martes, 18 de agosto de 2020

El escritor

Por: Emmanuel Endoqui


A veces la gente me pregunta por qué dejé de escribir... En pláticas casuales o cuando la conversación parte de los terrenos de lo cotidiano a mares profundos donde es fácil ahogarse. Nunca doy la respuesta aunque la sé. Porque la misma respuesta rompe mi navegación e irremediablemente me ahogo en el recuerdo.

Todo empezó con calma, con la alegría de quien emprende una aventura. Las letras me parecían lo más maravilloso jamás creado por el hombre. Un desfogue en el cual podía dejar los tormentos y las alegrías de los días. Pero parece que el control que uno tiene sobre sus gustos están más limitados por la vida misma que por los caminos que a uno le gustaría seguir; y fue la vida misma la que me dio el sendero que después me llevaría al punto de no retorno, porque mis encuentros casuales con las letras, de a poco se fueron haciendo más intensos, más personales y en el proceso, más costosos.

Las sonrisas y enojos diarios, pronto se reflejaron en las letras, pero mientras los momentos alegres se absorbían en el papel como si fueran fantasías vividas por alguien más, los tormentos se plasmaban reales, en una caja enorme de resonancia que pegaba con fuerza de regreso, y actos simples como corregir una única letra mal puesta, me colocaba en un lugar de resueno de todos los errores cometidos, en el escrito, en el día, en las decisiones de mi vida que me habían llevado hasta las letras de ese texto y que me aplastaban.

Pero seguí, continué destilando cada pensamiento, intentando encontrar lo positivo siempre y enfocando mis energías en plasmar lo bueno que me ocurría, intentaba encontrar en las letras refugio a mis días y no megáfonos de mis miedos, pero entre más me aferraba, más tomaban de mí mis escritos. Un día, no supe cómo llevar la felicidad de nuevo a mis textos, no había de dónde tomarla, y me entregué al completo horror de desbordar el terror de mis pensamientos en las palabras.

Nunca pensé que al ceder mi resistencia, cedí con ella todo lo que me protegía de mis propias ideas, y me encontré en un torbellino lleno de todos aquellos pensamientos resguardados horrorosos que anhelaban destruirme.

Quizá, lo primero que a uno le venga a la mente, sean escritos de monstruos y embrujos, de hechizos y posesiones que me atormentaban, pero no. Mis textos calaban en la profundidad de las dudas humanas, de mis propias dudas. De mis motivos, de mis abandonos, de la soledad recalcitrante que devoraba mis pensamientos. De las ausencias y los encuentros conmigo mismo donde al verme de frente reflejado en mis espejos, lo único que encontraba era vacío.

Así, en el reflejo de los vacíos, de las dudas y la incertidumbre, llegué al peor de los escritos, al más cruel y salvaje. Aquel en donde la imagen que plasmé de soledad, decadencia y abandono estaba tan bien descrita que comenzó a perseguirme. Un hombre de ficción se transformó poco a poco en un espectro de mis días diarios, lo miraba primero en mis sueños, después tras mis pasos y un día, en mi reflejo.

Después de mucho escribir, después de mucho destilarlo, no supe reconocerlo separado de quien soy. Me encontré a mí mismo abandonado, en soledad y decadente. Mi cuerpo era un despojo de quien fui, mi mente era jirones de ideas que ahora sin sentido, sólo se dedicaban a rebotar en espacios vacíos donde no se encontraban ni a sí mismas. Tenía que dejar de escribir.

Hoy, tras años de no plasmarme en ningún texto, me vi en el espejo, solo. Vomité. El eco de mis arcadas anunció mi soledad en la vivienda. Me convertí en todos mis personajes; en el solo, en el abandonado, en el decadente. Pero las letras tienen su magia, y aunque su magia me destruya, aunque su magia caiga sobre mí como viga incendiada de una casa en llamas, prefiero dejarme plasmado horroroso en el papel, que un simple eco perdido en la cacofonía de un mundo que grita etéreo al vacío infinito.

Soy el peor cuento que pude haber escrito.., pero soy yo.

Y se siente bien volver a escribir.

viernes, 20 de abril de 2018

El monstruo dormido

Mi abuela siempre me decía que no me acercara al anciano de frente de la acera. Todos los días cuando sacaba a pasear a mi perro, me lo encontraba. Con los pasos cansados y la espalda encorvada apenas y podía medio bambolearse de algún lugar a otro. Su ropa, siempre sucia, mostraba el profundo abandono y soledad de la cual había sido presa, a veces lo miraba y me llenaba la cabeza de pensamientos. Los últimos años de la vida y ser presa tan fácil para la muerte. Al menos otros tenemos a quien la ahuyente por nosotros o a quien nos despida para tenderle la mano y comenzar el viaje a lo incierto, pero él no tenía a nadie y eso me mataba de tristeza.

Diario por las mañanas, cuando sacaba a mi mascota a su paseo, me encontraba al triste despojo de hombre. Siempre podía verlo pero no así escucharlo, pues no hablaba. Con calma y amabilidad siempre lo saludaba, pero él sólo respondía mirándome a los ojos fijamente. No sonreía pero al parecer no le molestaba mi gesto. Mi perro por otro lado, era una historia muy diferente, pues apenas lo veía a la distancia y corría hacia él para atacarlo, más de una vez mordió sus pantalones. Aunque mi perro no era una raza grande ni agresiva, este viejo le causaba algo de repulsión.

Mi abuela siempre distinguía cuando en el camino me había encontrado al viejo por la forma en la que llegaba mi perro a casa, una especie de inquietud que sólo cuando cerraba la puerta principal dejaba de mostrar. Cada vez que mi abuela lo miraba agitado lo sabía de inmediato y me repetía una vez más que me alejara de ese anciano y que nunca le dirigiera la palabra. "Es un anciano asqueroso y horrible" decía mi abuela con serenidad.

Yo no lograba entender de dónde venía la repulsión de mi abuela por tan pobre despojo de hombre y pensaba que ella, con su familia y posición económica apoyándola podría juzgar muy fácil al hombre tan sólo por la condición en la que ahora se encontraba.

Por mi parte, siempre intentaba ocultar el repudio que mi abuela me había enseñado a tenerle. Continué mirándolo en la calle con su paso cansado y seguí procurando sonreírle y quizá hacerle un poco más llevadera esa vejez que tanto le pesaba sobre los hombros.

Pero un día, no pude encontrarlo en los lugares donde comunmente lo observaba, miré a mi alrededor pero no había nadie en la calle. Pensé que quizá el inevitable abrazo de la muerte por fin lo había alcanzado. Me sentí triste por este hecho y pensé en algún tipo de homenaje para el anciano. Siempre me ha aterrado la idea de que la existencia de algunas personas sólo quede como polvo que desaparecerá al primer movimiento del mundo.

Permanecí en mi lugar pensando cuál sería el homenaje más apropiado y fue ahí cuando sentí una mano que me jalaba. Giré la cara con miedo y de inmediato un golpe me la regresó. Me sentí aturdida, alcancé a ver al viejo, se había escondido para tomarme por sorpresa. De su boca salía una sonrisa malévola y sus manos me tomaban con firmeza impidiéndome el movimiento.

Forcejee poco con él realmente, finalmente era un viejo y por mucha lástima que me diera antes, me defendí lo mejor que pude y logré lanzarlo a un lado de la calle. Al caer, el anciano se rompió uno de sus brazos y la fragilidad de su piel dejó ver el hueso roto que ahora se asomaba como testigo del crimen que el anciano asqueroso quiso cometer.

Pero algo más había en la escena, porque no salí huyendo y ni siquiera sentí ganas de alejarme, el anciano, su fragilidad y su herida expuesta me hicieron quedarme ahí y observar mientras se retorcía de dolor y su sangre cubría el pavimento. Me acerqué a su brazo y sin pensarlo muy bien tomé el hueso expuesto con mi mano y jalé lo más fuerte que pude.

El anciano quiso gritar pero no emitió ningún sonido, su cara se retorció en el dolor y sentí una profunda satisfacción en mi interior, como si algo muy dentro de mí se hubiera activado. Levanté su hueso y lo separé de su piel, jirones de carne lo acompañaban, el anciano seguía mugiendo y gritando sin emitir ningún sonido, sus ojos llenos de terror se abrieron mucho más cuando acerqué su antes extremidad a mi boca y lo lamí. El delicioso sabor de la carne me causó que algo despertara y sentí mi boca abrirse más de lo que jamás se había abierto, mis ojos se llenaron de rabia y ansié devorar la piel marchita y frágil del anciano. 

Mi abuela salió de la casa y me miró fijamente, volteó a ver al anciano en el piso que poco a poco perdía la luz de sus ojos mientras se desangraba. -Ay, hija, deberías de haber iniciado tu vida de cazadora con algo digno y no con este despojo de hombre -me dijo mientras tomaba el cuerpo con sus manos y lo arrastraba hacia la puerta de mi casa. La calle seguía vacía, nadie había escuchado nada. -Ya había visto que lo mirabas como presa -continuó mi abuela -pero siempre he creído que eras más que este pedazo de piel asquerosa y rancia, qué lamentable que tu nueva vida se haya inaugurado con él, pero al menos nos has traído la comida de la noche. 

Y lanzó el cuerpo dentro de la casa, donde mis padres, mis hermanos y  mi entusiasmado perro lo despedazaron a mordidas y lo redujeron a la nada mientras yo pensaba en la que sería la siguiente víctima de esa noche. 

Emmanuel Endoqui




jueves, 9 de octubre de 2014

Reléete

Por: Emmanuel Endoqui


Corrígete, léete y perfecciona un estilo, reléete más y perfecciona aún más lo tuyo. Púdrete en la soledad de tus letras que son tus únicas compañeras, quiébrate los dedos escribiendo que es sólo lo que haces, si lo hicieras bien, si tan sólo fueras bueno para algo.


Lastima tus entrañas, concéntrate, deja que el grito enmudecido del interior de tus muñecas te domine, pierde el sentido, recupéralo  y pierde la cordura. A cada recuperación pierde de nuevo otra cosa; autoestima, capacidad de amar, inteligencia. Resquebraja tus uñas golpeando con firmeza las desgastadas teclas, míralas desgastarse a cada presión de dedo, piensa en tu mente desgajarse a cada palabra escrita.


Babea, golpéate la cabeza y muérdete los labios, que al final el resultado será el mismo. Llora de impotencia frente al escrito; Ódialo, ódiate y odia a todos, causantes de los problemas, de su existencia, de su no existencia. ¿Que no miras que no existes sin la aprobación de otros? ¿La ingenuidad te hace creer en tu propio talento desbordante, rebosante? ¿O es acaso el hambre quien te lleva, quien te pone avante?


Pero te gritan tus ojos por piedad, tu estómago ruega y se agita, castiga, con mil llamas desde el fondo; Tus labios mohosos, silentes piden atención; Algún gran aliado de tiempos remotos te ha abandonado y ahora ¿quién te dicta qué escribir? Tus calambres, compañeros eternos que han dejado en tu cuerpo un ritmo perpetuo, han comenzado a aliarse en las súplicas de piedad. ¿Qué harás cuando una voz unísona corporal se una contra ti?

Pero tú escribes, la repetición sólo puede hacerte mejor ¿no es cierto? Y echas de lado todos los gritos dentro de ti, callas las angustias de tu ser. La visión se evapora por un segundo y las sombras se adueñan de la periferia de tus ojos. ¡Sostente y no caigas de la silla! Sigue escribiendo, aférrate a lo que encuentres y hechízate con el magnífico sonido de las fallas (de tus fallas), mientras caen las tazas que antaño contenían agua, tazones que algún día olieron bien, casi a comida comestible, y se resquebrajan en el piso, igual que tus ideas ¿Ves? Eso haría un bien inicio de novela.


Levanta lo que puedas y termina el trabajo, no vayas a mirarte frente al espejo, no observes el cuerpo enjuto y ajeno, déjalo pasar y regresa a tu lugar, no importa tu cansancio, ni los gritos de tu cuerpo, es sólo lo que escribes lo que dejas, y lo que dejas te persigue.

No azotes tu rostro contra el monitor, algo debe mirarse de lo que ya hiciste ¿Por qué no optas por esa pistola? Es más rápida y sin duda será más eficaz. Pégala a tu paladar y siente el duro metal contra él, prueba su sabor y disfruta las sensaciones que te provoca su frialdad. Já, frialdad, como casi cualquiera que te conoció.

Y ahora sí, por último, de nuevo reléete, mira lo que has dejado y no dejes de perseguir lo que anhelas, jala del gatillo mientras tu cuerpo se une en un único grito de piedad, maltrátate y no aciertes el tiro, ahógate en chorros de sangre, escucha a tu garganta gemir, gorgorear. Piensa en las aves que conociste, piensa en la gente que dejaste, piensa en lo bueno del mundo y témele a la muerte. Siente su brazo frío e inclemente tomarte, esfuérzate por decirle que te equivocaste, grítale tu miedo y pide misericordia a Dios,

Mírate, en un charco vil de fluidos, llenos de tus propias excreciones, te llevan, te marchas, da igual. ¿Quién podría recordarte? ¿Quién querría recordarte? Si eres sólo un loco más, un enfermo atormentado por el tiempo.

Y nos quedamos en silencio, ya no hay ruidos y ya no hay tiempo, no sientes el dolor. Te marchas, levanta el andar y piérdete entre tus tinieblas, llévate esto de aquí, quita del paso tus textos, muévete con tus ideas a otra parte ¿Quién podría querer un texto como el mío?

viernes, 27 de junio de 2014

¿Quiénes somos?


Emmanuel Endoqui


Callamos. Somos seres invadidos por el silencio amoroso, le hemos comulgado y le somos fieles pues  nos es imposible gritar del amor como lo hacen, cantarle, llorarle. Esperamos.

Estamos de la mano de la ausencia del sonido, vamos sin sentidos, sin llamar, sin escuchar, ni ver. Porque somos presas de los ruidos y horrores del vacío, del silencio. Sentimos, entendemos, caminamos en el intento de aferrarnos a algo porque el mundo se desbarata, porque nos aplastan los escombros de alrededor.

Nos fundimos con quién amamos, en silencio, entre gritos. Mientras esperamos que el viento sople de manera favorable para llevarnos y nunca regresarnos. Olvidarnos, congelarnos en el instante de un beso, de un abrazo, de la mirada y la sonrisa nocturna.

Tememos por quien amamos, mirándole hacerse preguntas de respuesta cruel y tormentosa, sonreímos a la distancia y saludamos mientras nos asesinamos, con palabras, con pensamientos de esperanza. Sobrepensamos y en este acto perdemos parte de la vida, sin lugar donde refugiarnos nos desgarran los recuerdos de tiempos pasados, de alegrías y miedos que negamos olvidar.

Creemos que algún día llegará quien rompa el silencio, quien nos lleve y nos aleje del vacío, nos enfrentamos al fracaso y entre todo eso, sentados, seguimos impávidos ante el negro infinito, observando la perpetua oscuridad del abandono adentrarse en nuestros cuerpos, dejamos que pase el tiempo, inamovibles permanecemos ante el ocaso.

Nos envuelve la herrumbre, mancha las paredes y adorna las cárceles  donde cumplimos condena. Esperando salir observamos el avance del amarillo oxido que carcome los recuerdos, los desgasta, los corroe y esperamos al tiempo de vivir entre memorias incompletas.

Entre ausentes aullidos, rezamos por conocer las poderosas fuerzas del amor que antaño escuchamos y ahora perduran como eco que rebota en las paredes carcomidas de nuestra cárcel, de nuestro vacío. Tememos por la luz que no espera tras las rejas corroídas de nuestra propia incapacidad, aterrorizados corremos a un rincón de seguridad, donde la luz no nos alcance y donde no podamos percibirnos, monstruosos, humanos. Corremos al espacio obscuro para no enfrentarnos, para no preguntarnos una vez más en medio de la cacofonía del silencio… ¿quiénes somos?

miércoles, 28 de mayo de 2014

Un viejo mirando al frente

Por: Emmanuel Endoqui



Pasas seguido frente a la misma escena, ves al hombre de espaldas con el perro sentado al lado, el hombre mira hacia enfrente y el perro mira hacia abajo, posados, inmóviles. Les llamas y no hay respuesta, como siempre, diario se han colocado ahí a ignorar el mundo, decides de igual manera ignorarlos a ellos.

Recuerdas en tu viaje la primera vez que los viste. Él, acomodaba sus cosas mientras se sentaba en un tronco, observaste algo de pinturas, unos óleos, el caminar cansado propio de los ancianos y al perro inquieto olfatear por todos lados, llamaste, saludaste y agitaste la mano en el aire. Ni siquiera giró la cabeza ¿recuerdas? Y en ese instante, al recordar, se te aprietan las tripas y tuerces el gesto, “imbécil, algún día necesitará con quien hablar”, pensaste.

Sigues tu día normalmente y continúas inmerso en los recuerdos del viejo, lo miraste sentarse a observar con los óleos y el reguero de pintura a un lado, se quedó observando sin hacer más, esperando. Lo miraste, mal miraste unos segundos y te fuiste, desde ese día lo has visto ahí, sentado y con el fiel compañero a un lado. Lo acompaña, siempre.

Regresas a casa por la noche y notas al siempre presente vagabundo con su gran y desgastado sombrero sobre su rostro, el vaso de unicel que antiguamente guardaba café, ahora con algunos centavos dentro. Le lanzas unas monedas directo al vaso, caen y se desperdigan por todo el sitio alrededor del vagabundo, sólo agacha más la cabeza cubierta por el desgastado gorro y sientes pena por él.

Caminas entre paredes corroídas y el suelo destruido de la calle, es un sitio bastante desagradable pero es tu hogar,  llegas al páramo de siempre, a un lado de la calle y medio cubierto de maleza ahí está, de nuevo; El hombre sentado de espaldas a ti y su perro a un lado, ambos mirando en dirección contraria de donde estás y tú, los ignoras.

Llegas a casa e intentas descansar, te abraza la tibieza del hogar contrariando las sensaciones que la calle había dejado en tu ser, sientes el cálido aroma de los lugares que aprecias. Comienzas a preparar la cena y el olor envuelve el pequeño lugar, entre vapores y perfumes se ha formado un ambiente casi irreal, cómodo, más de lo que podrías haber previsto, abres la ventana para darle algo de salida al aire y alcanzas a observarlo a lo lejos, aquel viejo, sentado en el mismo sitio de siempre y con la cara inalcanzable, te molesta su presencia o te preocupas un poco, no logras definir qué sensación te causa. Sales corriendo de casa para verlo, para llamarle aunque te ignore, llegas hasta él y escuchas el rugir del perro a cada paso que das, el acercamiento te hace percibir el aire rancio del sucio páramo en donde le gusta permanecer sentado al anciano. Te acercas ignorando el rugir del perro que amenaza con destrozar a cualquier intruso, ignorando tu propio instinto y la voz que dentro de ti grita “¡¡vete!!”.

Llegas al anciano y le llamas, no hay respuesta, callas y escuchas el sonido cortante del viento, un escalofrío recorre tu cuerpo y te hace querer salir corriendo de ese lugar, no preocuparte por el anciano inmóvil, por el gruñir del perro y correr hasta alcanzar la tibieza de casa, los dulces aromas que torpemente dejaste atrás. Ignoras todo y te acercas rápidamente a tocar su hombro por detrás.

Se estremece el cuerpo y escuchas un gemido, ligero, apenas perceptible pero que llega a lo profundo de tu ser, sientes el miedo emanar desde lo más hondo del estómago y antes de poder huir y dejar atrás el horrible páramo, el gruñir del perro, el aire frío y al inerte viejo, una mano veloz toma con fuerza tu antebrazo, te presiona y te inmoviliza, la mano y el terror te dejan incapaz de moverte. El viejo de perpetua mirada hacia enfrente, aún de espaldas a ti, levanta el rostro y escuchas el mismo gemir anterior, ahora con más fuerza, suficiente para congelar tu sangre, helar tu cuerpo y observas el cuerpo girar poco a poco mientras sientes la presión en tu brazo, observas el contorno del anciano girar y así continúa pero sólo vez lo mismo, contorno, hasta que se encuentra totalmente de frente a ti y le miras con terror. Su cara vacía, sin ojos ni boca, nariz o rasgo alguno que haga recordar un rostro humano, grita, gime y alcanza efectos incapaces de reproducir, impregna el terror en tu mente mientras sientes nacer algo desde el fondo de tu estómago.

Gritas con todas tus fuerzas y la imagen del techo sacude tu mente, sólo observas por encima de ti una nube clara de vapores, de nuevo sientes la tibieza del hogar y una vez más te domina el olor, el calor. Te das cuenta del mal sueño que recién tuviste y decides cenar rápidamente e intentar dormir, haces todo con sumo cuidado y por alguna razón, durante toda la noche, durante cada movimiento que haces evitas fervientemente acercarte a la ventana. No vaya a ser que esté el viejo sentado ahí, impávido.

Despiertas al otro día aún con la sensación de temor, una noche llena de sueños impregnados de hombres sin cara que tomaban tus expresiones para siempre, riéndose de ti y gruñendo horriblemente. Los parpados te pesan demasiado y los ojos se sienten arenosos, pero ha terminado, sólo el mal sueño de la noche y ya ha quedado atrás, gracias al cielo que ahora estás despierto.

Caminas por tu casa para iniciar el día, tan ocupado estás en pensar en los quehaceres diarios que olvidaste tu intención de no pasar frente a la ventana, lo haces descuidadamente y de reojo alcanzas a notar la figura de ambos, el hombre y el perro, como siempre, inmóviles.

La curiosidad te mata y decides ver que es lo que realmente ocurre con ese hombre, corres a él desesperado y sin tocarlo lo rodeas para colocarte de frente. Al acercarte te das cuenta que el perro no reacciona ante tu presencia te colocas frente a ambos interceptando la luz del sol del día que recién comienza, la imagen del anciano oscurece con tu sombra, aunque aún alcanzas a definir sus facciones.
Sus cara maltratada y pálida permanece mirando al frente, sus ojos vidriosos te dejan ver la ausencia de su ser, la vida que le ha abandonado, debajo de una maraña de pelo escondida en un sombrero está el rostro manchado de polvo y maltratado por el sol, te impacta, pero el verdadero terror lo encuentras al mirar más abajo.

Observas el profundo orificio que tiene el estómago, aún emergen algo de líquidos, sangre, deshechos, tripas. Algunas se encuentran en el piso, medio frescas, medio pútridas, marcan un camino pequeñísimo y al seguirlo con la mirada llegas al que tú creías tierno compañero, con las fauces agachadas y el ligero movimiento de un animal comiendo sin parar, como si llevara días esperando, como si la vida se le fuera con el viejo.

Observas el festín que se da en viseras y te das cuentas que la cantidad que devora es demasiada para provenir del anciano, no te preocupa mucho el hecho pues piensas que lo mejor es huir y salir corriendo, refugiarte y pedir ayuda. Caminas de espaldas, un paso, dos y algo se quiebra debajo de tus pies, en el horrible páramo junto a la calle de los muros destruidos, entre las pinturas y los óleos.

El perro levanta la cabeza, te mira, gruñe y te muestra los dientes, debajo de él, pedazos de carne de un rostro; reconoces una nariz, algunos ojos con la viscosidad propia de los mismos y recuerdas inmediatamente al pobre vagabundo aquél, desgraciado fue toda su vida pero en este momento te preocupas más por la tuya,

Intentas tomar algo para defenderte y salta impaciente el perro por el nuevo festín presentado ante él, primero sientes la saliva en el rostro que da paso a los colmillos, hundiéndose en tu cara sientes el dolor y la humedad de la sangre recorrerte, los dientes sin piedad siguen su camino a través de tu carne y escuchas el choque de sus dientes en tus molares, con dolor percibes como resbalan los dientes a las encías y entonces sientes tirar al animal con toda su furia. Se despega un pedazo de tu cara y lloras brevemente de dolor mientras la sangre invade tu sistema respiratorio, primero la garganta se llena de líquido vital y el castigo disminuye, después sientes la sensación de ahogo, los pulmones llenos y entintados de rojo colapsan mientras giras el maltratado rostro al cielo, recuerdas tu sueño, personajes sin cara, el gruñir del perro, tu instinto diciéndote “¡¡corre!!”. Mientras recuerdas, tu mirada se nubla y se oscurece, sientes un último tirón en el abdomen y de nuevo, la tibieza de la sangre recorrerte.

A la distancia, en un horrible páramo al lado de una calle de muros destruidos, en un hogar impregnado de tibieza y cálidos aromas, se alcanza a percibir la imagen de un viejo y un perro, entre óleos y pinturas, entre sangre y viseras. El viejo sentado mirando al frente, el perro impaciente mirando abajo y tú mirando, con lo que te queda de rostro, arriba.

jueves, 8 de mayo de 2014

Recetarios: I.- Para olvidar al gran amor




Por: Emmanuel Endoqui

Usted debe para olvidar al gran amor, destrozarlo, en literatura, que es donde usted puede ser dueño de un reino, sin temer. En ficción, en imaginación debe descoronarlo. Como aquellas paredes antiguas que se desgarran con el tiempo y dejan caer el óxido, el desgaste que sucede con el paso de los años, usted debe tomar entre sus manos aquel cariño perpetuo que le encomendó, aquella sinceridad que le confesó y deshacerla en trozos, cortarla y colocar a la persona amada en la tabla de picar, amarrada, encerrada. Incapaz de huir y menos aún de dañarlo de regreso; este último paso es vital para el triunfo pues es necesario salir ileso de la receta, es vital correr gritar y proclamar el triunfo, pues las cosas acontecen dentro del reino perpetuo de la mente propia. Pierda o gane locura, recuerde que usted fue aquel que terminó destrozado, recuerde que usted se encuentra dueño de su mente y como tal, puede disponer de ella.

Primero tomará al ser amado sobre la tabla de picar y con eso usted llenará los vacios internos de un amor desgarrado (por la traición, por la rutina), pequeños trozos de ser le resanarán sus heridas hasta que usted pueda  sonreír frente al recuerdo. Aquí haremos una pausa para remembrar esos detalles, esos cambios que auguran a sí mismo un final, un destino inevitable que nos negamos a creer.

Después usted hará una pequeña masa, usando los sobrantes del recuerdo y de las grandes memorias en la que consumirá ese amor proclamado, ese amor que gritó a los vientos y ahora le causa vergüenza y pena reconocer, mientras esto ocurre pensará usted en las diferentes vertientes del destino que lo llevaron a este lugar. Una frase, un gesto y esa pequeña decisión que lo tienen a usted en este instante, preparando, cocinando un adiós. Mientras el antiguo amor grita en sus entrañas, se revuelve y chilla el destino que usted ya le negó.

Usted entonces empanizará el amor entre recuerdos horribles de todo lo que le molestaba y calló, aquellos detalles que dejó pasar y ahora le revuelven las entrañas sabiéndose ajenos a usted. Piense, reflexione y devore sus actos, dese cuenta que aquel amor que le destrozó ahora se cubre del error, de la redención y del rencor olvidado. Empanice sus actos en los aciertos y olvide usted aquello que le causó daño.

Puede usted notar que es dueño de la situación, ha matado ahora ya tres veces aquel amor, entre recuerdos. En recetarios lo ha dejado ir y le ha olvidado. Usted entonces puede avanzar al siguiente paso.

Pruebe usted su error, con la boca, con la mente, con el corazón.  Devórelo y desde cuenta de lo errado que estaba, haciéndose notar lo que sus propias decisiones le han dejado, mírelo, destrozado entre dientes y palabras que ha exclamado, ha gritado y conjurado contra la persona que le ha dado la espalda en símbolo perpetuo de que usted y sólo usted debe hacerse cargo de sus acciones, pues al final, devorando sus recuerdos, desgarrando sus decisiones amorosas donde el error le ha dejado condenado, se puede dar cuenta que al tragar la receta es simplemente hacerse responsable de aquello que le ha dañado. Llore, grita y gima de dolor, pero asuma la responsabilidad de sus actos y si ha de deshacerse del amor, acuérdese que usted contribuyó a la aparición de aquello que le ha dejado inválido, inmóvil en sus recuerdos, una y otra vez revirando.

Tómese un vaso de agua y mire al frente mientras contempla que el mundo continúa sin usted, intégrese, viva y recuerde alegre aquello que fue y que no perdura, pues si algo nos enseña la vida es que la eternidad, sólo existe en un efímero recetario de la vida.

viernes, 21 de febrero de 2014

Clichés



Por: Sergio Oropeza


Siempre disfruté la luna y caía en los típicos clichés de admirarla cuando ésta iluminaba todo el cielo. Siempre me sentaba ahí frente a ella perdiéndome durante horas para admirar su belleza ¿a qué me remitía su belleza? siempre me pregunté, no lo sabía pero siempre estaba yo ahí, siempre me quedaba cada ciclo, esperándola y amándola desde la soledad de mi asiento.

Sentado frente a ella admiraba su reflejo desde un asiento viejo y desgastado frente al lago,  viajaba varios kilómetros para llegar al mismo sitio siempre, cíclicamente, como hipnotizado. Sintiendo la ligera brisa del lago emanar y posarse en mí, en la soledad de mi mundo ese era un buen lugar para existir, supongo que esa era la belleza de ese momento, podía existir y podía reconocerme en medio de un infinito universo, en medio del infinito horror de estar vacío, solo; ser mínimo en la creación y saberme un malévolo megalómano que se preocupaba por su lugar en la existencia.

Pero en ese rincón del mundo podía existir, podía ser yo, iluminado por la luna y con el frío en el rostro. La soledad de ese momento y la conjunción de los estímulos me creaban, me rehacían y constituían en mí un nuevo ser, capaz de lidiar con el día a día, capaz de tolerar cualquier idiotez que llegará del mundo.
Un día, llegué al mismo punto el mismo día del ciclo, no encontré nada y no podía mirar la luna, la busqué por todos lados en ese momento, me apoyé de mapas cósmicos para saber si podría ser invisible algún día pero no, todo indicaba que debería estar ahí, que su luz debería estar frente a mis ojos en conjunción con los estímulos de mi entorno, sanándome. Pero no.

Estaba solo, como siempre, incluso la luna me había dejado atrás, incluso representando mi sanación y lo mejor de mi ser, ella había dado la espalda y se había ido ¿Cómo? ¿Por qué? No me importaba y menos me interesaba si habría consecuencias en todo el mundo, no me interesó en lo más mínimo si gente moriría bajo grandes mareas, o si poderosos y únicos tsunamis devorarían a la humanidaden su ausencia, mejor. Ella me había abandonado y yo sin ella no era nada.

Destruido regresé caminando por una camino no hecho para peatones, grandes peligros castigaban mi cuerpo mientras avanzaba a ciegas (por su abandono, por su culpa) entre oscuros senderos, pretendía regresar a mis lugares preferidos y prepararme para la hecatombe que suponía habría de llegar, pero al pensarlo, no tenía a dónde ir.

Me recosté exhausto en el suelo, sentí espinas y aguijones feroces perforar mi espalda mientras cerraba mis ojos, pensé que la muerte es caprichosa y es impía, pero con algunos se presenta noble, pues tienen la oportunidad de elegir dónde morir; yo era uno de ellos y ya había elegido mi lugar, aunque no lograba definir el cómo moriría.

Mientras deambulaba en mi propia mente intentando averiguar el cómo habría de enfrentarme a las últimas horas de mi vida, abrí los ojos y su luz destelló con fuerza e iluminó hasta los más recónditos lugares de mi persona. Estaba ahí, frente a mí, grandísima y bellísima como siempre, incluso aún más. Esta ocasión era más grande, más hermosa, más cercana. Estiré mi mano procurando alcanzarla instintivamente y sorprendido, la tomé entre mis palmas.

Ahí estaba, pequeña e inigualable, la cercanía me había hecho verla grandísima pero en realidad era muy pequeña y estaba ahí, entre mis manos, como un pequeño balón, desafiando todas las leyes de física que conocía, desafiando toda la existencia. Me desconcertó y pensé en mi propio ser, pensé en mil cosas pero al tenerla en mis manos y sentir la dureza de su ser y la tibieza que emanaba de ella la acerqué a mi pecho y escuché su palpitar.

Palpitaba, vivía, era un ser y no una roca, no un cuerpo celeste inalcanzable y sólo visible a los hombres que imaginaban con amarla, con poseerla. ¡Estaba viva! estaba conmigo y palpitaba por mí ¿Cuántas cosas no habrá visto? ¿Cuántos poemas no le habrán cantado hombres enamorados de su infinita belleza? Y de entre todos me había elegido a mí, lo sabía, lo supe desde que la tomé en mi mano, enfermé de felicidad y corrí a mi casa.

El hostil camino lastimó mi cuerpo, mis pies y mis piernas sangraban de heridas variadas, un aguijón, una marca de dientes, una espina… pero nada dolía, y ella, mi amada, entre mis manos palpitando con la fuerza única de una vida extraña y ajena. Miles de años de existencia en ella, anteriores y por venir, pero en ese momento, ella era mía y yo, yo siempre he sido de ella, aún antes de saberlo.

Llegué a casa y la abracé con todas mis fuerzas, la tomé entre mis manos y empapé mis labios de un único sabor, puedo decir que probé un poco del universo y bebí la existencia directamente de ella, porque así fue. Me imbuí de ella, de ese ser que violaba todas mis concepciones de la vida, de la física, de todo al encontrarse entre mis manos, pero aun así, me hacía feliz.

Le hice el amor como mejor figuré, caricias únicas y besos arreglados que sólo en ese momento mi mente pudo concebir (usted se encontraría asombrado de reconocer lo que su mente puede construir en los mejores momentos de amor) sentí placer con ella, con sus caricias ásperas y sus besos rígidos. Era amor, sentimos amor mientras la besaba con pasión y acariciaba con la ternura que los hombres a través de los milenios jamás lograron figurar. Ella brilló con toda su pasión, un brillo fuerte que cegó mis ojos por un instante, caí rendido y agotado. Adormilado, pude ver como ella se escondía entre las sábanas intentando disimular su brillo, lloré de tristeza, lloré de amor, nunca ella debería de disimular su brillo, nunca ante nadie, nunca por alguien como yo, la tomé con ternura y la saqué, flotó lentamente a la ventana y se quedó en el umbral toda la noche.

Desperté temprano aún con la incertidumbre de saber si habían sido reales los acontecimientos de la noche anterior, después de abrir los ojos sentí el horror de no percibir su presencia (estando enamorado se dará cuenta lo horrible que es no sentir la presencia del ser amado), la busqué en la ventana donde la vi iluminarme el día anterior, no la encontré y no lograba verla por ningún lugar. Mi mente, pesimista y descontrolada por naturaleza, asumió que todo había sido una broma cruel de mi propio instinto de supervivencia, en su afán de mantenerme vivo me había hecho alucinar todo para traerme a casa sano y salvo. Ese pensamiento me hizo recordar las heridas en mis pies y mi espalda de la noche anterior, entré al baño (más por curiosidad que por preocupación he de confesar) y no encontré ninguna herida, revisé a fondo en los lugares donde había sentido la intensidad de los aguijones, las espinas, pero no, no había nada y cuando armé todo en mi mente asumí que todo había sido una alucinación, bella y horrible a la vez, pero una alucinación finalmente.

Encendí la televisión para prepararme y salir a la cotidianeidad de mi vida, con indiferencia aumenté el volumen para escuchar mientras preparaba el desayuno. Sorprendido y con cierta ilusión por todo lo que significaba, escuchaba la noticia de la voz de un amarillista y torpe reportero.

“El mundo continúa en desconcierto total debido a la desaparición de la luna, ayer aproximadamente a las 8 de la noche, la luna ¡nuestra luna! Desapareció del firmamento sin dejar más rastro, la NASA ha informado que se encuentra trabajando arduamente para descubrir el motivo y continúan las discusiones acerca de las acciones que se tomarán para aminorar las terribles consecuencias que nos esperan…”

Todo mi mundo de nuevo se vio brumoso y perdía sentido ¿Había sido real? ¿Mi mente no me había engañado? Mientras terminaba de escuchar el absurdo final que se le había ocurrido al noticiero en dónde pedía la ayuda de dios y la comunión de los hombres, para morir “unidos como un ente único llamado humanidad” (basura del fin del mundo).

Con las nuevas noticias salí de mi casa para buscar a mi amada con una visión más amplia y por fin la vi, con un brillo mucho menor y flotando en el cielo, aunque mucho más cerca que antes, más cercana a mí, como mejor pude subí hasta donde ella se encontraba.

Al tomarla de nuevo entre mis manos, sentí su palpitar y su existencia unirse a mí, sentí un leve latido en ella y me di cuenta de lo que ocurría, se encontraba débil. Su brillo apenas era perceptible en el día y me di cuenta que había dejarla descansar, la coloque de nuevo donde se encontraba y salí de casa impaciente por regresar a ella.

Durante el día, escuché toda clase de calamidades y de malas noticias. Miles de animales marinos muertos en las playas, miles de personas muertas durante terremotos, tsunamis, ciudades hundidas casi en su totalidad, furiosos volcanes arrasando con ciudades, miles de muertos. La humanidad se enfrentaba a las peores catástrofes que había conocido, pero no me importaba ¿Era egoísta? Quizá, pero quién puede culpar al hombre que cambia a su especie por el amor de un ser que durante milenios ha existido y de toda la creación, te ha elegido a ti. Es simple cuestión de ego.

Amor, comunión, ego exacerbado, eran las sensaciones que tenía cuando estaba con ella. Regresaba cada día y la tomaba entre mis manos para dirigirla a donde yo pretendía, me di cuenta del amplio dominio que tenía en su ser, sin darme cuenta me dejé llevar por la costumbre, por la seguridad de tenerla para mí, hice todas las tonterías clásicas de los hombres comunes. Poco a poco las dulces y extrañas caricias que le hacía, se hacían más predecibles, dejé de sentirla vibrar con el mismo furor que la primera vez y perdí con el tiempo la imaginación para amarla. Lentamente me fue molestando su luz nocturna que no me dejaba dormir y cuando por fin me acostumbraba llegaban esas noche violentas de total oscuridad, noches en donde ella no brillaba para nada, sólo se convertía en una roca, áspera, fría y de extraño aroma.

Cuando brillaba con fuerza, cuando se convertía en una hermosa luz para iluminar a los perdidos, yo la utilizaba para alumbrar a manera de lámpara de mano; si sentía el deseo nocturno de orinar o si me atacaba la sed de media noche (no creería usted lo que ahorré de luz con ese método) poco a poco la fui relegando, mi cuerpo extrañó la ternura y las caricias de labios humanos, anhelaba sentir la confortable y reconocida calidez de un cuerpo, un día me fui y cansado de sus viajes diurnos (aquellos que usaba para recargarse) la amarré con un delgado, aunque fuerte, cordón. La amarré del techo, de una lamparita donde no estorbaría más y la tendría a disposición cuando necesitase.

Las malas noticias continuaban día con día, muchos aseguraban que el fin del mundo se acercaba y cada vez se veían a menos personas en las calles. Cada vez la locura invadía más el mundo y a mí con él. Pasó poco antes de que la gente comenzará a comportarse sin remordimientos, el futuro se veía brumoso y mejor vivir la vida que permanecer comportándose insulsamente las pocas horas que quedaban, decidí que eso era lo mejor y aproveché mis oportunidades.

Esa misma noche llegué acompañado a casa con el calor de otro cuerpo a mi lado, ebrio de soledad y costumbre (de nuevo) me acosté y le di las caricias que había inventado para mi antes amada. Ella estaba lejos, estaba amarrada percibiendo todo y yo lo sabía pero poco me importó, seguí en mis asuntos y en algún momento entre el extraño momento que vivía (no siempre se le es infiel a la Luna) y la pasión fingida, mi acompañante miró a mi antiguo amor, amarrada y posada en el techo, brillando tenuemente... al preguntarme por ella y por su naturaleza, sólo atiné a comentar que era una lámpara decorativa más. Así, la menosprecié, la engañé y le humillé… todo en el mismo día.

Pasó la noche y desperté en el calor de una humanidad a mi lado, busqué a mi antigua amada y la vi ahí, amarrada y sin brillo. Me importó poco y me dispuse a mi día, todo fue normal, lo más normal que puede ser cuando se acerca el fin del mundo y la gente corre por las calles en desesperación y llora resignada.

Llegué a casa por la tarde empeñado en continuar mi vida normal, ella estaba ahí, sobre las sábanas esperándome y con un brillo que no recordaba haberle visto, era más hermosa que de costumbre, ese brillo peculiar no era muy fuerte pero no era tenue. En ese momento recordé porque la tenía conmigo, recordé que no era un objeto ni una roca; recordé todo lo olvidado por la monotonía de vivir, la recordé a ella y su dulce amor.

Dulce amor que me comenzó a demostrar  mientras ella me dirigía a la cama. Con brillo único y caricias rígidas raspaba mi carne mientras ella se desplazaba flotando de un extremo a otro de mi cuerpo. En algún momento las caricias se hicieron más ásperas y lastimaban mi piel, cuando sentí que era demasiado e intenté retirarla, el peso que ahora ella tenía me lo impidió, no contaba con las fuerzas necesarias para lograrlo o simplemente ella no quería que lo hiciera, mis heridas siguieron en aumento a cada “caricia” que me otorgaba, me sacudí e intenté huir pero me fue imposible, cada vez era más grande su tamaño y cada vez me hería más, su peso y su dureza lastimaban mi piel y mis órganos. Sentí quebrarse huesos dentro de mí y grité por el terrible dolor, sentí dentro de mí explotar músculos y órganos apretados cruelmente, sentí las más horribles sensaciones y rogué por piedad mientras ella continuaba aumentando su tamaña y su peso.

Intentaba desmayarme con todas mis fuerzas, intentaba despertar de la pesadilla, rogué porque fuera un sueño, porque hubiera sido una alucinación de mi mente, pero no lo era. El dolor era muy real, cuando de nuevo la observé estaba opaca, sin el brillo que me atraía, sin más que ofrecerme, sólo el dolor (parecido al que yo le había causado), pensé tantas cosas pero el shock se apoderó de mi mente, iba a morir a manos de la Luna, ese fue mi último pensamiento, no me pareció tan terrible y sin más, me dejé llevar.

Sentí que la vida me abandonaba, los dolores aminoraban poco a poco y pensé lo maravilloso que ahora sonaba la idea de morir, descansar. Cuando pensaba cerrar los ojos y entregarme a la eterna paz, mi antigua amada se acercó a mi rostro y brilló con tanta intensidad que iluminó mis ojos a través de mis parpados, sentí regresar los horribles dolores, sentí que volvían los miedos, sentí mi mente colapsar de nuevo, los órganos y músculos explotar de nuevo, una y otra vez reviví la experiencia de morir. Ella, se alejó de mí, atenuó su brillo y salió por aquella ventana donde se había posado la primera vez, se fue y me dejó ahí, inmóvil, lastimado y moribundo.

Pasó todo el día y el caos diario de la gente desesperada comenzó a aminorar, “ha regresado” alcanzaba a escucharlos gritar, celebraban.  Inmediatamente supe de qué se trataba, pensé que me había dejado ahí como castigo, durante el día pedí ayuda pero nadie me escuchaba, esta vez sí me encontraba totalmente solo, perdido, inmovil y sumido en el dolor, físico y psicológico.

Las fuerzas me abandonaron poco a poco durante el día, cuando el sol se ponía me sentí morir un poco, pensé que el horrible martirio llegaba a su fin, alegre creí que mis sufrimientos habían terminado y fue cuando la vi, en la ventana, distante y de nuevo alejada. Esta vez brillaba diferente para mí, con rencor, con malicia.

Mi vida regresaba mientras su brillo abarcaba mi cuerpo y de nuevo los dolores se hicieron más fuertes, mi mente colapsó de nuevo y los miedos me dominaron, ella regenera mi cuerpo cada noche sólo para verme sufrir, ella no me permitirá morir hasta que pague con creces el dolor que le causé, he perdido la cuenta de los días que he rogado por la muerte, la he visto ir y regresar. A veces se  pierde en el cielo pero siempre puedo sentir su gran odio, alimentándome, dándome vida para sufrir y ahora sólo me pregunto ¿Cuánto tarda en perdonar un ser que tiene toda la eternidad por vivir?

viernes, 27 de diciembre de 2013

De amores inconstantes

Por: Sergio Oropeza



¿Nunca has amado tanto a alguien que lo devoras? Y no, no lo digo de forma figurativa, o quizá sí, quizá me refiero al dulce egocentrismo exacerbado que sentimos cuando la otra persona ha perdido todo por dejarlo a nuestras manos, cuando le quitas toda su humanidad y lo observas desgarrarse, llorar, arañarse, herirse por ti; por el amor que no siente de regreso, su mirada triste al verse a sí mismo y decirse “no lo he de permitir” y saber que al verte no tiene más opción, saberte más, saberte necesario. Mirar a tu pareja y decir “ella si mí no vivirá feliz”. Observarla adelgazar, entristecer y poco a poco morir, saber que el otro sin ti no puede seguir.

Y tomarlo literal y regalarle tu amor, tu deseo. Ya la devoraste por dentro,  lo piensas y sabes que debes agradecer ese amor, la miras, la deseas, la tomas entre tus brazos suavemente mientras ella llora de alegría con tu amor y te mira a los ojos, su respiración te mueve instintos primarios que no sabías existiesen en tu interior, su calidez te llama y su amor te lleva a la comunión, todas las cosas las tiene ella y antes de hacerle más daño la haces tuya totalmente, la terminas de devorar.

Así, no hay más, sólo un trozo de carne separada de su lugar, sólo un poco de sangre, una mirada de miedo o pasional, quizá (¿cómo distinguir?), un abrazo tierno y un final desgarrador; ella abrazándote y tú, tú correspondiendo, tú amándola, tú solitario pues recuerda que al final como en un principio, sólo existes tú. Sólo soy yo y yo así soy feliz.

Y correr tan rápido que los pies duelen, lastiman y sangran mientras dejas las huellas de tu crimen de amor, así lo juzgarán los hombres que no entiendan tu comunión, no fue sólo morderla y dejar su cadáver ahí (bueno sí) fue más, fue amarla y darle el amor y tu cuerpo, dejarla ser parte de ti por siempre (o hasta la digestión).

Da lo mismo pues caminas y te vas, te alejas y te calmas, un nuevo lugar, una nueva oportunidad de hacer las cosas bien, de mejorar y (ahora sí) amar como nadie más lo logra y como nadie más comprenderá. Dejar que pase el tiempo y sanar. Así harás.

Pasa el tiempo y te sientes listo, sin miedo, buscas en medio de la multitud y encuentras a alguien digna de tu amor, de mi amor. Ir a ella, hablarle y dejarla formar parte de tu vida, hacerla reír, observar su belleza adentrarse en tu mente, cerrar los ojos y observarla, quedar al otro día, en el mismo sitio, en otro, donde sea, pero con ella; en el fin del mundo si ella quiere, sólo tiene que volver a sonreír.

Y los halagos la envuelven, la dominan, la hechizaste al fin y sabes que de nuevo alguien no podrá estar sin ti, no puedes permitirte hacerle daño, a ella no, a nadie más, no lo merece (o quizá sí) y mientras dudas ella se queda seria y te mira de la misma forma en la que se miran a los locos de amor que se exhiben en las calles mientras se besan, con ternura, con envidia.

Envidia de tu libertad, envidia de tu amor y de tu pertenencia, el lazo único que tienes contigo y del cual ella no puede ser parte, corre con miedo y es muy tarde pues no encuentras razón para no amarla, no hay razón para que no forme parte de ti, así que la regresas de fuertes tirones de su lindo pelo, sí, ahí, donde guarda su belleza, la tiras y acercas a ti, un golpe y cae al piso sin poder hacer más, buscas comulgar con ella, besar su cuello con pasión. Logra tirar de ti, de tu pelo. Corre lejos y huye de ti.

Corres fuerte y la alcanzas en el puente de su horrible poblado, sus horribles chanclas y su horrible acento al hablar y gritar “aléjate, ya no te quiero más” pero qué va a saber ella de ti y de como la puedes amar, la sometes (al fin) y la muerdes. Silencio, amor, es lo mismo.

Escuchas el revuelo de las personas, vienen, se acercan y quieren descubrir qué ocurrió, recuerdas que al llegar a este sucio lugar todos te miraban con desconfianza, no esperaban nada bueno de aquél foráneo que llegó a pedir caridad y enamoró a la más bella de todas, la "encandiló" como escuchabas que decían. No queda más opción, es huir o morir a manos de ignorantes y torpes seres incapaces de entender la forma en la que amas, ¿huir y dejarla ahí? Sin amar, sin terminar tu comunión, no, no lo harás pero habrás de esconderte para que puedas terminar después.

Bajas el puente y te sientas a esperar, escuchas el revuelo y sus torpes palabras “¿quién pudo haberle hecho esto? Qué animal”, idiotas, que sabrán ellos de tu forma de amar. Escuchas más personas llegar y sabes que la oportunidad de amarla se va. Le pides a Dios te ayude a terminarla de amar y ocurre el milagro, sientes la humedad gotear sobre ti, filtrándose entre las maderas de aquél viejo puente ella se ha dejado amar y Dios te ha ayudado a lograrlo, por fin. Levantas la boca, sientes la humedad de su sangre aún con una ligera tibieza y la dejas entrar en ti, mientras todos gritan y organizan búsquedas por ti, tú sentado con la cara hacia arriba y la lengua de fuera mientras gota a gota se seca ella para ti. Terminándola de amar, terminando tu ritual.

Te vas en la confusión, incluso algunos te ven pero en tu tranquilidad no pueden sospechar de ti, te alejas y te vas, amaste perdiste y tienes que avanzar, encontrar a alguien a quién en verdad puedas amar.

Y continúas viajando y encontrando las esperanzas de a quienes les regalarás tu amor, las diviertes, las dominas, las haces tuyas. Conservar algo de ellas contigo, un dedo te recuerda a una, una uña te recuerda a otra, los dientes son la blanca piel de una más y todas son ninguna, pero son todo para ti (para mí).
¿Qué harás al final del camino si nadie es para ti? Hemos buscado por todos los sitios en busca de alguien digna del amor y los rituales de comunión nadie logra entenderlos y al final (como en un principio) estás solo y te sientes de nuevo perdido.

Frente a este acantilado, con la brisa marina frente a mí, te escribo (me escribo a mí) mientras me pregunto dónde está aquella que he de poder amar, siento la marea incrementarse y abrir sus brazos para recibirme, qué más queda si nadie nunca entendió que soy de amores inconstante, ¿qué más existe? Sólo yo, sólo tú y al final, solo, de nuevo, como en un principio.

Me acerco a la orilla y me doy cuenta de mi error, “dónde está aquella que he de poder amar”, que ingenuo y tonto soy, fui. “Aquella”, como si el único ser que existiese fueran ellas, como si sólo ellas pudieran ser merecedoras de mí.

Caigo en cuenta de mi nuevo descubrimiento y sonrío mientras la esperanza renace en mí, aún puede haber alguien merecedor de mí, aún existe quién te ame y mientras sonrío con una nueva esperanza, llega un hombre y me llama, giro para verlo mejor y mientras me mira con cara de preocupación conforme me acerco a la orilla del barranco, me pregunta “¿estás bien amigo?” yo le digo “sí” mientras sonrío y pienso en mis adentros “tú serás merecedor de mí”.