viernes, 27 de diciembre de 2013

De amores inconstantes

Por: Sergio Oropeza



¿Nunca has amado tanto a alguien que lo devoras? Y no, no lo digo de forma figurativa, o quizá sí, quizá me refiero al dulce egocentrismo exacerbado que sentimos cuando la otra persona ha perdido todo por dejarlo a nuestras manos, cuando le quitas toda su humanidad y lo observas desgarrarse, llorar, arañarse, herirse por ti; por el amor que no siente de regreso, su mirada triste al verse a sí mismo y decirse “no lo he de permitir” y saber que al verte no tiene más opción, saberte más, saberte necesario. Mirar a tu pareja y decir “ella si mí no vivirá feliz”. Observarla adelgazar, entristecer y poco a poco morir, saber que el otro sin ti no puede seguir.

Y tomarlo literal y regalarle tu amor, tu deseo. Ya la devoraste por dentro,  lo piensas y sabes que debes agradecer ese amor, la miras, la deseas, la tomas entre tus brazos suavemente mientras ella llora de alegría con tu amor y te mira a los ojos, su respiración te mueve instintos primarios que no sabías existiesen en tu interior, su calidez te llama y su amor te lleva a la comunión, todas las cosas las tiene ella y antes de hacerle más daño la haces tuya totalmente, la terminas de devorar.

Así, no hay más, sólo un trozo de carne separada de su lugar, sólo un poco de sangre, una mirada de miedo o pasional, quizá (¿cómo distinguir?), un abrazo tierno y un final desgarrador; ella abrazándote y tú, tú correspondiendo, tú amándola, tú solitario pues recuerda que al final como en un principio, sólo existes tú. Sólo soy yo y yo así soy feliz.

Y correr tan rápido que los pies duelen, lastiman y sangran mientras dejas las huellas de tu crimen de amor, así lo juzgarán los hombres que no entiendan tu comunión, no fue sólo morderla y dejar su cadáver ahí (bueno sí) fue más, fue amarla y darle el amor y tu cuerpo, dejarla ser parte de ti por siempre (o hasta la digestión).

Da lo mismo pues caminas y te vas, te alejas y te calmas, un nuevo lugar, una nueva oportunidad de hacer las cosas bien, de mejorar y (ahora sí) amar como nadie más lo logra y como nadie más comprenderá. Dejar que pase el tiempo y sanar. Así harás.

Pasa el tiempo y te sientes listo, sin miedo, buscas en medio de la multitud y encuentras a alguien digna de tu amor, de mi amor. Ir a ella, hablarle y dejarla formar parte de tu vida, hacerla reír, observar su belleza adentrarse en tu mente, cerrar los ojos y observarla, quedar al otro día, en el mismo sitio, en otro, donde sea, pero con ella; en el fin del mundo si ella quiere, sólo tiene que volver a sonreír.

Y los halagos la envuelven, la dominan, la hechizaste al fin y sabes que de nuevo alguien no podrá estar sin ti, no puedes permitirte hacerle daño, a ella no, a nadie más, no lo merece (o quizá sí) y mientras dudas ella se queda seria y te mira de la misma forma en la que se miran a los locos de amor que se exhiben en las calles mientras se besan, con ternura, con envidia.

Envidia de tu libertad, envidia de tu amor y de tu pertenencia, el lazo único que tienes contigo y del cual ella no puede ser parte, corre con miedo y es muy tarde pues no encuentras razón para no amarla, no hay razón para que no forme parte de ti, así que la regresas de fuertes tirones de su lindo pelo, sí, ahí, donde guarda su belleza, la tiras y acercas a ti, un golpe y cae al piso sin poder hacer más, buscas comulgar con ella, besar su cuello con pasión. Logra tirar de ti, de tu pelo. Corre lejos y huye de ti.

Corres fuerte y la alcanzas en el puente de su horrible poblado, sus horribles chanclas y su horrible acento al hablar y gritar “aléjate, ya no te quiero más” pero qué va a saber ella de ti y de como la puedes amar, la sometes (al fin) y la muerdes. Silencio, amor, es lo mismo.

Escuchas el revuelo de las personas, vienen, se acercan y quieren descubrir qué ocurrió, recuerdas que al llegar a este sucio lugar todos te miraban con desconfianza, no esperaban nada bueno de aquél foráneo que llegó a pedir caridad y enamoró a la más bella de todas, la "encandiló" como escuchabas que decían. No queda más opción, es huir o morir a manos de ignorantes y torpes seres incapaces de entender la forma en la que amas, ¿huir y dejarla ahí? Sin amar, sin terminar tu comunión, no, no lo harás pero habrás de esconderte para que puedas terminar después.

Bajas el puente y te sientas a esperar, escuchas el revuelo y sus torpes palabras “¿quién pudo haberle hecho esto? Qué animal”, idiotas, que sabrán ellos de tu forma de amar. Escuchas más personas llegar y sabes que la oportunidad de amarla se va. Le pides a Dios te ayude a terminarla de amar y ocurre el milagro, sientes la humedad gotear sobre ti, filtrándose entre las maderas de aquél viejo puente ella se ha dejado amar y Dios te ha ayudado a lograrlo, por fin. Levantas la boca, sientes la humedad de su sangre aún con una ligera tibieza y la dejas entrar en ti, mientras todos gritan y organizan búsquedas por ti, tú sentado con la cara hacia arriba y la lengua de fuera mientras gota a gota se seca ella para ti. Terminándola de amar, terminando tu ritual.

Te vas en la confusión, incluso algunos te ven pero en tu tranquilidad no pueden sospechar de ti, te alejas y te vas, amaste perdiste y tienes que avanzar, encontrar a alguien a quién en verdad puedas amar.

Y continúas viajando y encontrando las esperanzas de a quienes les regalarás tu amor, las diviertes, las dominas, las haces tuyas. Conservar algo de ellas contigo, un dedo te recuerda a una, una uña te recuerda a otra, los dientes son la blanca piel de una más y todas son ninguna, pero son todo para ti (para mí).
¿Qué harás al final del camino si nadie es para ti? Hemos buscado por todos los sitios en busca de alguien digna del amor y los rituales de comunión nadie logra entenderlos y al final (como en un principio) estás solo y te sientes de nuevo perdido.

Frente a este acantilado, con la brisa marina frente a mí, te escribo (me escribo a mí) mientras me pregunto dónde está aquella que he de poder amar, siento la marea incrementarse y abrir sus brazos para recibirme, qué más queda si nadie nunca entendió que soy de amores inconstante, ¿qué más existe? Sólo yo, sólo tú y al final, solo, de nuevo, como en un principio.

Me acerco a la orilla y me doy cuenta de mi error, “dónde está aquella que he de poder amar”, que ingenuo y tonto soy, fui. “Aquella”, como si el único ser que existiese fueran ellas, como si sólo ellas pudieran ser merecedoras de mí.

Caigo en cuenta de mi nuevo descubrimiento y sonrío mientras la esperanza renace en mí, aún puede haber alguien merecedor de mí, aún existe quién te ame y mientras sonrío con una nueva esperanza, llega un hombre y me llama, giro para verlo mejor y mientras me mira con cara de preocupación conforme me acerco a la orilla del barranco, me pregunta “¿estás bien amigo?” yo le digo “sí” mientras sonrío y pienso en mis adentros “tú serás merecedor de mí”.

viernes, 8 de noviembre de 2013

El infinito amor de María Teresa Castillo

Por: Sergio Oropeza



Mi nombre es María Teresa Castillo, mujer enamorada, una gran hija y una fiel amante. Perfecta compañera de vida y hermosa siempre. Jovial y humilde señorita que siempre dio lo mejor de sí al mundo, María Teresa Castillo, mujer. Muerta en 1978. Así dice la inscripción

Morí en 1978, pero los años aquí pasan como ligeras hojas que el viento se lleva con el mínimo soplido ¿por qué estoy aquí? No lo sé ¿por qué estoy sola? No lo sé tampoco. Sólo soy consciente de haber despertado un día, paralizada y rodeada de absoluta oscuridad, grité con todas mis fuerzas, empuje con toda mi voluntad, pero no logré nada. Mis gritos sólo chocaban con infinitos ecos de absoluta soledad, mis fuerzas se desgastaron poco a poco, pero nunca volví a sentir cansancio, no logré de nuevo sentir sueño. Me invadía el miedo y me sentí morir. Al final no importaba nada, ya estaba muerta.

Despierta por toda la eternidad comencé a volverme loca, en ese espacio oscuro y vacío, mínimos ruidos se volvieron una condena inmediata, lograba percibir el maldito ruido de diminutos mordiscos, me volvía loca escucharlos y después de un tiempo entendí que era yo a quien pequeños insectos devoraban. Me daba cuenta que la vida no recorría más mi cuerpo y me enajenaba saberme consumida por bestias diminutas de afiladas mandíbulas.

Era una cárcel propia, gritaba lloraba y cada vez me sentía más y más sola, sentía perderme más en la oscuridad y deseaba más y más salir de ese diminuto espacio, pensé que estaría toda una eternidad condenada a ese estrecho, oscuro y horrible lugar. 

Todo se transformó en un instante y un momento, escuché tu voz proveniente desde la más profunda oscuridad, tus leves murmullos y palabras que no lograba definir. Sentí tu dolor y mi curiosidad me obligó a buscarte; inconsciente de lo que hacía, llegué a ti. Cuando me di cuenta estaba a tu lado y a pesar de estar rodeados por la profunda oscuridad de la noche, tú me habías sacado del infinito dolor de la soledad y la angustia. Me habías regresado a un mundo del cual ya era ajena. Te observé mientras sentado llorabas la ausencia de alguien, no distinguía tus palabras, pero tu voz me había salvado, tú me habías guiado fuera de la oscuridad y tu dolor se había convertido en mi dolor.

Regresabas con frecuencia y yo podía observarte, ahora libre de mis cadenas me movía libremente por aquél olvidado cementerio, entre lápidas y tumbas frescas, diario me encontraba disfrutando las visiones del mundo que ya había olvidado. Y siempre, a la misma hora, llegabas puntual a tomar asiento frente una tumba relativamente nueva. Sentado te observaba llorar mientras tu linda voz rompía el sepulcral silencio, te veía destrozado y eso me motivaba a querer consolarte, me habías salvado y ahora sólo quería ahorrarte tu dolor.

Pocos días fueron aquellos que no llegabas y yo, te extrañaba con cada fibra de mi existencia, sentía como la oscuridad eterna me reclamaba y sentía perderme de nuevo en infinitos laberintos de dolor.

Los días que estabas aquí, llorando y hablando de mil dolores, me sentaba a tu lado frente a la tumba que visitabas, hablabas y tu hermosa voz aliviaba tanto mis miedos. Pretendía acariciarte y siempre me encontraba con la incapacidad de lograrlo, pero te veía observar a la distancia, esperando respuestas a las mil preguntas que seguramente formulabas. ¿Qué necesitabas? me preguntaba yo, que podía hacer yo para ahorrarte el dolor que tenías.

Me parecías el hombre más perfecto, siempre puntual, siempre hablando, pude ver un poco como tu dolor se desvanecía, sentí miedo terrible de perderte para siempre, miedo de que un día no regresaras más y mi determinación por lograr algo era mayor. Logré con todas mis fuerzas acariciarte brevemente, sentirte, sentir tu calor  y el rápido erizamiento de tu piel. Te noté palidecer y petrificado intentar salir rápidamente. El horror me invadió de pensar que quizá jamás volvería a verte. Corrí junto a ti y te grité, intenté tomar tu mano, acariciarte antes de que te fueras y te perdiera para siempre. Por un breve instante, en mi desesperación, logré tomar tu brazo y detenerte, el tiempo se detuvo y tu cara, rígida y pálida me motivo a soltarte, no era mi intención hacerte daño. Sin más aviso te sentaste con los ojos abiertos como nunca los había notado en ti y sin darte cuenta te habías posado sobre mi tumba. ¡Cuántas veces había deseado ser yo a quien tú visitaras! Y ahora sentado sobre mi tumba mirabas fijamente a tu alrededor, el destino me sonrió un poco y después de unos instantes cuando por fin estabas tranquilo te diste cuenta el lugar sobre el que estabas, te giraste y después de limpiar un poco la hierba y la suciedad leíste la lápida sobre mi tumba, en ese instante al fin logré entender lo que decías, al fin logré captar lo que tu hermosa voz tenía para decirme “seguro eras una gran mujer Teresa” mientras limpiabas más de mi tumba. Llegaste a mi fotografía y me enamoraste más al decirme bella.

Te fuiste, más calmado y tranquilo mientras a mí me dejabas en una fantasía hermosa de saberme bella para ti, sentí, como hacía años no podía, sentí cariño y ternura, sentí una especie de amor por ti, te anhelaba y deseaba que estuvieras a mi lado todo el tiempo. 

Regresaste al poco tiempo y exaltaste mi existencia como las tormentas exaltan a las olas, vibraba con tu presencia y brillaba con una luz infinita al escuchar tu voz. Todo lo que hacías tú me hacía existir más y le daba un sentido a mi permanencia. Existía para ti y toda mi existencia comencé a entregártela, un día sin más, me llevaste contigo.

Alegré y aferrada a ti recorrí de nuevo el camino de los vivos, tomada de tu mano vacía me sentía dueña de ti. Agachado y taciturno caminabas sin mirar a la gente, como si el mundo no pudiera entenderte de la forma en la que yo te entendía y comulgaba con tu dolor. Nosotros incomprendidos por el mundo, yo sintiendo amor por la luz en la que te habías convertido para mi existencia y tú, caminando solo y sintiendo profundos temores que únicamente yo lograba entender. 

Llegamos a tu casa, vacía al inicio, creí que tu vida sería una monótona repetición pero algo  iluminó tu rostro, una voz infantil emergía del fondo de la casa, la curiosidad movió mi ser antes de siquiera poder pensarlo y atravesé con velocidad las paredes para llegar al origen de esa tierna voz, no encontré nada, pero escuché brevemente un ligero eco de una risa infantil perderse en la infinidad de la oscuridad a la cual tanto tiempo pertenecí. Entraste corriendo por la puerta del cuarto y al encontrarte solo, te derrumbaste en un llanto profundo y gritos tan desgarradores que sentí mi ser desvanecerse ante la ausencia de tus lindas palabras.

Permanecí toda la noche intentando darte caricias que consolaran tu profundo dolor, encendiste la luz y observé el inocente resplandor de una mente infantil dominar el panorama, dibujos  y juguetes alumbraron por un instante tu rostro, encendido, recorriste la habitación hasta llegar a un portarretrato con una foto sobre un nombre pintado en letras de colores “Andrea” decían aquellas letras que se plasmaron en tus ojos ahora llenos de nuevo de lágrimas. Te derrumbaste sobre el piso tan lleno de un incomprensible dolor.
¿Qué podía hacer para ayudarte amor mío? ¿Cómo evitarte el dolor? Eran las preguntas que llenaban mis pensamientos y escuché de nuevo la voz infantil, vi a la pequeña niña de la foto acercarse lentamente a ti, a lo que quedaba de ti, ahora sumido en dolor. Te miró extrañada sin comprender muy bien porque llorabas “papi” te dijo con voz infantil y tus sollozos callaron un breve instante antes de que cayeras más profundo, gritaste maldiciendo tu soledad. Comprendí que en el cementerio sólo aliviabas poco el dolor profundo que te carcomía todo el tiempo, sólo se me ocurrió una forma de ayudarte.

La pequeña niña junto a ti me miró acercarme a ti, con todas las fuerzas que reuní, lo poco que sabía aún de mi propia existencia, me intenté fundir en ti. Logré tocarte, logré entrar en tu cuerpo y en tu desconcierto, apreté con todas mis fuerzas tu corazón, abriste grande el par de  preciosos ojos que tenías, tus labios apretados sólo alcanzaron a pronunciar “Andrea” y te desvaneciste…

Ahora te observo caminar de la mano de esa pequeña, tan inocente y tan alegre a la vez, por fin veo tu rostro iluminado, caminas de su mano y mientras intento alcanzarte te alejas más y más rápido de mí, corro para alcanzarte pero no lo logro, algo me jala con fuerza, cierro los ojos y de nuevo, encerrada, en una caja, escucho los mordiscos de insectos devorando mi piel, mis gritos de nuevo se pierden en la infinita oscuridad, el peso enorme de la tierra me aprisiona de nuevo. Lloro brevemente antes de comprender; he de pagar el pecado de la vida que tomé, he de vivir mi castigo por asesinarte, lo haré con gusto, aunque tú nunca sabrás de aquella que te amó y dio su alma por ti.

viernes, 23 de agosto de 2013

Mínima historia de destrucción






Avanzo hacía a ti, camino sin importarme nada de lo que observo a mi alrededor, la belleza de la cual soy participe por el simple hecho de existir, ahora me es ajena, sólo pienso en una cosa, sólo un objetivo en mente mueve mi ser, cada minuto que pasa me acerco más y observo tu imagen a la distancia, primero pequeñísima pero avanzo con toda la rapidez que puedo, me he agotado de todo lo que eres, de todo lo que significas.


Ahí estás, puedo sentir el miedo que surge de ti, pero para mí ya no eres nada, has dejado de representar cualquier cosa buena. Tus acciones nos han llevado a este desastroso final, lo único que me importa es acabar contigo, dejarte para siempre como el único recuerdo de algo que existió pero no dejó rastro alguno.

Gritas cuando me observas llegar, sientes el calor de mi furia a la distancia, sientes como quema superficialmente  la corrupción a la cual te entregaste, intentas correr de mí pero no encuentras lugar, no existe espacio suficientemente lejos, no hay tiempo para que te alejes, para nada. Continúas observando cómo me acerco a ti, furioso de todo lo que has hecho.


Vagos intentos tuyos de detenerme llegan a mí, pero sólo logran enfurecerme más. En tus vicios y tu necedad de “permanecer” de “ser” no encuentras forma de detenerme y gritas, chillas corres e intentas en vano escapar, envías mensajeros llenos de furia que me tocan con intensas llamas de odio, de desesperación, incluso en algunos siento la triste esperanza que aún conservas de seguir con tu absurda existencia de autodestrucción. Te has autodestruido, corrompido, saboteado y has odiado tu existencia y la que te rodea, no dejas espacio a alguien que no seas tú misma. Tienes la necesidad absurda de consumir a quien se acerque a ti. Pero me he cansado de verlo, me he cansado de ti y me acerco más y observo cómo tu cara de terror se distorsiona, se deforma y revela tu verdadera y monstruosa identidad que se escondía tras rostros de paciencia, de amor, de comprensión, empatía y humildad.


Sólo algunas preguntas llegan a mi mente mientras me encierro en mis pensamientos ¿Por qué decidiste tomar ese camino de condenación? ¿Quién te enseñó a destruir así? ¿Por qué te convertiste en un error?


Nada quedará de ti después de esto, ni uno sólo de tus pensamientos, ni tus obras en vida, concluyes tu tiempo para dar paso a la maquinaria gigante que jamás entendiste. Perdiste el tiempo y ahora te condenaste por perderte a ti misma. Nunca pensaste que alguien te observaba y consideraba tus actos, nunca pensaste en no tener el control.


Sientes mi primer golpe, devastador y lo entierro en ti con toda mi fuerza, observo tu caída, la esperé tanto, alcanzo a escuchar tus gritos y tus últimos discursos. ¡Malditos discursos! Siempre manipulabas usando tus discursos, siempre tenías la torpe creencia de no necesitar saber la verdad entera y la manipulabas siempre con tus bien trabajados discursos, ahora dices no merecer este castigo, dices ser víctima de un cruel destino que te llevó a esta situación, pides la misericordia de Dios y mantienes los ojos cerrados mientras acabo contigo.


¡Ábrelos cobarde! Abre tus ojos y observa tu piel quemada y destruida, observa tus miserables templos al amor propio destruidos para siempre, observa tu literatura y tus pensamientos por siempre devorados por las llamas del infinito que nunca pudiste ni alcanzaste a comprender, observa tu arte perderse por siempre junto con tu maldita vanidad ¿No mereces esto?  ¿Qué te hace pensarlo? ¿Será acaso la misericordia que nunca mostraste? ¿Será el absurdo amor propio del cual siempre te enorgulleciste? ¿O tu esperanza era la viciada juventud que siempre corrompías para hacerla participe de la misma cadena de autodestrucción que te impusiste?


Nunca lo fuiste pero siempre te llamabas a ti misma “Humanidad” te resaltabas los valores que nunca tuviste y te gustaba seguir por el tiempo pervirtiendo todo lo que tocabas. “Humanidad” palabras que tú definiste pero nunca alcanzaste a convertirte en eso. “Fuimos la humanidad, dejamos un legado en el mundo, cometimos errores pero no merecíamos esto…, que Dios nos ayude” No te nombres lo que no eras, no creas en tu absurda vanidad que algo de ti valió la pena, no pidas ayuda de quienes nunca creíste, confiaste y sobre todo, no niegues el castigo que mereces desde hace mucho. 


Breve transcripción de las noticias mundiales del 13 de Abril de 2036


El 7 de Abril de 2036, Apofis, un asteroide cercano a la tierra, súbitamente cambió su órbita a curso de impacto directo en contra de todo pronóstico previo. La humanidad se unió para ejecutar  acciones de emergencia y en una asamblea mundial con representantes de los países más poderosos se votó a favor de un ataque nuclear directo, el asteroide se fragmentó en dos como único resultado  e inexplicablemente aceleró su curso de impacto.

Este será el último mensaje a la humanidad. No somos merecedores de esto, pero las circunstancias nos impiden evitarlo, nuestro legado perdurará, nuestro arte y nuestro paso por el universo no quedará inadvertido… Que Dios se apiade de nuestras almas.

miércoles, 31 de julio de 2013

Detrás de los campos Elíseos




Por: Sergio Oropeza



Existe un lugar más allá del tiempo y del espacio, un sitio que no se constriñe a las restricciones del Dónde y Cuándo, sino que sólo se limita a Ser. Un sitio olvidado por aquellos que viven en la monotonía de una existencia  regida por la esclavitud de pertenecer a un tiempo y un lugar.

En ese sitio llegan brumosas olas provenientes de la existencia; de los mundos y los universos. Cacofonías eternas de ruido y sonidos no distinguibles que llegan a orillas inexistentes de ese sitio donde no hay nada más que un vacío infinito. Toda la existencia conocida e imaginable, encuentra su antítesis en ese lugar. Ese lugar que existe más allá de toda concepción humana, incapaces de imaginarlo vivimos ignorantes de aquél espacio.

Ahí no existe la luz ni la oscuridad y solamente es posible acercarse a describirlo mediante un tono gris que abarca toda una eternidad, no existe nada de lo que se ha creado, por lo mismo es imposible siquiera decir que tiene un límite.

Un lugar sin límites, sin olores, ruidos, colores o algo que pueda crear una concepción imaginaria, llegar a ese sitio es quedarse inmediatamente sordo, mudo y ciego, no existe una entrada o una salida, por lo que visitarlo (aún en sueños) significa el riesgo de perderse eternamente y vivir sin existir.

Llegué por un simple error a ese sitio, así he decidido llamarlo a pesar de que carece de toda característica para llamarlo así, sólo fue rápido y una vez, pero lo recuerdo y me persigue el silencio, la ceguera y  el sentimiento de ahogo.

Un dolor me hizo llegar a ese horrible lugar. Arrodillado frente a ti, frente a lo que quedaba de ti, coloqué mis manos en la boca mientras pesadamente tragaba, me perdía del mundo, cerré mis ojos con fuerza y mis oídos zumbaban con un sonido tan intenso que me disolvió de la existencia,

Observé el límite de una realidad creada a base de conceptos y me interné poco en el vacio total. Me quedé un momento mirando sin poder observar nada y tuve que huir para no perder la razón, alejarme y recuperarme a mí mismo antes de perderlo todo. En ese punto te vi entrar al vacio infinito para perderte por siempre sin existir más y borrar todo rastro de la mujer que fuiste, te perdí de vista en cuanto cruzaste el límite de lo existente, decidí que no irías sola en tu viaje al sitio gris de la nada y te dejé mi amor para acompañarte, un cariño sólo entregado a ti y que no podrá vivir nunca más en un cuando ni en un donde, sólo será el cariño que tuve, para mí, para ti.

Te lo entrego para que sea tu compañía mientras me alejo de ese terrible lugar sin esencia, mientras floto alejándome, dejo a tu lado el amor que sentí por ti y las lágrimas que derramo llaman a mi mente desde algún lejano lugar, siento el calor en la piel que me recorre y me quema, me acerco a la realidad (¿realidad?) y lo siento, cada uno de mis sentidos vibra de nuevo con estímulos, siento de nuevo el viento llenar mis pulmones y mis voz grita mientras abro los ojos.

Frente a mí, en un sofá, recostada de lado y con todo tipo de drogas arrastrándote al vacio sólo atinas a decir una breve frase “Me siento sola”.