Mi nombre es María Teresa Castillo, mujer enamorada, una
gran hija y una fiel amante. Perfecta compañera de vida y hermosa siempre.
Jovial y humilde señorita que siempre dio lo mejor de sí al mundo, María Teresa
Castillo, mujer. Muerta en 1978. Así dice la inscripción
Morí en 1978, pero los años aquí pasan como ligeras hojas que el viento se lleva con el mínimo soplido ¿por qué estoy aquí? No lo sé ¿por qué estoy sola? No lo sé tampoco. Sólo soy consciente de haber despertado un día, paralizada y rodeada de absoluta oscuridad, grité con todas mis fuerzas, empuje con toda mi voluntad, pero no logré nada. Mis gritos sólo chocaban con infinitos ecos de absoluta soledad, mis fuerzas se desgastaron poco a poco, pero nunca volví a sentir cansancio, no logré de nuevo sentir sueño. Me invadía el miedo y me sentí morir. Al final no importaba nada, ya estaba muerta.
Morí en 1978, pero los años aquí pasan como ligeras hojas que el viento se lleva con el mínimo soplido ¿por qué estoy aquí? No lo sé ¿por qué estoy sola? No lo sé tampoco. Sólo soy consciente de haber despertado un día, paralizada y rodeada de absoluta oscuridad, grité con todas mis fuerzas, empuje con toda mi voluntad, pero no logré nada. Mis gritos sólo chocaban con infinitos ecos de absoluta soledad, mis fuerzas se desgastaron poco a poco, pero nunca volví a sentir cansancio, no logré de nuevo sentir sueño. Me invadía el miedo y me sentí morir. Al final no importaba nada, ya estaba muerta.
Despierta por toda la eternidad comencé a volverme loca, en
ese espacio oscuro y vacío, mínimos ruidos se volvieron una condena inmediata,
lograba percibir el maldito ruido de diminutos mordiscos, me volvía loca
escucharlos y después de un tiempo entendí que era yo a quien pequeños insectos
devoraban. Me daba cuenta que la vida no recorría más mi cuerpo y me enajenaba
saberme consumida por bestias diminutas de afiladas mandíbulas.
Era una cárcel propia, gritaba lloraba y cada vez me sentía
más y más sola, sentía perderme más en la oscuridad y deseaba más y más salir
de ese diminuto espacio, pensé que estaría toda una eternidad condenada a ese
estrecho, oscuro y horrible lugar.
Todo se transformó en un instante y un momento, escuché tu
voz proveniente desde la más profunda oscuridad, tus leves murmullos y palabras
que no lograba definir. Sentí tu dolor y mi curiosidad me obligó a buscarte;
inconsciente de lo que hacía, llegué a ti. Cuando me di cuenta estaba a tu lado
y a pesar de estar rodeados por la profunda oscuridad de la noche, tú me habías
sacado del infinito dolor de la soledad y la angustia. Me habías regresado a un
mundo del cual ya era ajena. Te observé mientras sentado llorabas la ausencia
de alguien, no distinguía tus palabras, pero tu voz me había salvado, tú me
habías guiado fuera de la oscuridad y tu dolor se había convertido en mi dolor.
Regresabas con frecuencia y yo podía observarte, ahora libre
de mis cadenas me movía libremente por aquél olvidado cementerio, entre lápidas
y tumbas frescas, diario me encontraba disfrutando las visiones del mundo que
ya había olvidado. Y siempre, a la misma hora, llegabas puntual a tomar asiento
frente una tumba relativamente nueva. Sentado te observaba llorar mientras tu
linda voz rompía el sepulcral silencio, te veía destrozado y eso me motivaba a
querer consolarte, me habías salvado y ahora sólo quería ahorrarte tu dolor.
Pocos días fueron aquellos que no llegabas y yo, te
extrañaba con cada fibra de mi existencia, sentía como la oscuridad eterna me
reclamaba y sentía perderme de nuevo en infinitos laberintos de dolor.
Los días que estabas aquí, llorando y hablando de mil dolores, me sentaba a tu lado frente a la tumba que visitabas, hablabas y tu hermosa voz aliviaba tanto mis miedos. Pretendía acariciarte y siempre me encontraba con la incapacidad de lograrlo, pero te veía observar a la distancia, esperando respuestas a las mil preguntas que seguramente formulabas. ¿Qué necesitabas? me preguntaba yo, que podía hacer yo para ahorrarte el dolor que tenías.
Los días que estabas aquí, llorando y hablando de mil dolores, me sentaba a tu lado frente a la tumba que visitabas, hablabas y tu hermosa voz aliviaba tanto mis miedos. Pretendía acariciarte y siempre me encontraba con la incapacidad de lograrlo, pero te veía observar a la distancia, esperando respuestas a las mil preguntas que seguramente formulabas. ¿Qué necesitabas? me preguntaba yo, que podía hacer yo para ahorrarte el dolor que tenías.
Me parecías el hombre más perfecto, siempre puntual, siempre
hablando, pude ver un poco como tu dolor se desvanecía, sentí miedo terrible de
perderte para siempre, miedo de que un día no regresaras más y mi determinación
por lograr algo era mayor. Logré con todas mis fuerzas acariciarte brevemente,
sentirte, sentir tu calor y el rápido
erizamiento de tu piel. Te noté palidecer y petrificado intentar salir rápidamente.
El horror me invadió de pensar que quizá jamás volvería a verte. Corrí junto a
ti y te grité, intenté tomar tu mano, acariciarte antes de que te fueras y te
perdiera para siempre. Por un breve instante, en mi desesperación, logré tomar
tu brazo y detenerte, el tiempo se detuvo y tu cara, rígida y pálida me motivo
a soltarte, no era mi intención hacerte daño. Sin más aviso te sentaste con los
ojos abiertos como nunca los había notado en ti y sin darte cuenta te habías
posado sobre mi tumba. ¡Cuántas veces había deseado ser yo a quien tú
visitaras! Y ahora sentado sobre mi tumba mirabas fijamente a tu alrededor, el
destino me sonrió un poco y después de unos instantes cuando por fin estabas
tranquilo te diste cuenta el lugar sobre el que estabas, te giraste y después
de limpiar un poco la hierba y la suciedad leíste la lápida sobre mi tumba, en
ese instante al fin logré entender lo que decías, al fin logré captar lo que tu
hermosa voz tenía para decirme “seguro eras una gran mujer Teresa” mientras limpiabas
más de mi tumba. Llegaste a mi fotografía y me enamoraste más al decirme bella.
Te fuiste, más calmado y tranquilo mientras a mí me dejabas
en una fantasía hermosa de saberme bella para ti, sentí, como hacía años no
podía, sentí cariño y ternura, sentí una especie de amor por ti, te anhelaba y
deseaba que estuvieras a mi lado todo el tiempo.
Regresaste al poco tiempo y exaltaste mi existencia como las
tormentas exaltan a las olas, vibraba con tu presencia y brillaba con una luz
infinita al escuchar tu voz. Todo lo que hacías tú me hacía existir más y le
daba un sentido a mi permanencia. Existía para ti y toda mi existencia comencé
a entregártela, un día sin más, me llevaste contigo.
Alegré y aferrada a ti recorrí de nuevo el camino de los
vivos, tomada de tu mano vacía me sentía dueña de ti. Agachado y taciturno
caminabas sin mirar a la gente, como si el mundo no pudiera entenderte de la
forma en la que yo te entendía y comulgaba con tu dolor. Nosotros
incomprendidos por el mundo, yo sintiendo amor por la luz en la que te habías
convertido para mi existencia y tú, caminando solo y sintiendo profundos
temores que únicamente yo lograba entender.
Llegamos a tu casa, vacía al inicio, creí que tu vida sería
una monótona repetición pero algo iluminó
tu rostro, una voz infantil emergía del fondo de la casa, la curiosidad movió
mi ser antes de siquiera poder pensarlo y atravesé con velocidad las paredes
para llegar al origen de esa tierna voz, no encontré nada, pero escuché brevemente
un ligero eco de una risa infantil perderse en la infinidad de la oscuridad a
la cual tanto tiempo pertenecí. Entraste corriendo por la puerta del cuarto y
al encontrarte solo, te derrumbaste en un llanto profundo y gritos tan
desgarradores que sentí mi ser desvanecerse ante la ausencia de tus lindas
palabras.
Permanecí toda la noche intentando darte caricias que
consolaran tu profundo dolor, encendiste la luz y observé el inocente resplandor
de una mente infantil dominar el panorama, dibujos y juguetes alumbraron por un instante tu
rostro, encendido, recorriste la habitación hasta llegar a un portarretrato con
una foto sobre un nombre pintado en letras de colores “Andrea” decían aquellas
letras que se plasmaron en tus ojos ahora llenos de nuevo de lágrimas. Te
derrumbaste sobre el piso tan lleno de un incomprensible dolor.
¿Qué podía hacer para ayudarte amor mío? ¿Cómo evitarte el
dolor? Eran las preguntas que llenaban mis pensamientos y escuché de nuevo la
voz infantil, vi a la pequeña niña de la foto acercarse lentamente a ti, a lo
que quedaba de ti, ahora sumido en dolor. Te miró extrañada sin comprender muy
bien porque llorabas “papi” te dijo con voz infantil y tus sollozos callaron un
breve instante antes de que cayeras más profundo, gritaste maldiciendo tu soledad.
Comprendí que en el cementerio sólo aliviabas poco el dolor profundo que te
carcomía todo el tiempo, sólo se me ocurrió una forma de ayudarte.
La pequeña niña junto a ti me miró acercarme a ti, con todas
las fuerzas que reuní, lo poco que sabía aún de mi propia existencia, me
intenté fundir en ti. Logré tocarte, logré entrar en tu cuerpo y en tu
desconcierto, apreté con todas mis fuerzas tu corazón, abriste grande el par
de preciosos ojos que tenías, tus labios
apretados sólo alcanzaron a pronunciar “Andrea” y te desvaneciste…
Ahora te observo caminar de la mano de esa pequeña, tan inocente
y tan alegre a la vez, por fin veo tu rostro iluminado, caminas de su mano y
mientras intento alcanzarte te alejas más y más rápido de mí, corro para
alcanzarte pero no lo logro, algo me jala con fuerza, cierro los ojos y de
nuevo, encerrada, en una caja, escucho los mordiscos de insectos devorando mi
piel, mis gritos de nuevo se pierden en la infinita oscuridad, el peso enorme
de la tierra me aprisiona de nuevo. Lloro brevemente antes de comprender; he de
pagar el pecado de la vida que tomé, he de vivir mi castigo por asesinarte, lo
haré con gusto, aunque tú nunca sabrás de aquella que te amó y dio su alma por
ti.