¿Nunca has amado tanto a alguien que lo devoras? Y no, no lo
digo de forma figurativa, o quizá sí, quizá me refiero al dulce egocentrismo
exacerbado que sentimos cuando la otra persona ha perdido todo por dejarlo a
nuestras manos, cuando le quitas toda su humanidad y lo observas desgarrarse,
llorar, arañarse, herirse por ti; por el amor que no siente de regreso, su
mirada triste al verse a sí mismo y decirse “no lo he de permitir” y saber que
al verte no tiene más opción, saberte más, saberte necesario. Mirar a tu pareja
y decir “ella si mí no vivirá feliz”. Observarla adelgazar, entristecer y poco
a poco morir, saber que el otro sin ti no puede seguir.
Y tomarlo literal y regalarle tu amor, tu deseo. Ya la
devoraste por dentro, lo piensas y sabes
que debes agradecer ese amor, la miras, la deseas, la tomas entre tus brazos
suavemente mientras ella llora de alegría con tu amor y te mira a los
ojos, su respiración te mueve instintos primarios que no sabías existiesen en
tu interior, su calidez te llama y su amor te lleva a la comunión, todas las
cosas las tiene ella y antes de hacerle más daño la haces tuya totalmente, la terminas
de devorar.
Así, no hay más, sólo un trozo de carne separada de su
lugar, sólo un poco de sangre, una mirada de miedo o pasional, quizá (¿cómo
distinguir?), un abrazo tierno y un final desgarrador; ella abrazándote y tú,
tú correspondiendo, tú amándola, tú solitario pues recuerda que al final como
en un principio, sólo existes tú. Sólo soy yo y yo así soy feliz.
Y correr tan rápido que los pies duelen, lastiman y sangran
mientras dejas las huellas de tu crimen de amor, así lo juzgarán los hombres
que no entiendan tu comunión, no fue sólo morderla y dejar su cadáver ahí
(bueno sí) fue más, fue amarla y darle el amor y tu cuerpo, dejarla ser parte
de ti por siempre (o hasta la digestión).
Da lo mismo pues caminas y te vas, te alejas y te calmas, un
nuevo lugar, una nueva oportunidad de hacer las cosas bien, de mejorar y (ahora
sí) amar como nadie más lo logra y como nadie más comprenderá. Dejar que pase
el tiempo y sanar. Así harás.
Pasa el tiempo y te sientes listo, sin miedo, buscas en
medio de la multitud y encuentras a alguien digna de tu amor, de mi amor. Ir a
ella, hablarle y dejarla formar parte de tu vida, hacerla reír, observar su
belleza adentrarse en tu mente, cerrar los ojos y observarla, quedar al otro
día, en el mismo sitio, en otro, donde sea, pero con ella; en el fin del mundo
si ella quiere, sólo tiene que volver a sonreír.
Y los halagos la envuelven, la dominan, la hechizaste al fin
y sabes que de nuevo alguien no podrá estar sin ti, no puedes permitirte
hacerle daño, a ella no, a nadie más, no lo merece (o quizá sí) y mientras
dudas ella se queda seria y te mira de la misma forma en la que se miran a los
locos de amor que se exhiben en las calles mientras se besan, con ternura, con
envidia.
Envidia de tu libertad, envidia de tu amor y de tu pertenencia,
el lazo único que tienes contigo y del cual ella no puede ser parte, corre con
miedo y es muy tarde pues no encuentras razón para no amarla, no hay razón para
que no forme parte de ti, así que la regresas de fuertes tirones de su lindo
pelo, sí, ahí, donde guarda su belleza, la tiras y acercas a ti, un golpe y cae
al piso sin poder hacer más, buscas comulgar con ella, besar su cuello con
pasión. Logra tirar de ti, de tu pelo. Corre lejos y huye de ti.
Corres fuerte y la alcanzas en el puente de su horrible
poblado, sus horribles chanclas y su horrible acento al hablar y gritar “aléjate,
ya no te quiero más” pero qué va a saber ella de ti y de como la puedes amar,
la sometes (al fin) y la muerdes. Silencio, amor, es lo mismo.
Escuchas el revuelo de las personas, vienen, se acercan y quieren
descubrir qué ocurrió, recuerdas que al llegar a este sucio lugar todos te
miraban con desconfianza, no esperaban nada bueno de aquél foráneo que llegó a
pedir caridad y enamoró a la más bella de todas, la "encandiló" como escuchabas
que decían. No queda más opción, es huir o morir a manos de ignorantes y torpes
seres incapaces de entender la forma en la que amas, ¿huir y dejarla ahí? Sin amar,
sin terminar tu comunión, no, no lo harás pero habrás de esconderte para que
puedas terminar después.
Bajas el puente y te sientas a esperar, escuchas el revuelo
y sus torpes palabras “¿quién pudo haberle hecho esto? Qué animal”, idiotas,
que sabrán ellos de tu forma de amar. Escuchas más personas llegar y sabes que
la oportunidad de amarla se va. Le pides a Dios te ayude a terminarla de amar y
ocurre el milagro, sientes la humedad gotear sobre ti, filtrándose entre las
maderas de aquél viejo puente ella se ha dejado amar y Dios te ha ayudado a
lograrlo, por fin. Levantas la boca, sientes la humedad de su sangre aún con
una ligera tibieza y la dejas entrar en ti, mientras todos gritan y organizan
búsquedas por ti, tú sentado con la cara hacia arriba y la lengua de fuera mientras gota a gota se seca ella para ti. Terminándola de amar, terminando tu ritual.
Te vas en la confusión, incluso algunos te ven pero en tu
tranquilidad no pueden sospechar de ti, te alejas y te vas, amaste perdiste y
tienes que avanzar, encontrar a alguien a quién en verdad puedas amar.
Y continúas viajando y encontrando las esperanzas de a
quienes les regalarás tu amor, las diviertes, las dominas, las haces tuyas.
Conservar algo de ellas contigo, un dedo te recuerda a una, una uña te recuerda
a otra, los dientes son la blanca piel de una más y todas son ninguna, pero son
todo para ti (para mí).
¿Qué harás al final del camino si nadie es para ti? Hemos buscado
por todos los sitios en busca de alguien digna del amor y los rituales de comunión nadie logra entenderlos y al final (como en un principio) estás solo y te
sientes de nuevo perdido.
Frente a este acantilado, con la brisa marina frente a mí,
te escribo (me escribo a mí) mientras me pregunto dónde está aquella que he de
poder amar, siento la marea incrementarse y abrir sus brazos para recibirme,
qué más queda si nadie nunca entendió que soy de amores inconstante, ¿qué más
existe? Sólo yo, sólo tú y al final, solo, de nuevo, como en un principio.
Me acerco a la orilla y me doy cuenta de mi error, “dónde
está aquella que he de poder amar”, que ingenuo y tonto soy, fui. “Aquella”,
como si el único ser que existiese fueran ellas, como si sólo ellas pudieran
ser merecedoras de mí.
Caigo en cuenta de mi nuevo descubrimiento y sonrío mientras
la esperanza renace en mí, aún puede haber alguien merecedor de mí, aún existe
quién te ame y mientras sonrío con una nueva esperanza, llega un hombre y me
llama, giro para verlo mejor y mientras me mira con cara de preocupación conforme
me acerco a la orilla del barranco, me pregunta “¿estás bien amigo?” yo le digo
“sí” mientras sonrío y pienso en mis adentros “tú serás merecedor de mí”.
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