jueves, 16 de mayo de 2013

Aroor Grimal I




Por: Sergio Oropeza






Siempre fui retraído, distante y alejado de las personas desde el primer recuerdo que poseo, alejado lo más posible del contacto humano siempre he creído pertenecer a otra época, a otro espacio temporal en donde sería bien aceptado, donde buscaría a la gente, pero aquí, pero hoy, no soy parte de este mundo.

Siempre me preparé para enfrentar la soledad, desde el primer momento en el que la sentí me di cuenta que quizás sería mi destino el vivir con ella. Fui criado por mis dos padres aunque siempre estuvieron distantes a mí, siempre alejado y mirando siempre por encima de mi pequeña y joven cabeza, incapaz de comprender sus acciones me fui alejando.

Comencé a estudiar la universidad y ahí le conocí; Aroor Grimal, era su nombre…, “era”, cuantas cosas se pueden narrar en una sola palabra, la unión en este caso de sólo tres letras pero implica mucho, era. Sin embargo, las palabras no alcanzan a describir, ni siquiera me sirven para desahogar los horrores que he visto, que he vivido y que viví a su lado.

Conocí a Aroor Grimmal como colega de carrera, era alto, delgado más allá de lo lógico, con el cabello rojo como si fuera el mismo cielo quemado por batallas antiguas de dioses inmisericordiosos, no era un pelirrojo normal el que él tenía, era un rojo desgarrador a la vista que en conjunto con un par de ojos negros inexpresivos sumidos en las cavidades craneales daba la impresión de estar viendo a un muerto con el pelo encendido. Al menos eso pareció para mí la primera vez que lo vi. Después me di cuenta que sólo era mi triste ilusión de querer ver algo lógico, algo humanizable en aquel despojo de ser.

Comencé mi relación con él un día que caminando por los pasillos de la universidad lo encontré mirando un anuncio de personas que se escondían bajo el disfraz de revolucionarios y sólo eran alborotadores, yo odiaba a esas personas porque siempre he sido incapaz de comprenderlas, pero él, ese día miraba el cartel como si le dijera más cosas, como si un simple cartel le revelara toda la esencia de aquellos que había plasmado sus ideas ahí. Fue entonces cuando me di cuenta que esos ojos sumidos veían más allá de las simples letras escritas sobre el papel. Los ojos de Aroor Grimmal - que hasta el día de hoy me persiguen en mi sueños más terribles – Eran capaces de ver las ideas más profundas escritas y disfrazadas bajo simples trazos. Esos ojos impíos tenían la falta de todo contacto con el entorno, poseían la simpleza de sólo entender lo que él quería y alejarse de todo lo demás carente de sentido. Fue ahí cuando me identifique con él, fue en ese momento cuando supe que él sentía la misma repulsión, el mismo alejamiento y la misma apatía social que sentí desde el primer dejo de consciencia en mí. Supe que Aroor Grimmal sería mi amigo.

Y así fue, comencé a llamarlo a lo lejos, comencé a tratarlo y se convirtió en un amigo íntimo por el cual nunca pude dejar de sentir recelo, sin embargo, era mi relación más cercana, no poseía otra persona con la cual hablar como lo hacía con él, desde las primeras palabras que cruzaron mi boca dirigidas a él, noté que me entendía más que nadie, no temió jamás nada de lo que dije y siempre tuve la confianza de hablar mis pensamientos más secretos con él. Pero lo que en verdad marcaba la gran diferencia, era escribir a su lado, pronto me di cuenta de que teníamos la fascinación compartida de intentar averiguar a qué época pertenecíamos realmente y comenzaron a coincidir nuestras creencias acerca del tiempo y el espacio. Acerca de todo aquello a lo que en verdad pertenecíamos que se encontraba atrapado en otro tiempo, en otro lugar o quizás en otra dimensión. 

Extrañando como lo hacíamos un verdadero lugar al que pudiéramos llamar hogar comenzamos a crearlo en nuestro escritos y narraciones, lo que en verdad hacía especial mi relación con él eran esos sitios, creados y plasmados en papel, en grabaciones, incluso plasmados solamente en el vago recuerdo que se impregnaba en la oscura pared del aquel cuarto escondido en donde solo nos centrábamos  en crear.
Pero llegó un momento en el que comenzó a alejarse aun más de esta realidad, todo comenzó el día que al despertar de un sueño me dijo con voz agitada y exaltado, que había descubierto el verdadero origen de su ser, yo creí esta exaltación se debía sólo a un imaginativo sueño pero después con tristeza y cierta desconfianza me di cuenta que no era así. 

Aroor comenzó a creer que era parte algo que él llamaba, “la maquinaria angular de la vida” y decía que nadie era digno de siquiera saber de que trataba esto, molesto e indignado pues era la primera vez que guardaba un secreto de mí, lo dejé que continuará soñando con los ojos abiertos, hasta que un ruido demasiado fuerte provocó que alarmado yo regresara y lo observara en el piso con la boca un poco abierta y vomitando sangre. Después de brindarle los primeros auxilios me dijo que por fin sabía cómo regresar a su tierra, como regresar a su origen.

No le di importancia pero después de aquél acontecimiento comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Por las noches de luna llena, el rostro de Aroor tomaba un color rojizo como su cabello, sin embargo, su cabello se fue tornando blanco y cada vez se veía encorvarse más a mi confidente y amigo. Paradojicamente el blanco de su cabellos y la palidez de su rostro solamente auguran los terribles orígenes de aquel ser.

Lo noté el día que alumbrado totalmente por la luz de la luna y mientras se sumergía en lo que parecían los sueños más horribles, percibí un terrible hedor que emanaba de su respiración, con cada una de sus exalaciones se hacía más y más fuerte ese terrible hedor. Lleno de nauseas salí del cuarto para tomar aire fresco, al salir, por un momento me sentí totalmente alejado del mundo real, observé colores que jamás creí que existieran y perdido no pude más y me sentí desvanecer de alguna forma. Sentí una sensación perversa en mi espalda, algo me sostenía y no me dejaba caer, giré mi vista sólo para observar un terrible sonrisa de un ser totalmente blanco, su largo hocico dejaba caer un hilo blanco de saliva mientras sus profundos ojos negros que parecían no tener fin, me observaban fijamente, sentí terror, sentí miedo infinito, cerré los ojos y al abrirlos ahí estaba Aroor sosteniéndome a mitad del pasillo. Sonrió mientras observaba los dejos de terror que habían quedado en mí y sólo se fue murmurando cosas que no pude (o quise) entender.

Después de eso todo cambió con él, se volvió aún más distante e incluso yo me convertí en un extraño para él, me decía que ahora veía todo con claridad y lo que antes eran largas charlas acerca de nuestro verdadero origen se convirtieron en pequeñas frases  que sólo murmuraba cuando le preguntaba algo, escuchaba sólo un “orden de las cosas inalterable” y esa respuesta, esa frase, siempre estuvo presente cada que lo veía.
Desapareció mucho tiempo, no lo veía y no compartía más con él, se alejó totalmente y se perdió por completo, los rumores decían muchas cosas. Hablaban de verlo deambulando por las noches y sólo era reconocible por esa altura que sólo él poseía, pero ya no era posible verlo de cerca, su contacto con las personas cada vez era menor, intenté dejar atrás todo lo relacionado a él y a la amistad que mantuvimos, pero, por las noches percibía cerca de mí mientras caía en los más profundos sueños, un terrible hedor que guiaba mi mente a zonas extrañas que me llenaban de repulsión, grandes y oscuros edificios donde no veía el final de las paredes que me mantenían encerrado, ahí permanecía gracias al hedor que se adueñaba de mi mente y me llevaba.

Un día mientras yo imaginaba a que oscuro lugar podrían pertenecer esas visiones, llegó Aroor, con el cabello casi totalmente cubierto de blanco ahora, no parecía el mismo, su mirada se había hecho incluso más distante y todo en él se había vuelto distinto, o quizás yo era el que ahora no filtraba aquellos rasgos que lo hacían inhumano. Me miró sonrió y me dijo que tenía que prepararme para que entendiera de que se trataba su comportamiento, me prometió que después de esa preparación estaría listo para saber de donde veníamos y porque nunca nos sentimos parte de este mundo, en realidad, decía él, éramos parte de algo más grande. Algo más poderoso y antiguo que aún no estaba listo para entender, pero que pronto lo podría asimilar.

Asombrado por de nuevo intercambiar palabras con él, no quise preguntar más, su mirada, su tono al hablar e incluso su forma de moverse me decían que me alejara, que corriera, pero no lo hice, quizás la esperanza de saber porque siempre me sentí alejado de este mundo me hizo permanecer ahí, algo de lo que me arrepiento, pues sin recordar en qué momento me quedé dormido, comencé a observar que mi entorno cambiaba como en mis profundos sueños, empecé de nuevo a verme encerrado entre grandes murallas, inalcanzables e indestructibles edificaciones me mantenían encerrado. 

Fue en ese momento cuando pude verlo acercarse a mí desde las sombras, Aroor caminaba a mi encuentro, dentro del sueño, pero se movía de forma aún más diferente a la habitual, acechante... me causaba pánico el sólo observarlo, intenté correr para que no se acercara a mí, di la vuelta (o eso intenté) y sentí un frío cuerpo, lo miré y me di cuenta que se trataba de una persona, sosteniéndome, frío y con la mirada perdida me sostuvo con fuerza, grité y sentí una presión aún mayor sobre mí, sus manos presionaban su cuerpo y la boca emanaba sonidos incomprensibles, gritos de dolor, agonía, no lo sé, nunca sabré que eran. En mi desesperación giré mi cabeza sólo para ver que estaba rodeado de “personas” así, todas pálidas, con los ojos perdidos y sumidos en la desesperación mientras gritaban quejidos que nunca podré descifrar. Muertos, en vida, en los sueños, no lo supe.

Forcejeando logré alejarme de todos esos despojos de hombre excepto por uno que logró tomarme con fuerza, con sus frías y deformes manos giró mi rostro y me gritó por ayuda. Antes de poder razonar lo que pasaba percibí el horrible hedor que ahora sabía pertenecía a Aroor, venía de las sombras, se dirigía a mí.

De entre las interminables sombras causadas por las gigantes murallas en mi sueño, emergió Aroor y me di cuenta que la oscuridad había sido piadosa pues había ocultado horrores que destrozaron mi mente desde ese instante. Lo miré caminar directo a donde me encontraba, enorme y dando pasos amenazantes con lo que logré distinguir como pies cánidos, sus delgados brazos albergaban terribles garras en las puntas, me miraba con horribles ojos hundidos y profundamente negros que ahora miraban con furia y lleno de una especie de pelaje erizado blanco que lo hacía aún más bestial. Se acercó y tomó al pobre despojo de ser que me sostenía, lo levantó y me miró mientras comenzó a devorar su pecho. Me quedé inmóvil mientras me salpicaban aquellos restos que no podía contener esa bestia entre sus dientes, mientras escuchaba los lamentos de aquel pobre desdichado, mientras ese ser rasgaba carne y devoraba el alma del pobre hombre, ese ser era maldad pura más antigua de lo que yo podía imaginar, ese ser había dejado su humanidad atrás (si es que tuvo alguna) ese ser era mi antiguo amigo Aroor. Lleno de miedo me sentía de nuevo caer al infinito abismo de la inconsciencia, sentí alivio porque creí que no sería consiente de lo ocurriría conmigo, sentí que pasara lo que pasara, no lo sabría y eso por un instante me hizo feliz.

Pero desperté en medio del cuarto en el que dormía, Aroor me miraba fijamente con esos malditos ojos negros, yo y él teniamos el cuerpo y la cara manchados de sangre y cuando observé detenidamente a aquel ser que alguna vez llamé “amigo” sonrió y me dijo:

“Ahora estás listo para entender tu lugar en mi vida” mientras gotas de saliva y sangre resbalaban por aquello que ahora parecía un hocico.