Me ha costado mucho trabajo entenderlo, llegué a creer que
no podría ser y que necesariamente las cosas tienen que fluir de manera
separada dentro de la maraña de pensamientos pero es imposible. Es idílico
pensar en la separación de tus mundos, es ilógico creer que tienes el control.
Primero creí que la genialidad brillaba por si misma desde
el momento en el que asciende, desde el primer instante en el que los ojos
brillan con un fulgor distinto a lo conocido y “el genio” sube desde lo recóndito
de los pensamientos donde se oculta y aparece, dejando al mismo portador
incapaz de comprender y de interpretar los nuevos pensamientos que fluyen en su
mente. Hasta que se hace uno con ellos.
Pero una disculpa mi querido lector pues he comenzado sin
darte mis antecedentes, soy un escritor cualquiera que ha decidido entregarse a
su pasión, decidí hacer no menos que amar lo que hago. Comencé muy joven a
darme cuenta que veía el mundo con los ojos diferentes a lo que ocurría pues en
cada persona observaba una capacidad única, una capacidad que yo creía solo
propia de los dioses, capaces de no ser humanos, de no tener humanidad y aunque
disfrazados en forma, ausentes en esencia, ausentes en espíritu. Lejos de todos
los que los rodeaban e indiferentes a ellos.
Eso que observaba en las personas me hacía escribir lo que
escuchaba, lo que veía y algunos eslabones de mis pensamientos se encargaban de
terminar aquello que hacía falta, comencé a escribir historias, comencé a
escribir terror y las personas comenzaron a ver todo aquello que yo escribía
con ojos distantes, como si no estuvieran rodeados del miedo, pero al parecer
terminaban por agradecer un momento, un instante de liberación de la realidad que
le oprimía, que nos oprimía.
Mis historias comenzaron a ser leídas y en algún momento desafortunado,
comenzaron a rebasar los propios límites impuestos por mí, siempre creí que
aquellos pensamientos horrorosos que veía en mi realidad, que me atormentaban
en mis sueños eran solamente parte de una sección de mí ser. Que no me
representaban y no era yo aquello de lo que lograba hablar con sencillez.
Pero me equivoqué indudablemente comencé a impregnar mis
historias cada vez más con mi persona y mis pensamientos, o ¿habrá sido al revés?
Como sea un día tuve que admitir que estaba tremendamente unido a ellas y no
podía dejar de pensarlas durante todo el día. Fue ahí que el miedo se apodero
de mí, llegó un momento en el que no pude escribir más y no era por falta de
imaginación, no era por falta de historias de horror y “fantasía” imaginadas en
mi mente, era porque no distinguía la línea, había borrado la línea límite
entre mi imaginación y la realidad.
No lograba distinguir si había sido yo aquel que devoraba
las manos de su amada al pedirle perdón y al otro día al despertar y ver mis
manos mordidas no lograba saber si era yo aquel cruel amante o si había sido
otro desplante de ira irracional el que había causado mi abandono. No supe si
ella estaba bien, si ella quizás se había ido y mi tendencia a evitar a la
gente se vio reflejada cuando nadie se acercaba a mí. No sabía si fui yo quien
abrió aquellas puertas al reino de los desconocido y dejó atrás la humanidad
para volverse un ser reflejado solamente en los espejos, nunca distinguí en qué
momento mis manos cicatrizadas fueron el reflejo de las historias, nunca supe
si eran el reflejo de escribirlas ansiosamente o eran el reflejo de
realizarlas.
Moría un poco cada vez que me acercaba a mi máquina y
observaba un nuevo escrito no sabía que parte eran ciertas y cuáles no, pero
los rumores comenzaron a correr y sólo lograron que empeorara la situación.
Era el brujo, el loco, el asesino, el fantasma, el amante,
me convertí en todos y cada uno de ellos, perdí el control de mis mundos y al
final me di cuenta que algo que yo creía separado siempre había sido parte de
un todo. Siempre habían sido partes de mí.
Decidí escribir un último cuento, consiente, un último cuento que sí habría de llevar a mi realidad para terminar con todo, fue
entonces cuando sentado enfrente de aquella máquina, compañera de ilusiones
dignas de un castigo infernal, recordé
aquella vez en mi juventud en la que escribí de un escritor loco, aquel
personaje anónimo, aquel personaje con tintes de genialidad oculta y finalmente
dominado por pensamientos más fuertes que él, ahí lo recordé, ahí, sentado
imaginé que me había convertido en él.
Y ahí sentado, recordando una historia, de entre cientos,
recordé que aquel día, fuel el día que perdí la cordura.