Inició todo en algún momento
inesperado, cuando me di cuenta, él me dijo –la amo- y cuando yo la conocí no
pude hacer otra cosa más que caer irremediablemente en eso que se llama amor. Para
mí era hasta ese momento un engaño, un producto ficticio que yo no me había
atrevido a sentir, solamente uno más de los productos de venta del cine. Pero
con ella no fue así, con ella, me enamoré.
Después de verlo con ella lo
envidiaba cada día, cada instante que estaban juntos, me obsesioné con no verla
alegre con él y cada sonrisa que él le arrancaba me dolía, tristemente comencé
a disfrutar el dolor de ella, cuando el dolor era causado por él, sentía una
alegría inmensa de poder por siquiera un momento imaginarme a su lado. Imaginar
que estaría con ella algún día abrazándola, demostrándole que el verdadero amor
va más allá de apariencias, va más allá de la percepción humana que conocía
ella hasta ese momento.
Destruía mis manos, quería
arrancarme mis ojos cada vez que estaba él a su lado. Maldito él y maldito el
día que la conoció, maldito el triste pero acusador destino que no me permitió
conocerla antes. Comencé a verlos más seguido, comencé a intentar descubrir de
donde provenía ese amor que tanto mostraban al mundo y entender su relación,
sus secretos y lo que los rodeaba.
Y lo vi, entendí lo que en verdad
ocurría, los observé mucho tiempo y descubrí que solo eran amantes frente a la
gente y que su amor solamente duraba mientras alguien los viera, eran amantes
en público pero en la soledad de su compañía eran dos personas ajenas
indispuestas a verse realmente, indispuestas a aceptarse. Decidí ayudarles,
decidí que en la ayuda yo le dejaría claro a ella que significa el verdadero
amor, le mostraría mi amor.
Pasó algo de tiempo y lo
encontré, lo encontré a él, ese ser que odié desde el momento que me dijo –la amo-
no podía ni mirarlo sin sentir repulsión, ni siquiera el lazo de sangre que me
unía a él me hacía sentir menos odio y más comprensión por aquél ser que me
había prácticamente educado, lo odiaba. Aborrecía cada gesto, cada palabra,
todas y cada una de las cosas que terminan por describir a un ser. No pude más
y ahí perdí el control, en ese momento después de los gritos, los empujones,
cayó al suelo, inconsciente.
Sangraba profusamente de la sien,
tenía los ojos desorbitados, las manos moradas por las ataduras, con una mirada
desconcertada, me preguntó – ¿por qué? – es un estúpido, aún no entendía nada, no
entendía mi interés, no entendió el porqué siempre insistía en permanecer cerca
cuando ella estaba ahí. No entendió como era posible que la amara y sus ojos me
juzgaron, sus palabras fueron azotes para mí pero no me importó sabía que era
necesario y que a ella le haría saber que yo la amaba de verdad, que yo la
aceptaba de verdad.
Llegó ella como acostumbraba
hacerlo “ acostumbraba” costumbre, aquella palabra que puede terminar por
derruir una relación plantada sobre los cimientos más fuertes y perpetuos imaginables,
costumbre, palabra capaz de devorar tú vida y a la vez hacerte creer que estás
vivo a plenitud. Costumbre, palabra que pudo salvarla.
Me vio en la puerta y se extrañó
pocas veces me veía y aún menos veces me hablaba, las pocas veces que la vi
directamente notaba su mirada menospreciándome por mi corta edad, aún así la
amaba y tenía que mostrarle el verdadero amor, si ella hubiera seguido por
seguir con la costumbre se hubiera ido se hubiera marchado y quizás no
regresado. Pero la movió otra sensación y me descubrió, descubrió el cuerpo
flagelado de su “amado” y me miró con ojos incrédulos, intenté explicarle,
decirle que la amaba y que era necesario mostrarle a ella, mostrarle a él lo
que sentía, salir y gritarle al mundo el amor por el cual lloraba tantas veces,
el amor sentido en mí todo este tiempo por ella, para ella.
Pero no entendía, me gritó, me
empujó y en su desesperación intentó liberar a aquél maldito hombre. No tuve
otra opción, levanté alto en mi mano el mismo objeto con el que había lo había
golpeado a él momentos antes e impacté su lindo rostro en el momento en el que
volteó y me miró aterrada. Su mirada de terror creo en mi los peores
sentimientos de arrepentimiento y recordé cada una de las veces que juré sería
mejor con ella que él. Rompí todas mis promesas en un solo movimiento, rompí
todas mis ilusiones de ella y todo por culpa de él, a punto estuve de correr y
hacerlo sentir mi furia y dolor, dolor de alguien que perdió la razón de su
vida después de encontrarla, de nuevo sentía la soledad carcomiéndome por culpa
de él. Maldito sea él, maldita su mirada juzgándome, maldita sea su fuerza
mayor a la mía que logró librarse de sus ataduras. Golpeó mi rostro…,
obscuridad
Despierto, mis manos están atadas
y lo veo frente a mí, es diferente, ya no es él. Su cara está llena de llanto y
sus ojos llenos de rabia. Observo y la veo tirada pálida a ella que tanto amo
quiero ver si está bien, él me dice que no tengo derecho a observarla siquiera,
las palabras comienzan a perder sentido y no lo escucho, lo único que me
importa es saber si ella está bien. Pero una palabra marca mis oídos y me
remite a la voz de él. “Muerta” y veo de nuevo su cuerpo y debajo un gran
charco de sangre que de su cabeza emana, ¿emanó? No lo sé, me duele demasiado
creerlo, no puedo contenerme y comienzo a llorar y gritar su nombre. Algo me
detiene, no tengo aire y un dolor inmenso en el estómago me ha dejado sin
habla. Volteo mi rostro hacía abajo y veo su puño clavado con odio en mi
cuerpo.
Comienza a golpearme y gritarme
que la amaba. Sé que merezco lo peor porque he causado su muerte, sé que debo
sufrir por lo que hice, pero él no lo entiende no entiende que ya sufro por
ella, por lo que hice, ya estoy sufriendo demasiado. Nunca es demasiado y
siento de nuevo clavarse algo en mi estómago, esta vez era algo más que un puño
y siento la tibieza de mi sangre recorrer mi cuerpo y manchar mi ropa, oigo la
salpicadura de la misma al caer y oigo la voz de él advirtiéndome que esto es
solo el inicio.
“Hermano, ¿acaso no es suficiente
el dolor que ya está sintiendo tu hermana menor?” Le pregunté. –No- me contestó
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