viernes, 24 de febrero de 2012

Confesiones



Por: Sergio Oropeza



¿Alguna vez te has obsesionado con alguien? ¿Has visto a alguien ser tan perfecto para ti que podrías decirle “te amo” después de un minuto de conocerla? ¿Alguna vez has conocido el verdadero amor? ¿Te han partido el corazón? A mi sí, todas y cada una de estas preguntas, yo las he respondido afirmativamente. Hoy estando en mi habitación contigo.
 
“Inclúyeme en tu cuento” me pides, habla de mi. ¿Cómo puedes pensar eso? Sabes que cada uno de estos cuentos los escribo con cada fibra de mí ser más enfermizo, sabes que esto que escribo es el desahogo. Y ahora ¿quieres estár en ellos?, ¿de verdad?.. ¿Ni siquiera este espacio puedes darme para lograr hacer mis pensamientos una cadena donde nadie pueda pasar?

Está bien, te amo. Y haré lo que sea que te haga feliz, porque en realidad es mi única intención, desde el primer momento en el que te vi, tan linda, tan preciosa, plasmada en la pintura de la vida saboreando cada momento, y, en el primer instante que dirigiste tu mirada a mi, quede enganchado. Quede hipnotizado y atrapado por ti. Ahora quieres que escriba de ti, pues lo haré, hablaré de ti y te daré un papel en esos cuentos que tanto han logrado molestar a las personas. ¿Qué te gustaría ser mi amor?, ¿la heroína principal?, ¿el personaje antagónico?, ya lo sé, la victima.

Siempre ese papel te ha quedado a la perfección siendo una victima que todo lo que sufre es a causa de hombres como yo, que no hacen más que aferrarse a tu existencia con todas sus fuerzas. De acuerdo, serás la victima, en un papel donde una pareja tuya llegará y tendrá problemas contigo, ah que bien ya tengo tu papel. Y ahora sólo te toca la parte donde sufres, pero en donde quedará el nudo de la historia si el único pecado que se ha cometido es estár enamorada. Que difícil es hacerte una victima, ¿cierto? 

Eres esa victima, que sufrió el acuso injustificado de sus padre, desde el día en que nació, has tenido una infancia difícil y ahora estás pegada a una persona, que no te valora, exacto. No te valoran, el hecho de que dejes atrás todo sólo ha funcionado para que la gente te deje aparte.

Y aquí está a tu lado ese ser loco que no responde a estímulos sociales, que no responde a estímulos psicológicos, y sabe que te has ido alejando, sabe que te alejarás por siempre y solo intenta estár a tu lado, solo quieres seguir contigo, pero, tu no quieres estár a su lado, has decidido alejarte de él y no decirlo.

Y entonces comienza, has visto varios cambios desde hace ya bastante tiempo, has creado una barrera, y él también lo ha hecho, pero, ¿de qué les sirve? Al menos a ti de nada, porque entra a tu habitación enfermos de celos, entra enfermo de desamor, y te recuerda todo lo que han pasado. Te hace pensar en las cosas que estás dejando a un lado, te hace creer que eres mala, y piensas en lo injusto que es, en lo loco que está.

Bien mi amor, he logrado plasmarte en mi cuento de una forma buena,  una forma auténtica que en verdad me recuerda a ti, ¡maldita sea! Porque tienes que invadir esto, no puedo seguir, no puedo plasmar todas las ideas, eres victima, eres alguien que ha descubierto como ser siempre inocente.

Y aquí estás de nuevo negando todo, de nuevo siendo inocente, de nuevo teniendo esa actitud totalmente justificada, pero él está loco sólo quiere acabar con su sufrimiento y con el tuyo. En ese dejo de amor que aun tiene por ti. Quiere que te retires con él de este mundo, solo tienes que acercarte. Él se encargará de lo demás, te hará ver lo que juro, te hará sentir lo que prometió.

Y así lo hace, te recuerda que te dijo preferir verte primero muerta a poder aguantar que dejases de amarlo, te dice todo ese tipo de cosas enfermizas que juramos cuando hablamos del amor, y tu solo no sabes que hacer, solo tienes esa mirada desorbitada. ¿Por qué? Porque en realidad él está actuando, él está acribillándote mi amor. Él está secando sus lágrimas con las partes mutiladas de tu cuerpo.  Te ultraja antes de que puedas hacer algo y al final decide llevarte con él para que observes lo que eran esas promesas de eternidad.

Así es mi amor, he terminado, obsérvalo dime tu opinión. Dime que te ha gustado, dime que sigues aquí conmigo, dime que no me temes. Tu has pedido que te incluyera y aquí estás como la victima principal, convirtiendote en toda esa pureza ultrajada. Ah lo siento bebé, he ofendido tu nivel de pureza, he ofendido todo lo bueno que eres, pero tu me pediste incluirte en el relato, así que finalmente tendrás que leerlo.

Léelo mi amor, léelo. Entérate de todo lo que sabía, entérate de todo lo que escribí conociéndote más profundamente que tu misma. Entérate que todo lo que sentí lo plasme ahí, el dominio. El chantaje, la manipulación. Entérate, porque todo lo he plasmado, he plasmado hasta al final la historia completa. Léelo. Yo sabía todo mi amor, sabia que me odiabas, sabia que me detestabas. Sabía que me partirías en dos el corazón. Literal.

Pero tú no lo sabías. No creías que tuviera la habilidad de saber esto, pero la tuve, supe desde hace mucho que me asesinarías, supe que cada palabra que decia, hacia que sintieras miedo por mi, supe que solo me aguardabas estando dormido, supe desde hace mucho que llegarías a mi cuando no lo esperará. Yo sabía. Sí, eres la victima, pero eso te hacía más peligrosa. Y no sabías que llegaría este relato a ti después de mi fallecimiento, tú crees que estoy enterrado debajo de kilos y kilos de rocas, pero no mi amor, aquí estoy escribiéndote historias, aquí estoy observándote, aquí estoy tocando tu piel mientras lees y recuerdas. Aquí estoy esperándote, porque aunque no lo veas, al final te sigo esperando. Al final he decidido quedarme a vivir contigo toda una eternidad.  Y rescribiremos el final de la historia, y te mostraré el final de mis promesas de eternidad. Sólo necesito que duermas, como cuando yo dormí, solo necesito que confíes, solo necesito de ti. Porque al final serás capaz de ver más claramente la eternidad con los ojos cerrados por siempre.

viernes, 17 de febrero de 2012

Remanentes



Por: Sergio Oropeza



Comienza de nuevo, otra oportunidad para ti, no recuerdas mucho, sólo recuerdas un dolor inmenso, ¿Era físico?, ¿Era espiritual?  No lo sabes, pero aún tienes ese remanente de dolor, sufriste mucho y lo sabes. Sólo que no recuerdas el porqué.

Y estás en tu casa pero no te sientes a salvo, hay algo diferente y te das cuenta, ambiente sombrío, lúgubre, no puedes con él. Y subes a tu cuarto, sólo quieres estár lejos de todo.

Es ahí cuando entra con su vocecita que aturde, con su molesto ir y venir infantil que tanto te irrita, no puedes soportarlo y le llamas la atención, pero no te obedece, su pobre mente no alcanza a entender las palabras. Bastardo, sigue gritando, sigue corriendo. No lo toleras, sus gritos, esos malditos gritos. Y su rostro, ese rostro de imbécil, ese rostro de estúpido, ese rostro de violador.

Y decides enseñarle, que esta vez obedecerá, que esta vez no eres débil,  que esta vez tú eres el poder.
Le das una bofetada con la parte externa de tu mano y cae al piso, llorando, y su llanto te recuerda al tuyo, idiota, ¿por qué llora? No conoce el dolor es hora de que le enseñes el dolor. Y así lo haces, lo pisas con tus tacones, y le marcas la piel, le rasguñas el rostro y está ahí  con su cara de confusión, maldito rostro, seguramente ese rostro tenias cuando ocurrió todo. Maldita sea su existencia, maldito sea él, maldita seas tú, que te dispusiste a enseñarle todos tus dolores a su piel joven.

Y ahí está con la piel morada, lastimado y tendido en el piso, pero no es suficiente, su respiración, esa respiración agitada, te lo recuerda y lo golpeas en el rostro, toda tú fuerza, todo tu poder, quieres dejarle claro que eres esta vez tú quien tiene el poder.

Pero no deja de respirar, se aferra a la vida y sigue profanando tu espacio, sigue siendo tu dolor. Y le arañas el rostro, has decidido hacerlo hasta no poder más y generas más dolor, incomprensión. Pero no te importa mirarlo sufriendo, se lo merece. Y entierras tus uñas en su carne, en su boca, su nariz, sus ojos. Haz destrozado tu mano, tus dedos, pero también su rostro y aún respira pero ya no vale la pena, ni siquiera vale el hecho de que sufra, no merece ni una muerte tranquila, no sé la darás.
Y lo ves ahí tendido, herido, sufriendo y sabes que es tu culpa, no lo entiendes. ¿Por qué fuiste así de cruel? Con tus entrañas, tu producto, tu hijo.

Y el dolor y la culpa te consumen, te corroen, te dejan vacía y decides terminarlo todo, ya no aguantas más y comienzas a preparar una soga en el mismo cuarto.

Lo pones alrededor de tu cuello y brincas desde el pequeño banco en el que estabas. Pero no es tan fácil, atentaste contra la vida de manera cruel y te devolverá el favor. Y el nudo no se aprieta como debería, lo único que hace es separar tus vertebras de la espalda a partir del cuello, lo sientes, el dolor tremendo en la raíz del nervio y encoges el cuerpo esforzándote, pero no lo logras, también te falta el aire, pero no lo suficientemente rápido. Y quedas ahí con tu dolor prolongándose durante horas. Ya ni distingues que duele más. Y recuerdas algo terrible que te dijeron cuando aún eras una niña “en el infierno los suicidas repiten sus últimos momentos previos a su muerte” y sientes terror absoluto, lo que hiciste, lo que pensaste, el dolor que sientes, que terrible sería que tener que repetirlo toda una eternidad.

Y comienza de nuevo…..

viernes, 10 de febrero de 2012

Regreso



Por: Emmanuel Endoqui



Y hoy ha muerto, tu vida, la mujer que amaste desde el día que la viste, juraste amarla y protegerla y hoy, yace muerta, enterrada debajo de una gran capa de tierra, le lloras como jamás en tu vida, era tu vida; lo es, lo seguirá siendo, la amabas. Pero algo llegó, te la arrebató y no pudiste hacer nada por defenderla. Sólo viste lentamente como moría mientras permanecías a su lado, era ver la entrada al infierno con los pies en el umbral del cielo. Aún así decidiste enfrentar la situación con frialdad, maldita frialdad, te condenó.

No decirle que la querías, que la amabas, ¡maldita sea! Todo lo que cambiarías. Y ves a tu hijo, ese fruto del amor que sentían y que ahora se presenta para recordarte lo que era, lo que fue. Lo odias, lo amas, es lo que queda de ella, un poco de su esencia, un poco de su personalidad, decides cuidarlo el resto de su vida. Ya es un joven pero lo amas, con todo tu corazón, y al verlo destrozado te mueres por dentro. Es tu única razón para seguir.

Y regresas a casa y la encuentras vacía, sin vida, si el sonido de su voz. Un tono gris imperceptible y un sonido permanente de estática que se introduce por tus oídos y los carga de una presión sobrenatural se ha apoderado del lugar. Nada, todo quieto, inmóvil. Subes a la recámara y observas la ausencia que habita entre los muebles; te sientas en la cama y sientes el dolor, la soledad, el frío que ahora te cala hasta los huesos. Extrañas su cuerpo tibio y la seguridad que te brindaba. Es hora de dormir, mañana la visitarás en su tumba.

El día llega pero la luz que te ilumine no, acudes a verla y frente a su tumba sientes alivio, como si aún estuviera ahí esperando que con tu amor la revivieses. Confiesas todo, todo lo que hiciste, lo que sientes y lo que no. No sabes si te escucha, pero aferrarte a la idea alivia tu alma. Es ahí donde lo notas, un pequeño levantamiento de tierra, casi imperceptible y lo observas ¿qué ves?, casi pareciera un dedo, carne, su carne, y sientes temor. El miedo invade tu ser y sólo quieres salir corriendo, dejar todo atrás, y así lo haces. Pero no puedes quitarte de tu cabeza la idea de que su descanso aún no es eterno.

Y llegas a tu casa y duermes, ni siquiera recuerdas a tu hijo, solo todo el tiempo, un niño introvertido que deseaba jamás terminase su vida de confort y felicidad, ¡que egoísta has sido! Ni le has visto, no sabes nada de  él, subes a verlo pero no está, raro,  un niño como él no tiende a salir pero no está, decides acostarte y dormir un poco, dejar el dolor a un lado, dormir y despertar mañana, un día menos de dolor.
Dolor en los ojos tu primera sensación, la luz, no es tolerable, te recuestas de lado y observas la ventana, alumbrando la habitación, tan sola, tan vacía, y decides que no es tiempo de pensar en eso. Bajas las escaleras y preparas tu desayuno, lo comes rápidamente y al llamar a tu hijo no aparece, raro piensas tú, subes a buscarlo a su habitación y subes las escaleras, paso tras paso.
Llegas al  descanso y la vez, posición encorvada, brazos juntos, metidos en medio de su regazo, boca abierta mirada perdida. La amabas pero ahora que la ves de nuevo frente a ti, te atemoriza. Pasas junto a ella, “el pequeño” piensas tú. Y pasas a su lado, ni la miras de nuevo, ella no te ha visto y no importa que haga estás fuera de su mundo, sólo no la veas a los ojos, no cruces miradas, no la veas.
Ella levanta la cara, la vez, la amas, la desprecias, te asquea, su mirada fija, esos ojos cristalinos, esa mirada perdida, esa mujer que amaste y ahora te asusta, ahí está, no es mentira, su cabeza, sus manos, su pelo, el pelo que acariciaste y saboreaste su aroma, y ahora todo está ahí frente a ti, putrefacto, y cierras la puerta. Alucinaciones, piensas tu, ¿en verdad los son?, ¿estaban ahí?, ¿dónde está él?, ¿dónde está el niño? Y corres, te atemoriza pensar en él viéndola, esa imagen impregnada durante el resto de su vida, ese cuerpo carente de vida atormentándolo en sus sueños.
Y sales y golpeas algo, ¿Qué es?, lo ignoras corres y al voltear, ves el cráneo, separado, golpeado, tu hijo ¿Dónde esta? Corres, aún sientes dolor, el calor recorriendo tus pies al correr, corre, búscalo, encuéntralo. Llegas a donde oíste su voz, un silbido en el viento, un destello, oscuridad.
Despiertas y ves de nuevo esa terrible imagen, su cara, maltratada, deshecha, y oyes la voz, el niño, tu hijo, él. No lo entiendes, sólo ves químicos, aceites y utensilios raros que no entiendes, y lo ves maquillándola, haciéndola lucir hermosa de nuevo, la amas de nuevo, por siempre, para siempre, para siempre, ¿Para siempre? Lo recuerdas, es muy tarde, ¿Quién lo haría entender?, tú lo dijiste, se lo prometiste, lo cumplirás. Y es muy tarde, sientes la primera puñalada y la segunda y sólo sientes alivio, tercera y cuarta, duelen, muchísimo. Igual que el día que murió, igual que cuando regresaste a casa solo, el mismo dolor, no, es mayor, esto duele más, volteas la cara y vez tus órganos, medio funcionando, afuera de ti, y sientes que estás completo, sientes el ácido en tu interior, hueles el ácido dentro de ella, sabes que estarás a su lado, sabes que no se degradaran, recuerdas por fin esa palabra que le enseñaste a tu hijo y se obsesionó con ella “taxidermia” y recuerdas el juramento, lo hiciste, lo prometiste, lo respetarás. “Estaré con ella por siempre”

viernes, 3 de febrero de 2012

La invitación

Así que decidiste aceptar la invitación, recuerdas desde el primer momento en el que la viste. La forma de la carta te pareció muy singular, enigmática, casi como si la misma carta fuera el augurio de algo que te erizaba la piel, algo que te llamaba pero a la vez te causaba repulsión. Recuerdas el momento en el que se deslizó por debajo de la puerta y llegó a tus manos esa envoltura que olía a carbón, te dejó impregnada la mano mientras descubrías que la invitación que guardaba parecía tener la forma de algo que reconocías pero no podías recordar en el momento.

Te aseguraban aislamiento, un espacio separado del mundo, una comida lejos de todas las presiones que te has autoimpuesto, un tiempo lejos de la sociedad, te prometían soledad, y soledad buscabas. requerías espacio para revisar tus pensamientos y reacomodar tu vida.

Sólo unos cuantos afortunados se cree han tenido la oportunidad de probar semejante banquete, aceptaste sin dudar, y te pusiste en camino para llegar lo más pronto posible al sitio. Aguarda tu boca los sabores prometidos, los olores maravillosos que estás seguro son verdad, rumores has oído y tienes la certeza de que rumores seguirás diciendo, sin confirmar nada y dejando a la gente especular por su cuenta las maravillas que probarás esta misma noche. 

Sólo pensarlo te hace vibrar el cuerpo, es casi místico lo que sientes, tus ideas comienzan a volverse vagas, desde que recibiste la invitación sólo has tenido en mente las delicias prometidas y nada más, todo se te hace mínimo, el pensar en devorar una comida que has oído deliciosa en un espacio que te pertenecerá es una oferta única y piensas aprovecharla.

Logras llegar a tu destino, lo observas, el lugar es una simple casa, nada de letreros vistosos, nada de indicaciones, nada de alejamiento. Te defrauda un poco la idea de haber esperado más, de haber pensado de más y ahora tienes miedo de que esas grandes posibilidades pensadas se derrumben una vez que entres.  Antes de que tus ideas tomen forma, abren la puerta, te llama una voz reconocible pero no recordable y entras, el lugar es blanco en su totalidad y lo primero que llama tu atención es una falta de decoración absoluta. No hay nada, nada salvo una vieja mesa al fondo con un mantel.

Te preparas y esbozas una sonrisa que antecede el gran acto que esperas con ansias, se acerca un sirviente. ¿Quién era? ¿Cómo era? Nada de eso importa, trae preparado un plato y al verlo te hierve la sangre, el platillo prometido, lo observas y te parece perfecto en toda su constitución, el aroma, la visión, el sabor que emana en tu boca a cada mordida, a cada corte que haces con los cubiertos, ¡al diablo los cubiertos! Los lanzas y comienzas a devorar con tus dedos, cortando con los dientes y manchandote completamente empapándote en el sabor.

Y escuchas la voz que te llamó, más cerca, demasiado cerca, es esa voz reconocible pero no recordable, la escuchas de nuevo, sabe tu nombre ¿cómo es que sabe tu nombre? Le diriges una mirada de desprecio, ¿quien osa interrumpir el manjar? Y reconoces la silueta, reconoces la figura, te das cuenta de que es la misma persona que te reprocho desde tu primer manjar, la misma que te prometió ayuda y no te la dio, la misma que te retira el manjar de tus manos, el manjar, la comida, la carne, el cadáver. El pequeño animal que viste correr en tu camino a casa y decidiste devorar, la inocente vida que acabaste y ahora devoras disfrutando cada trozo de existencia, ¡es tu manjar!  ¡Es tu vida! Es tu derecho devorarlo, y forcejeas por él, necesitas de él, a ti te invito el destino a devorarlo, a ti se te concedió el espacio para comerlo, ¡Deben de respetarlo! Y te ganas el respeto, un golpe, dos golpes, tres golpes, silencio. Silencio abrumador que disfrutas, ya no hay nadie que te diga que hacer, no hay nadie que te prohíba, nadie que te falle, nadie a quien le tengas que decir madre. Y disfrutas el increíble olor que emana de un nuevo platillo, recién servido, recién puesto en la mesa, y de nuevo, ves al sirviente llevándote el plato y vibra tu cuerpo, sientes la necesidad agobiante de comer esa carne, dura, rancia, llena de olor y de experiencia.

Y comienzas a hacerlo, devoras la nariz mordiendo el tabique, arrancas los oídos, y disfrutas las mil sensaciones adquiridas, disfrutas el olor, el sabor, el poder. Y con poder estrellas el cráneo en el piso, lo quiebras y logras abrirlo, devoras el contenido, saboreas el centro de sus pensamientos, de su personalidad, observas el cráneo, sólo quedan los ojos, esos ojos que te miraron con odio, esos ojos que te llenaban de culpa, eso ojos que te juzgaban sin conocerte, esos ojos que arrojas al suelo y los pisas con tu pie. Nunca te han gustado los ojos.

Emmanuel Endoqui