Por: Emmanuel Endoqui
Usted debe para olvidar al gran amor, destrozarlo, en
literatura, que es donde usted puede ser dueño de un reino, sin temer. En
ficción, en imaginación debe descoronarlo. Como aquellas paredes antiguas que
se desgarran con el tiempo y dejan caer el óxido, el desgaste que sucede con el
paso de los años, usted debe tomar entre sus manos aquel cariño perpetuo que le
encomendó, aquella sinceridad que le confesó y deshacerla en trozos, cortarla y
colocar a la persona amada en la tabla de picar, amarrada, encerrada. Incapaz
de huir y menos aún de dañarlo de regreso; este último paso es vital para el
triunfo pues es necesario salir ileso de la receta, es vital correr gritar y
proclamar el triunfo, pues las cosas acontecen dentro del reino perpetuo de la
mente propia. Pierda o gane locura, recuerde que usted fue aquel que terminó
destrozado, recuerde que usted se encuentra dueño de su mente y como tal, puede
disponer de ella.
Primero tomará al ser amado sobre la tabla de picar y con
eso usted llenará los vacios internos de un amor desgarrado (por la traición,
por la rutina), pequeños trozos de ser le resanarán sus heridas hasta que usted
pueda sonreír frente al recuerdo. Aquí haremos
una pausa para remembrar esos detalles, esos cambios que auguran a sí mismo un
final, un destino inevitable que nos negamos a creer.
Después usted hará una pequeña masa, usando los sobrantes
del recuerdo y de las grandes memorias en la que consumirá ese amor proclamado,
ese amor que gritó a los vientos y ahora le causa vergüenza y pena reconocer,
mientras esto ocurre pensará usted en las diferentes vertientes del destino que
lo llevaron a este lugar. Una frase, un gesto y esa pequeña decisión que lo
tienen a usted en este instante, preparando, cocinando un adiós. Mientras el
antiguo amor grita en sus entrañas, se revuelve y chilla el destino que usted
ya le negó.
Usted entonces empanizará el amor entre recuerdos horribles
de todo lo que le molestaba y calló, aquellos detalles que dejó pasar y ahora
le revuelven las entrañas sabiéndose ajenos a usted. Piense, reflexione y
devore sus actos, dese cuenta que aquel amor que le destrozó ahora se cubre del
error, de la redención y del rencor olvidado. Empanice sus actos en los
aciertos y olvide usted aquello que le causó daño.
Puede usted notar que es dueño de la situación, ha matado
ahora ya tres veces aquel amor, entre recuerdos. En recetarios lo ha dejado ir
y le ha olvidado. Usted entonces puede avanzar al siguiente paso.
Pruebe usted su error, con la boca, con la mente, con el
corazón. Devórelo y desde cuenta de lo
errado que estaba, haciéndose notar lo que sus propias decisiones le han
dejado, mírelo, destrozado entre dientes y palabras que ha exclamado, ha
gritado y conjurado contra la persona que le ha dado la espalda en símbolo
perpetuo de que usted y sólo usted debe hacerse cargo de sus acciones, pues al final,
devorando sus recuerdos, desgarrando sus decisiones amorosas donde el error le
ha dejado condenado, se puede dar cuenta que al tragar la receta es simplemente
hacerse responsable de aquello que le ha dañado. Llore, grita y gima de dolor,
pero asuma la responsabilidad de sus actos y si ha de deshacerse del amor,
acuérdese que usted contribuyó a la aparición de aquello que le ha dejado
inválido, inmóvil en sus recuerdos, una y otra vez revirando.
Tómese un vaso de agua y mire al frente mientras contempla que el mundo continúa sin usted, intégrese, viva y recuerde alegre aquello que fue y que no perdura, pues si algo nos enseña la vida es que la eternidad, sólo existe en un efímero recetario de la vida.
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