viernes, 7 de diciembre de 2012

Búsqueda


De nuevo se encuentra sentado frente al trozo de papel con la mirada desencajada y su enjuto cuerpo característico, sus largos dedos se deslizan hábilmente mientras sus ideas se plasman en el papel. Su escaza ropa que está usando lo hacen sentir el escalofrió del aire que logra entrar por la diminuta abertura debajo de la puerta, sus rodillas tiemblan y su corazón se detiene un poco. Llegan a su cabeza los recuerdos, el frio reanima sus pensamientos.

Agacha la mirada y encuentra sus manos, desgastadas, lastimadas y frías. Dejadas atrás del cuidado digno de cualquier persona, de cualquiera menos de él, sus manos y su cuerpo no son dignos de ser cuidados, nada en él es digno. Ya no.

Siente de nuevo el frio entrar por la abertura diminuta debajo de la puerta y comienza a llorar, continúa escribiendo ayudado únicamente de una luz mientras todo el lugar sigue en silencio. Él, aferrado a la única luz que lo acompaña guía su mirada al techo del lugar esperando reencontrar los infinitos rincones que algún día visitó en sueños y ahora parecen tan lejanos. Entrecierra los ojos y pierde de nuevo el sentido de ubicación, se vuelve a perder entre sus propios pensamientos. Pensamientos e ideas dignas de un demonio, un demonio que atenta contra la vida de aquél despojo de lo que alguna vez fue un hombre.

Siente su mente y la culpa devorándolo desde lo más profundo de su ser, agacha la mirada y se aferra con fuerza a la mesa mientras alarga la mano al paquete de cigarros, lo enciende y siente la rara combinación de frio en su cuerpo con la calidez de una llama frente a él. Inhala una vez y continua escribiendo, su mejor refugio. Donde sus pensamientos toman un camino fijo y no lo devoran con la culpa.

Solo, en la oscuridad y envuelto por el humo de cigarro, vuelve a sentirse ajeno a este mundo. Apartado y único sin lugar para estar, ocupando un espacio restringido y únicamente por el poder del dinero, escaso ahora. Puede sentir como aquellas personas que lo rodean desean su partida. No les importa el destino que tome, solamente quieren que se vaya y nunca más vuelva. Él lo sabe y está dispuesto a dejarse ir.
Su único objetivo es terminar con aquél trozo de papel -una última oportunidad, solo un intento más- piensa mientras continua concentrado en ese trozo de papel. Pero de nuevo lo interrumpe el frío, maldito frío que lo hace recordar cada uno de los abusos que cometió en su vida, cada golpe, cada grito y cada manipulación.
Recuerda la sonrisa que tanto desprecio, el cabello que se negó acariciar y que ahora lo iluminaría y le mostraría el camino. Recuerda la dulce y melódica voz que tantas veces escuchó, llena de talento y él tan ajeno al mismo. Recuerda el adiós, el dolor y la promesa que se hizo.

La buscó durante mucho tiempo y no logró encontrarla, se instalo en este viejo cuarto que pagó por adelantado y creyó que lograría dar con ella antes de que se agotara el dinero, pero no fue así, se agotó el dinero junto con sus energías y sus ganas de seguir adelante. Perdió todo incluido a sí mismo.

Pero ha logrado terminar con la hoja, el último esfuerzo en el cual quedó grabada cada gota de intención por encontrarla, cada palabra adquirió real significado en la hoja y ahora tiene entre sus manos la última joya que le da su fuerza y su energía para crear.

Toma fuerzas de la última voluntad y se coloca en medio de su cuarto, obscuro y casi vacío, la venta de sus bienes para mantenerse lo han dejado sin nada. Recoge un arrugado esmoquin del piso y se lo coloca. 

Dignamente se ha vestido para dar su último esfuerzo. Recuerda ahora los aplausos y gritos de euforia que algún día provocó entre la gente. Aquél solitario y abusivo músico está dispuesto a emitir su gloriosa y sincera melodía final.

Levanta del piso el preciado violín que aún conserva como recuerda de ella, y comienza a tocarlo. Sus desgastados dedos no son lo que solían ser después de tanto abuso e incomprensible maltrato, su preciada obra recién escrita. Esa obra en donde plasmó toda y cada una de sus ideas le ha quedado demasiado grande para su condición actual. Cae al piso, desesperado se abraza y busca la salida, quiere irse, caminar hasta donde pueda y permanecer ahí, en el frío y su mortal abrazo.

Llega hasta la puerta arrastrándose y se levanta sobre sus rodillas, su debilidad lo ha llevado a caer de nuevo incapaz de sostenerse de la puerta la ha dejado abierta, la luz del pasillo le lastima los ojos, siente un dolor en la espalda y descubre el violín destrozado debajo de él, las lágrimas surgen de su rostro mientras cierra los ojos.

Una extraña fuerza lo pone de pie, una vitalidad no esperada lo hace recoger el violín del piso -aún se escucha bien- piensa mientras sus dedos comienzan de nuevo a bailar por las cuerdas con la gracia que lo caracterizaba, con el talento que logró más de una vez se levantaran de los asientos los afortunados que pudieron escucharlo en sus mejores tiempos.

Ahora renovado deja que la música lo guíe mientras él continua con su magistral obra recién terminada e interpretada por primera vez como el quería. Un ruido lo hace detenerse, una voz reconocible aún en esos momentos de éxtasis -¿Papá?- escucha él a la voz decir. Antes de poder contestarle observa una fina y delicada sombra caminar y arrodillarse embargada en dolor, al agachar la mirada se da cuenta que ella a quien tanto buscó está ahora sosteniendo la cabeza sin vida de aquél gran violinista mientras repite la obra maestra que él recién interpretaba.

Afortunados los que lo escucharon tocar en vida, más afortunados quienes escucharon su última melodía desde la muerte.