos y horrores del vacío, del silencio. Sentimos, entendemos, caminamos en el intento de aferrarnos a algo porque el mundo se desbarata, porque nos aplastan los escombros de alrededor.

Nos fundimos con quién amamos, en silencio, entre gritos. Mientras esperamos que el viento sople de manera favorable para llevarnos y nunca regresarnos. Olvidarnos, congelarnos en el instante de un beso, de un abrazo, de la mirada y la sonrisa nocturna.

Tememos por quien amamos, mirándole hacerse preguntas de respuesta cruel y tormentosa, sonreímos a la distancia y saludamos mientras nos asesinamos, con palabras, con pensamientos de esperanza. Sobrepensamos y en este acto perdemos parte de la vida, sin lugar donde refugiarnos nos desgarran los recuerdos de tiempos pasados, de alegrías y miedos que negamos olvidar.

Creemos que algún día llegará quien rompa el silencio, quien nos lleve y nos aleje del vacío, nos enfrentamos al fracaso y entre todo eso, sentados, seguimos impávidos ante el negro infinito, observando la perpetua oscuridad del abandono adentrarse en nuestros cuerpos, dejamos que pase el tiempo, inamovibles permanecemos ante el ocaso.

Nos envuelve la herrumbre, mancha las paredes y adorna las cárceles  donde cumplimos condena. Esperando salir observamos el avance del amarillo oxido que carcome los recuerdos, los desgasta, los corroe y esperamos al tiempo de vivir entre memorias incompletas.

Entre ausentes aullidos, rezamos por conocer las poderosas fuerzas del amor que antaño escuchamos y ahora perduran como eco que rebota en las paredes carcomidas de nuestra cárcel, de nuestro vacío. Tememos por la luz que no espera tras las rejas corroídas de nuestra propia incapacidad, aterrorizados corremos a un rincón de seguridad, donde la luz no nos alcance y donde no podamos percibirnos, monstruosos, humanos. Corremos al espacio obscuro para no enfrentarnos, para no preguntarnos una vez más en medio de la cacofonía del silencio… ¿quiénes somos?

miércoles, 28 de mayo de 2014

Un viejo mirando al frente

Por: Emmanuel Endoqui



Pasas seguido frente a la misma escena, ves al hombre de espaldas con el perro sentado al lado, el hombre mira hacia enfrente y el perro mira hacia abajo, posados, inmóviles. Les llamas y no hay respuesta, como siempre, diario se han colocado ahí a ignorar el mundo, decides de igual manera ignorarlos a ellos.

Recuerdas en tu viaje la primera vez que los viste. Él, acomodaba sus cosas mientras se sentaba en un tronco, observaste algo de pinturas, unos óleos, el caminar cansado propio de los ancianos y al perro inquieto olfatear por todos lados, llamaste, saludaste y agitaste la mano en el aire. Ni siquiera giró la cabeza ¿recuerdas? Y en ese instante, al recordar, se te aprietan las tripas y tuerces el gesto, “imbécil, algún día necesitará con quien hablar”, pensaste.

Sigues tu día normalmente y continúas inmerso en los recuerdos del viejo, lo miraste sentarse a observar con los óleos y el reguero de pintura a un lado, se quedó observando sin hacer más, esperando. Lo miraste, mal miraste unos segundos y te fuiste, desde ese día lo has visto ahí, sentado y con el fiel compañero a un lado. Lo acompaña, siempre.

Regresas a casa por la noche y notas al siempre presente vagabundo con su gran y desgastado sombrero sobre su rostro, el vaso de unicel que antiguamente guardaba café, ahora con algunos centavos dentro. Le lanzas unas monedas directo al vaso, caen y se desperdigan por todo el sitio alrededor del vagabundo, sólo agacha más la cabeza cubierta por el desgastado gorro y sientes pena por él.

Caminas entre paredes corroídas y el suelo destruido de la calle, es un sitio bastante desagradable pero es tu hogar,  llegas al páramo de siempre, a un lado de la calle y medio cubierto de maleza ahí está, de nuevo; El hombre sentado de espaldas a ti y su perro a un lado, ambos mirando en dirección contraria de donde estás y tú, los ignoras.

Llegas a casa e intentas descansar, te abraza la tibieza del hogar contrariando las sensaciones que la calle había dejado en tu ser, sientes el cálido aroma de los lugares que aprecias. Comienzas a preparar la cena y el olor envuelve el pequeño lugar, entre vapores y perfumes se ha formado un ambiente casi irreal, cómodo, más de lo que podrías haber previsto, abres la ventana para darle algo de salida al aire y alcanzas a observarlo a lo lejos, aquel viejo, sentado en el mismo sitio de siempre y con la cara inalcanzable, te molesta su presencia o te preocupas un poco, no logras definir qué sensación te causa. Sales corriendo de casa para verlo, para llamarle aunque te ignore, llegas hasta él y escuchas el rugir del perro a cada paso que das, el acercamiento te hace percibir el aire rancio del sucio páramo en donde le gusta permanecer sentado al anciano. Te acercas ignorando el rugir del perro que amenaza con destrozar a cualquier intruso, ignorando tu propio instinto y la voz que dentro de ti grita “¡¡vete!!”.

Llegas al anciano y le llamas, no hay respuesta, callas y escuchas el sonido cortante del viento, un escalofrío recorre tu cuerpo y te hace querer salir corriendo de ese lugar, no preocuparte por el anciano inmóvil, por el gruñir del perro y correr hasta alcanzar la tibieza de casa, los dulces aromas que torpemente dejaste atrás. Ignoras todo y te acercas rápidamente a tocar su hombro por detrás.

Se estremece el cuerpo y escuchas un gemido, ligero, apenas perceptible pero que llega a lo profundo de tu ser, sientes el miedo emanar desde lo más hondo del estómago y antes de poder huir y dejar atrás el horrible páramo, el gruñir del perro, el aire frío y al inerte viejo, una mano veloz toma con fuerza tu antebrazo, te presiona y te inmoviliza, la mano y el terror te dejan incapaz de moverte. El viejo de perpetua mirada hacia enfrente, aún de espaldas a ti, levanta el rostro y escuchas el mismo gemir anterior, ahora con más fuerza, suficiente para congelar tu sangre, helar tu cuerpo y observas el cuerpo girar poco a poco mientras sientes la presión en tu brazo, observas el contorno del anciano girar y así continúa pero sólo vez lo mismo, contorno, hasta que se encuentra totalmente de frente a ti y le miras con terror. Su cara vacía, sin ojos ni boca, nariz o rasgo alguno que haga recordar un rostro humano, grita, gime y alcanza efectos incapaces de reproducir, impregna el terror en tu mente mientras sientes nacer algo desde el fondo de tu estómago.

Gritas con todas tus fuerzas y la imagen del techo sacude tu mente, sólo observas por encima de ti una nube clara de vapores, de nuevo sientes la tibieza del hogar y una vez más te domina el olor, el calor. Te das cuenta del mal sueño que recién tuviste y decides cenar rápidamente e intentar dormir, haces todo con sumo cuidado y por alguna razón, durante toda la noche, durante cada movimiento que haces evitas fervientemente acercarte a la ventana. No vaya a ser que esté el viejo sentado ahí, impávido.

Despiertas al otro día aún con la sensación de temor, una noche llena de sueños impregnados de hombres sin cara que tomaban tus expresiones para siempre, riéndose de ti y gruñendo horriblemente. Los parpados te pesan demasiado y los ojos se sienten arenosos, pero ha terminado, sólo el mal sueño de la noche y ya ha quedado atrás, gracias al cielo que ahora estás despierto.

Caminas por tu casa para iniciar el día, tan ocupado estás en pensar en los quehaceres diarios que olvidaste tu intención de no pasar frente a la ventana, lo haces descuidadamente y de reojo alcanzas a notar la figura de ambos, el hombre y el perro, como siempre, inmóviles.

La curiosidad te mata y decides ver que es lo que realmente ocurre con ese hombre, corres a él desesperado y sin tocarlo lo rodeas para colocarte de frente. Al acercarte te das cuenta que el perro no reacciona ante tu presencia te colocas frente a ambos interceptando la luz del sol del día que recién comienza, la imagen del anciano oscurece con tu sombra, aunque aún alcanzas a definir sus facciones.
Sus cara maltratada y pálida permanece mirando al frente, sus ojos vidriosos te dejan ver la ausencia de su ser, la vida que le ha abandonado, debajo de una maraña de pelo escondida en un sombrero está el rostro manchado de polvo y maltratado por el sol, te impacta, pero el verdadero terror lo encuentras al mirar más abajo.

Observas el profundo orificio que tiene el estómago, aún emergen algo de líquidos, sangre, deshechos, tripas. Algunas se encuentran en el piso, medio frescas, medio pútridas, marcan un camino pequeñísimo y al seguirlo con la mirada llegas al que tú creías tierno compañero, con las fauces agachadas y el ligero movimiento de un animal comiendo sin parar, como si llevara días esperando, como si la vida se le fuera con el viejo.

Observas el festín que se da en viseras y te das cuentas que la cantidad que devora es demasiada para provenir del anciano, no te preocupa mucho el hecho pues piensas que lo mejor es huir y salir corriendo, refugiarte y pedir ayuda. Caminas de espaldas, un paso, dos y algo se quiebra debajo de tus pies, en el horrible páramo junto a la calle de los muros destruidos, entre las pinturas y los óleos.

El perro levanta la cabeza, te mira, gruñe y te muestra los dientes, debajo de él, pedazos de carne de un rostro; reconoces una nariz, algunos ojos con la viscosidad propia de los mismos y recuerdas inmediatamente al pobre vagabundo aquél, desgraciado fue toda su vida pero en este momento te preocupas más por la tuya,

Intentas tomar algo para defenderte y salta impaciente el perro por el nuevo festín presentado ante él, primero sientes la saliva en el rostro que da paso a los colmillos, hundiéndose en tu cara sientes el dolor y la humedad de la sangre recorrerte, los dientes sin piedad siguen su camino a través de tu carne y escuchas el choque de sus dientes en tus molares, con dolor percibes como resbalan los dientes a las encías y entonces sientes tirar al animal con toda su furia. Se despega un pedazo de tu cara y lloras brevemente de dolor mientras la sangre invade tu sistema respiratorio, primero la garganta se llena de líquido vital y el castigo disminuye, después sientes la sensación de ahogo, los pulmones llenos y entintados de rojo colapsan mientras giras el maltratado rostro al cielo, recuerdas tu sueño, personajes sin cara, el gruñir del perro, tu instinto diciéndote “¡¡corre!!”. Mientras recuerdas, tu mirada se nubla y se oscurece, sientes un último tirón en el abdomen y de nuevo, la tibieza de la sangre recorrerte.

A la distancia, en un horrible páramo al lado de una calle de muros destruidos, en un hogar impregnado de tibieza y cálidos aromas, se alcanza a percibir la imagen de un viejo y un perro, entre óleos y pinturas, entre sangre y viseras. El viejo sentado mirando al frente, el perro impaciente mirando abajo y tú mirando, con lo que te queda de rostro, arriba.

jueves, 8 de mayo de 2014

Recetarios: I.- Para olvidar al gran amor




Por: Emmanuel Endoqui

Usted debe para olvidar al gran amor, destrozarlo, en literatura, que es donde usted puede ser dueño de un reino, sin temer. En ficción, en imaginación debe descoronarlo. Como aquellas paredes antiguas que se desgarran con el tiempo y dejan caer el óxido, el desgaste que sucede con el paso de los años, usted debe tomar entre sus manos aquel cariño perpetuo que le encomendó, aquella sinceridad que le confesó y deshacerla en trozos, cortarla y colocar a la persona amada en la tabla de picar, amarrada, encerrada. Incapaz de huir y menos aún de dañarlo de regreso; este último paso es vital para el triunfo pues es necesario salir ileso de la receta, es vital correr gritar y proclamar el triunfo, pues las cosas acontecen dentro del reino perpetuo de la mente propia. Pierda o gane locura, recuerde que usted fue aquel que terminó destrozado, recuerde que usted se encuentra dueño de su mente y como tal, puede disponer de ella.

Primero tomará al ser amado sobre la tabla de picar y con eso usted llenará los vacios internos de un amor desgarrado (por la traición, por la rutina), pequeños trozos de ser le resanarán sus heridas hasta que usted pueda  sonreír frente al recuerdo. Aquí haremos una pausa para remembrar esos detalles, esos cambios que auguran a sí mismo un final, un destino inevitable que nos negamos a creer.

Después usted hará una pequeña masa, usando los sobrantes del recuerdo y de las grandes memorias en la que consumirá ese amor proclamado, ese amor que gritó a los vientos y ahora le causa vergüenza y pena reconocer, mientras esto ocurre pensará usted en las diferentes vertientes del destino que lo llevaron a este lugar. Una frase, un gesto y esa pequeña decisión que lo tienen a usted en este instante, preparando, cocinando un adiós. Mientras el antiguo amor grita en sus entrañas, se revuelve y chilla el destino que usted ya le negó.

Usted entonces empanizará el amor entre recuerdos horribles de todo lo que le molestaba y calló, aquellos detalles que dejó pasar y ahora le revuelven las entrañas sabiéndose ajenos a usted. Piense, reflexione y devore sus actos, dese cuenta que aquel amor que le destrozó ahora se cubre del error, de la redención y del rencor olvidado. Empanice sus actos en los aciertos y olvide usted aquello que le causó daño.

Puede usted notar que es dueño de la situación, ha matado ahora ya tres veces aquel amor, entre recuerdos. En recetarios lo ha dejado ir y le ha olvidado. Usted entonces puede avanzar al siguiente paso.

Pruebe usted su error, con la boca, con la mente, con el corazón.  Devórelo y desde cuenta de lo errado que estaba, haciéndose notar lo que sus propias decisiones le han dejado, mírelo, destrozado entre dientes y palabras que ha exclamado, ha gritado y conjurado contra la persona que le ha dado la espalda en símbolo perpetuo de que usted y sólo usted debe hacerse cargo de sus acciones, pues al final, devorando sus recuerdos, desgarrando sus decisiones amorosas donde el error le ha dejado condenado, se puede dar cuenta que al tragar la receta es simplemente hacerse responsable de aquello que le ha dañado. Llore, grita y gima de dolor, pero asuma la responsabilidad de sus actos y si ha de deshacerse del amor, acuérdese que usted contribuyó a la aparición de aquello que le ha dejado inválido, inmóvil en sus recuerdos, una y otra vez revirando.

Tómese un vaso de agua y mire al frente mientras contempla que el mundo continúa sin usted, intégrese, viva y recuerde alegre aquello que fue y que no perdura, pues si algo nos enseña la vida es que la eternidad, sólo existe en un efímero recetario de la vida.

viernes, 21 de febrero de 2014

Clichés



Por: Sergio Oropeza


Siempre disfruté la luna y caía en los típicos clichés de admirarla cuando ésta iluminaba todo el cielo. Siempre me sentaba ahí frente a ella perdiéndome durante horas para admirar su belleza ¿a qué me remitía su belleza? siempre me pregunté, no lo sabía pero siempre estaba yo ahí, siempre me quedaba cada ciclo, esperándola y amándola desde la soledad de mi asiento.

Sentado frente a ella admiraba su reflejo desde un asiento viejo y desgastado frente al lago,  viajaba varios kilómetros para llegar al mismo sitio siempre, cíclicamente, como hipnotizado. Sintiendo la ligera brisa del lago emanar y posarse en mí, en la soledad de mi mundo ese era un buen lugar para existir, supongo que esa era la belleza de ese momento, podía existir y podía reconocerme en medio de un infinito universo, en medio del infinito horror de estar vacío, solo; ser mínimo en la creación y saberme un malévolo megalómano que se preocupaba por su lugar en la existencia.

Pero en ese rincón del mundo podía existir, podía ser yo, iluminado por la luna y con el frío en el rostro. La soledad de ese momento y la conjunción de los estímulos me creaban, me rehacían y constituían en mí un nuevo ser, capaz de lidiar con el día a día, capaz de tolerar cualquier idiotez que llegará del mundo.
Un día, llegué al mismo punto el mismo día del ciclo, no encontré nada y no podía mirar la luna, la busqué por todos lados en ese momento, me apoyé de mapas cósmicos para saber si podría ser invisible algún día pero no, todo indicaba que debería estar ahí, que su luz debería estar frente a mis ojos en conjunción con los estímulos de mi entorno, sanándome. Pero no.

Estaba solo, como siempre, incluso la luna me había dejado atrás, incluso representando mi sanación y lo mejor de mi ser, ella había dado la espalda y se había ido ¿Cómo? ¿Por qué? No me importaba y menos me interesaba si habría consecuencias en todo el mundo, no me interesó en lo más mínimo si gente moriría bajo grandes mareas, o si poderosos y únicos tsunamis devorarían a la humanidaden su ausencia, mejor. Ella me había abandonado y yo sin ella no era nada.

Destruido regresé caminando por una camino no hecho para peatones, grandes peligros castigaban mi cuerpo mientras avanzaba a ciegas (por su abandono, por su culpa) entre oscuros senderos, pretendía regresar a mis lugares preferidos y prepararme para la hecatombe que suponía habría de llegar, pero al pensarlo, no tenía a dónde ir.

Me recosté exhausto en el suelo, sentí espinas y aguijones feroces perforar mi espalda mientras cerraba mis ojos, pensé que la muerte es caprichosa y es impía, pero con algunos se presenta noble, pues tienen la oportunidad de elegir dónde morir; yo era uno de ellos y ya había elegido mi lugar, aunque no lograba definir el cómo moriría.

Mientras deambulaba en mi propia mente intentando averiguar el cómo habría de enfrentarme a las últimas horas de mi vida, abrí los ojos y su luz destelló con fuerza e iluminó hasta los más recónditos lugares de mi persona. Estaba ahí, frente a mí, grandísima y bellísima como siempre, incluso aún más. Esta ocasión era más grande, más hermosa, más cercana. Estiré mi mano procurando alcanzarla instintivamente y sorprendido, la tomé entre mis palmas.

Ahí estaba, pequeña e inigualable, la cercanía me había hecho verla grandísima pero en realidad era muy pequeña y estaba ahí, entre mis manos, como un pequeño balón, desafiando todas las leyes de física que conocía, desafiando toda la existencia. Me desconcertó y pensé en mi propio ser, pensé en mil cosas pero al tenerla en mis manos y sentir la dureza de su ser y la tibieza que emanaba de ella la acerqué a mi pecho y escuché su palpitar.

Palpitaba, vivía, era un ser y no una roca, no un cuerpo celeste inalcanzable y sólo visible a los hombres que imaginaban con amarla, con poseerla. ¡Estaba viva! estaba conmigo y palpitaba por mí ¿Cuántas cosas no habrá visto? ¿Cuántos poemas no le habrán cantado hombres enamorados de su infinita belleza? Y de entre todos me había elegido a mí, lo sabía, lo supe desde que la tomé en mi mano, enfermé de felicidad y corrí a mi casa.

El hostil camino lastimó mi cuerpo, mis pies y mis piernas sangraban de heridas variadas, un aguijón, una marca de dientes, una espina… pero nada dolía, y ella, mi amada, entre mis manos palpitando con la fuerza única de una vida extraña y ajena. Miles de años de existencia en ella, anteriores y por venir, pero en ese momento, ella era mía y yo, yo siempre he sido de ella, aún antes de saberlo.

Llegué a casa y la abracé con todas mis fuerzas, la tomé entre mis manos y empapé mis labios de un único sabor, puedo decir que probé un poco del universo y bebí la existencia directamente de ella, porque así fue. Me imbuí de ella, de ese ser que violaba todas mis concepciones de la vida, de la física, de todo al encontrarse entre mis manos, pero aun así, me hacía feliz.

Le hice el amor como mejor figuré, caricias únicas y besos arreglados que sólo en ese momento mi mente pudo concebir (usted se encontraría asombrado de reconocer lo que su mente puede construir en los mejores momentos de amor) sentí placer con ella, con sus caricias ásperas y sus besos rígidos. Era amor, sentimos amor mientras la besaba con pasión y acariciaba con la ternura que los hombres a través de los milenios jamás lograron figurar. Ella brilló con toda su pasión, un brillo fuerte que cegó mis ojos por un instante, caí rendido y agotado. Adormilado, pude ver como ella se escondía entre las sábanas intentando disimular su brillo, lloré de tristeza, lloré de amor, nunca ella debería de disimular su brillo, nunca ante nadie, nunca por alguien como yo, la tomé con ternura y la saqué, flotó lentamente a la ventana y se quedó en el umbral toda la noche.

Desperté temprano aún con la incertidumbre de saber si habían sido reales los acontecimientos de la noche anterior, después de abrir los ojos sentí el horror de no percibir su presencia (estando enamorado se dará cuenta lo horrible que es no sentir la presencia del ser amado), la busqué en la ventana donde la vi iluminarme el día anterior, no la encontré y no lograba verla por ningún lugar. Mi mente, pesimista y descontrolada por naturaleza, asumió que todo había sido una broma cruel de mi propio instinto de supervivencia, en su afán de mantenerme vivo me había hecho alucinar todo para traerme a casa sano y salvo. Ese pensamiento me hizo recordar las heridas en mis pies y mi espalda de la noche anterior, entré al baño (más por curiosidad que por preocupación he de confesar) y no encontré ninguna herida, revisé a fondo en los lugares donde había sentido la intensidad de los aguijones, las espinas, pero no, no había nada y cuando armé todo en mi mente asumí que todo había sido una alucinación, bella y horrible a la vez, pero una alucinación finalmente.

Encendí la televisión para prepararme y salir a la cotidianeidad de mi vida, con indiferencia aumenté el volumen para escuchar mientras preparaba el desayuno. Sorprendido y con cierta ilusión por todo lo que significaba, escuchaba la noticia de la voz de un amarillista y torpe reportero.

“El mundo continúa en desconcierto total debido a la desaparición de la luna, ayer aproximadamente a las 8 de la noche, la luna ¡nuestra luna! Desapareció del firmamento sin dejar más rastro, la NASA ha informado que se encuentra trabajando arduamente para descubrir el motivo y continúan las discusiones acerca de las acciones que se tomarán para aminorar las terribles consecuencias que nos esperan…”

Todo mi mundo de nuevo se vio brumoso y perdía sentido ¿Había sido real? ¿Mi mente no me había engañado? Mientras terminaba de escuchar el absurdo final que se le había ocurrido al noticiero en dónde pedía la ayuda de dios y la comunión de los hombres, para morir “unidos como un ente único llamado humanidad” (basura del fin del mundo).

Con las nuevas noticias salí de mi casa para buscar a mi amada con una visión más amplia y por fin la vi, con un brillo mucho menor y flotando en el cielo, aunque mucho más cerca que antes, más cercana a mí, como mejor pude subí hasta donde ella se encontraba.

Al tomarla de nuevo entre mis manos, sentí su palpitar y su existencia unirse a mí, sentí un leve latido en ella y me di cuenta de lo que ocurría, se encontraba débil. Su brillo apenas era perceptible en el día y me di cuenta que había dejarla descansar, la coloque de nuevo donde se encontraba y salí de casa impaciente por regresar a ella.

Durante el día, escuché toda clase de calamidades y de malas noticias. Miles de animales marinos muertos en las playas, miles de personas muertas durante terremotos, tsunamis, ciudades hundidas casi en su totalidad, furiosos volcanes arrasando con ciudades, miles de muertos. La humanidad se enfrentaba a las peores catástrofes que había conocido, pero no me importaba ¿Era egoísta? Quizá, pero quién puede culpar al hombre que cambia a su especie por el amor de un ser que durante milenios ha existido y de toda la creación, te ha elegido a ti. Es simple cuestión de ego.

Amor, comunión, ego exacerbado, eran las sensaciones que tenía cuando estaba con ella. Regresaba cada día y la tomaba entre mis manos para dirigirla a donde yo pretendía, me di cuenta del amplio dominio que tenía en su ser, sin darme cuenta me dejé llevar por la costumbre, por la seguridad de tenerla para mí, hice todas las tonterías clásicas de los hombres comunes. Poco a poco las dulces y extrañas caricias que le hacía, se hacían más predecibles, dejé de sentirla vibrar con el mismo furor que la primera vez y perdí con el tiempo la imaginación para amarla. Lentamente me fue molestando su luz nocturna que no me dejaba dormir y cuando por fin me acostumbraba llegaban esas noche violentas de total oscuridad, noches en donde ella no brillaba para nada, sólo se convertía en una roca, áspera, fría y de extraño aroma.

Cuando brillaba con fuerza, cuando se convertía en una hermosa luz para iluminar a los perdidos, yo la utilizaba para alumbrar a manera de lámpara de mano; si sentía el deseo nocturno de orinar o si me atacaba la sed de media noche (no creería usted lo que ahorré de luz con ese método) poco a poco la fui relegando, mi cuerpo extrañó la ternura y las caricias de labios humanos, anhelaba sentir la confortable y reconocida calidez de un cuerpo, un día me fui y cansado de sus viajes diurnos (aquellos que usaba para recargarse) la amarré con un delgado, aunque fuerte, cordón. La amarré del techo, de una lamparita donde no estorbaría más y la tendría a disposición cuando necesitase.

Las malas noticias continuaban día con día, muchos aseguraban que el fin del mundo se acercaba y cada vez se veían a menos personas en las calles. Cada vez la locura invadía más el mundo y a mí con él. Pasó poco antes de que la gente comenzará a comportarse sin remordimientos, el futuro se veía brumoso y mejor vivir la vida que permanecer comportándose insulsamente las pocas horas que quedaban, decidí que eso era lo mejor y aproveché mis oportunidades.

Esa misma noche llegué acompañado a casa con el calor de otro cuerpo a mi lado, ebrio de soledad y costumbre (de nuevo) me acosté y le di las caricias que había inventado para mi antes amada. Ella estaba lejos, estaba amarrada percibiendo todo y yo lo sabía pero poco me importó, seguí en mis asuntos y en algún momento entre el extraño momento que vivía (no siempre se le es infiel a la Luna) y la pasión fingida, mi acompañante miró a mi antiguo amor, amarrada y posada en el techo, brillando tenuemente... al preguntarme por ella y por su naturaleza, sólo atiné a comentar que era una lámpara decorativa más. Así, la menosprecié, la engañé y le humillé… todo en el mismo día.

Pasó la noche y desperté en el calor de una humanidad a mi lado, busqué a mi antigua amada y la vi ahí, amarrada y sin brillo. Me importó poco y me dispuse a mi día, todo fue normal, lo más normal que puede ser cuando se acerca el fin del mundo y la gente corre por las calles en desesperación y llora resignada.

Llegué a casa por la tarde empeñado en continuar mi vida normal, ella estaba ahí, sobre las sábanas esperándome y con un brillo que no recordaba haberle visto, era más hermosa que de costumbre, ese brillo peculiar no era muy fuerte pero no era tenue. En ese momento recordé porque la tenía conmigo, recordé que no era un objeto ni una roca; recordé todo lo olvidado por la monotonía de vivir, la recordé a ella y su dulce amor.

Dulce amor que me comenzó a demostrar  mientras ella me dirigía a la cama. Con brillo único y caricias rígidas raspaba mi carne mientras ella se desplazaba flotando de un extremo a otro de mi cuerpo. En algún momento las caricias se hicieron más ásperas y lastimaban mi piel, cuando sentí que era demasiado e intenté retirarla, el peso que ahora ella tenía me lo impidió, no contaba con las fuerzas necesarias para lograrlo o simplemente ella no quería que lo hiciera, mis heridas siguieron en aumento a cada “caricia” que me otorgaba, me sacudí e intenté huir pero me fue imposible, cada vez era más grande su tamaño y cada vez me hería más, su peso y su dureza lastimaban mi piel y mis órganos. Sentí quebrarse huesos dentro de mí y grité por el terrible dolor, sentí dentro de mí explotar músculos y órganos apretados cruelmente, sentí las más horribles sensaciones y rogué por piedad mientras ella continuaba aumentando su tamaña y su peso.

Intentaba desmayarme con todas mis fuerzas, intentaba despertar de la pesadilla, rogué porque fuera un sueño, porque hubiera sido una alucinación de mi mente, pero no lo era. El dolor era muy real, cuando de nuevo la observé estaba opaca, sin el brillo que me atraía, sin más que ofrecerme, sólo el dolor (parecido al que yo le había causado), pensé tantas cosas pero el shock se apoderó de mi mente, iba a morir a manos de la Luna, ese fue mi último pensamiento, no me pareció tan terrible y sin más, me dejé llevar.

Sentí que la vida me abandonaba, los dolores aminoraban poco a poco y pensé lo maravilloso que ahora sonaba la idea de morir, descansar. Cuando pensaba cerrar los ojos y entregarme a la eterna paz, mi antigua amada se acercó a mi rostro y brilló con tanta intensidad que iluminó mis ojos a través de mis parpados, sentí regresar los horribles dolores, sentí que volvían los miedos, sentí mi mente colapsar de nuevo, los órganos y músculos explotar de nuevo, una y otra vez reviví la experiencia de morir. Ella, se alejó de mí, atenuó su brillo y salió por aquella ventana donde se había posado la primera vez, se fue y me dejó ahí, inmóvil, lastimado y moribundo.

Pasó todo el día y el caos diario de la gente desesperada comenzó a aminorar, “ha regresado” alcanzaba a escucharlos gritar, celebraban.  Inmediatamente supe de qué se trataba, pensé que me había dejado ahí como castigo, durante el día pedí ayuda pero nadie me escuchaba, esta vez sí me encontraba totalmente solo, perdido, inmovil y sumido en el dolor, físico y psicológico.

Las fuerzas me abandonaron poco a poco durante el día, cuando el sol se ponía me sentí morir un poco, pensé que el horrible martirio llegaba a su fin, alegre creí que mis sufrimientos habían terminado y fue cuando la vi, en la ventana, distante y de nuevo alejada. Esta vez brillaba diferente para mí, con rencor, con malicia.

Mi vida regresaba mientras su brillo abarcaba mi cuerpo y de nuevo los dolores se hicieron más fuertes, mi mente colapsó de nuevo y los miedos me dominaron, ella regenera mi cuerpo cada noche sólo para verme sufrir, ella no me permitirá morir hasta que pague con creces el dolor que le causé, he perdido la cuenta de los días que he rogado por la muerte, la he visto ir y regresar. A veces se  pierde en el cielo pero siempre puedo sentir su gran odio, alimentándome, dándome vida para sufrir y ahora sólo me pregunto ¿Cuánto tarda en perdonar un ser que tiene toda la eternidad por vivir?