Por: Emmanuel Endoqui
Pasas seguido frente a la misma escena, ves al hombre de
espaldas con el perro sentado al lado, el hombre mira hacia enfrente y el perro
mira hacia abajo, posados, inmóviles. Les llamas y no hay respuesta, como
siempre, diario se han colocado ahí a ignorar el mundo, decides de igual manera
ignorarlos a ellos.
Recuerdas en tu viaje la primera vez que los viste. Él,
acomodaba sus cosas mientras se sentaba en un tronco, observaste algo de
pinturas, unos óleos, el caminar cansado propio de los ancianos y al perro
inquieto olfatear por todos lados, llamaste, saludaste y agitaste la mano en el
aire. Ni siquiera giró la cabeza ¿recuerdas? Y en ese instante, al recordar, se
te aprietan las tripas y tuerces el gesto, “imbécil, algún día necesitará con
quien hablar”, pensaste.
Sigues tu día normalmente y continúas inmerso en los recuerdos del viejo, lo miraste
sentarse a observar con los óleos y el reguero de pintura a un lado, se quedó observando sin hacer más, esperando. Lo miraste, mal miraste unos segundos y te
fuiste, desde ese día lo has visto ahí, sentado y con el fiel compañero a un
lado. Lo acompaña, siempre.
Regresas a casa por la noche y notas al siempre presente
vagabundo con su gran y desgastado sombrero sobre su rostro, el vaso de unicel
que antiguamente guardaba café, ahora con algunos centavos dentro. Le lanzas
unas monedas directo al vaso, caen y se desperdigan por todo el sitio alrededor
del vagabundo, sólo agacha más la cabeza cubierta por el desgastado gorro y
sientes pena por él.
Caminas entre paredes corroídas y el suelo destruido de la calle, es un
sitio bastante desagradable pero es tu hogar,
llegas al páramo de siempre, a un lado de la calle y medio cubierto de
maleza ahí está, de nuevo; El hombre sentado de espaldas a ti y su perro a un lado, ambos mirando en dirección contraria de donde estás y tú, los ignoras.
Llegas a casa e intentas descansar, te abraza la tibieza del
hogar contrariando las sensaciones que la calle había dejado en tu ser, sientes
el cálido aroma de los lugares que aprecias. Comienzas a preparar la cena y el olor envuelve el pequeño lugar, entre vapores y perfumes se ha formado un
ambiente casi irreal, cómodo, más de lo que podrías haber previsto, abres la
ventana para darle algo de salida al aire y alcanzas a observarlo a lo lejos,
aquel viejo, sentado en el mismo sitio de siempre y con la cara inalcanzable,
te molesta su presencia o te preocupas un poco, no logras definir qué sensación
te causa. Sales corriendo de casa para verlo, para llamarle aunque te ignore,
llegas hasta él y escuchas el rugir del perro a cada paso que das, el
acercamiento te hace percibir el aire rancio del sucio páramo en donde le gusta
permanecer sentado al anciano. Te acercas ignorando el rugir del perro que
amenaza con destrozar a cualquier intruso, ignorando tu propio instinto y la
voz que dentro de ti grita “¡¡vete!!”.
Llegas al anciano y le llamas, no hay respuesta, callas y
escuchas el sonido cortante del viento, un escalofrío recorre tu cuerpo y te
hace querer salir corriendo de ese lugar, no preocuparte por el anciano
inmóvil, por el gruñir del perro y correr hasta alcanzar la tibieza de casa,
los dulces aromas que torpemente dejaste atrás. Ignoras todo y te acercas
rápidamente a tocar su hombro por detrás.
Se estremece el cuerpo y escuchas un gemido, ligero, apenas
perceptible pero que llega a lo profundo de tu ser, sientes el miedo emanar
desde lo más hondo del estómago y antes de poder huir y dejar atrás el horrible
páramo, el gruñir del perro, el aire frío y al inerte viejo, una mano veloz
toma con fuerza tu antebrazo, te presiona y te inmoviliza, la mano y el terror
te dejan incapaz de moverte. El viejo de perpetua mirada hacia enfrente, aún de
espaldas a ti, levanta el rostro y escuchas el mismo gemir anterior, ahora con
más fuerza, suficiente para congelar tu sangre, helar tu cuerpo y observas el
cuerpo girar poco a poco mientras sientes la presión en tu brazo,
observas el contorno del anciano girar y así continúa pero sólo vez lo mismo,
contorno, hasta que se encuentra totalmente de frente a ti y le miras con
terror. Su cara vacía, sin ojos ni boca, nariz o rasgo alguno que haga recordar
un rostro humano, grita, gime y alcanza efectos incapaces de reproducir,
impregna el terror en tu mente mientras sientes nacer algo desde el fondo de tu
estómago.
Gritas con todas tus fuerzas y la imagen del techo sacude tu mente, sólo observas por encima de
ti una nube clara de vapores, de nuevo sientes la tibieza del hogar y una vez
más te domina el olor, el calor. Te das cuenta del mal sueño que recién tuviste
y decides cenar rápidamente e intentar dormir, haces todo con sumo cuidado y
por alguna razón, durante toda la noche, durante cada movimiento que haces
evitas fervientemente acercarte a la ventana. No vaya a ser que esté el viejo
sentado ahí, impávido.
Despiertas al otro día aún con la sensación de temor, una
noche llena de sueños impregnados de hombres sin cara que tomaban tus
expresiones para siempre, riéndose de ti y gruñendo horriblemente. Los parpados
te pesan demasiado y los ojos se sienten arenosos, pero ha terminado, sólo el
mal sueño de la noche y ya ha quedado atrás, gracias al cielo que ahora estás
despierto.
Caminas por tu casa para iniciar el día, tan ocupado estás
en pensar en los quehaceres diarios que olvidaste tu intención de no pasar
frente a la ventana, lo haces descuidadamente y de reojo alcanzas a notar la
figura de ambos, el hombre y el perro, como siempre, inmóviles.
La curiosidad te mata y decides ver que es lo que realmente
ocurre con ese hombre, corres a él desesperado y sin tocarlo lo rodeas para
colocarte de frente. Al acercarte te das cuenta que el perro no reacciona ante
tu presencia te colocas frente a ambos interceptando la luz del sol del día que
recién comienza, la imagen del anciano oscurece con tu sombra, aunque aún
alcanzas a definir sus facciones.
Sus cara maltratada y pálida permanece mirando al frente,
sus ojos vidriosos te dejan ver la ausencia de su ser, la vida que le ha
abandonado, debajo de una maraña de pelo escondida en un sombrero está el
rostro manchado de polvo y maltratado por el sol, te impacta, pero el verdadero
terror lo encuentras al mirar más abajo.
Observas el profundo orificio que tiene el estómago, aún
emergen algo de líquidos, sangre, deshechos, tripas. Algunas se encuentran en
el piso, medio frescas, medio pútridas, marcan un camino pequeñísimo y al
seguirlo con la mirada llegas al que tú creías tierno compañero, con las fauces
agachadas y el ligero movimiento de un animal comiendo sin parar, como si
llevara días esperando, como si la vida se le fuera con el viejo.
Observas el festín que se da en viseras y te das cuentas que
la cantidad que devora es demasiada para provenir del anciano, no te preocupa
mucho el hecho pues piensas que lo mejor es huir y salir corriendo, refugiarte
y pedir ayuda. Caminas de espaldas, un paso, dos y algo se quiebra debajo de
tus pies, en el horrible páramo junto a la calle de los muros destruidos, entre
las pinturas y los óleos.
El perro levanta la cabeza, te mira, gruñe y te muestra los
dientes, debajo de él, pedazos de carne de un rostro; reconoces una nariz,
algunos ojos con la viscosidad propia de los mismos y recuerdas inmediatamente
al pobre vagabundo aquél, desgraciado fue toda su vida pero en este momento te
preocupas más por la tuya,
Intentas tomar algo para defenderte y salta impaciente el
perro por el nuevo festín presentado ante él, primero sientes la saliva en el
rostro que da paso a los colmillos, hundiéndose en tu cara sientes el dolor y
la humedad de la sangre recorrerte, los dientes sin piedad siguen su camino a
través de tu carne y escuchas el choque de sus dientes en tus molares, con
dolor percibes como resbalan los dientes a las encías y entonces sientes tirar
al animal con toda su furia. Se despega un pedazo de tu cara y lloras
brevemente de dolor mientras la sangre invade tu sistema respiratorio, primero
la garganta se llena de líquido vital y el castigo disminuye, después sientes la
sensación de ahogo, los pulmones llenos y entintados de rojo colapsan mientras
giras el maltratado rostro al cielo, recuerdas tu sueño, personajes sin cara,
el gruñir del perro, tu instinto diciéndote “¡¡corre!!”. Mientras recuerdas, tu mirada se nubla y se oscurece, sientes un último tirón en el abdomen y de
nuevo, la tibieza de la sangre recorrerte.
A la distancia, en un horrible páramo al lado de una calle
de muros destruidos, en un hogar impregnado de tibieza y cálidos aromas, se alcanza
a percibir la imagen de un viejo y un perro, entre óleos y pinturas, entre
sangre y viseras. El viejo sentado mirando al frente, el perro impaciente mirando
abajo y tú mirando, con lo que te queda de rostro, arriba.