viernes, 21 de febrero de 2014

Clichés



Por: Sergio Oropeza


Siempre disfruté la luna y caía en los típicos clichés de admirarla cuando ésta iluminaba todo el cielo. Siempre me sentaba ahí frente a ella perdiéndome durante horas para admirar su belleza ¿a qué me remitía su belleza? siempre me pregunté, no lo sabía pero siempre estaba yo ahí, siempre me quedaba cada ciclo, esperándola y amándola desde la soledad de mi asiento.

Sentado frente a ella admiraba su reflejo desde un asiento viejo y desgastado frente al lago,  viajaba varios kilómetros para llegar al mismo sitio siempre, cíclicamente, como hipnotizado. Sintiendo la ligera brisa del lago emanar y posarse en mí, en la soledad de mi mundo ese era un buen lugar para existir, supongo que esa era la belleza de ese momento, podía existir y podía reconocerme en medio de un infinito universo, en medio del infinito horror de estar vacío, solo; ser mínimo en la creación y saberme un malévolo megalómano que se preocupaba por su lugar en la existencia.

Pero en ese rincón del mundo podía existir, podía ser yo, iluminado por la luna y con el frío en el rostro. La soledad de ese momento y la conjunción de los estímulos me creaban, me rehacían y constituían en mí un nuevo ser, capaz de lidiar con el día a día, capaz de tolerar cualquier idiotez que llegará del mundo.
Un día, llegué al mismo punto el mismo día del ciclo, no encontré nada y no podía mirar la luna, la busqué por todos lados en ese momento, me apoyé de mapas cósmicos para saber si podría ser invisible algún día pero no, todo indicaba que debería estar ahí, que su luz debería estar frente a mis ojos en conjunción con los estímulos de mi entorno, sanándome. Pero no.

Estaba solo, como siempre, incluso la luna me había dejado atrás, incluso representando mi sanación y lo mejor de mi ser, ella había dado la espalda y se había ido ¿Cómo? ¿Por qué? No me importaba y menos me interesaba si habría consecuencias en todo el mundo, no me interesó en lo más mínimo si gente moriría bajo grandes mareas, o si poderosos y únicos tsunamis devorarían a la humanidaden su ausencia, mejor. Ella me había abandonado y yo sin ella no era nada.

Destruido regresé caminando por una camino no hecho para peatones, grandes peligros castigaban mi cuerpo mientras avanzaba a ciegas (por su abandono, por su culpa) entre oscuros senderos, pretendía regresar a mis lugares preferidos y prepararme para la hecatombe que suponía habría de llegar, pero al pensarlo, no tenía a dónde ir.

Me recosté exhausto en el suelo, sentí espinas y aguijones feroces perforar mi espalda mientras cerraba mis ojos, pensé que la muerte es caprichosa y es impía, pero con algunos se presenta noble, pues tienen la oportunidad de elegir dónde morir; yo era uno de ellos y ya había elegido mi lugar, aunque no lograba definir el cómo moriría.

Mientras deambulaba en mi propia mente intentando averiguar el cómo habría de enfrentarme a las últimas horas de mi vida, abrí los ojos y su luz destelló con fuerza e iluminó hasta los más recónditos lugares de mi persona. Estaba ahí, frente a mí, grandísima y bellísima como siempre, incluso aún más. Esta ocasión era más grande, más hermosa, más cercana. Estiré mi mano procurando alcanzarla instintivamente y sorprendido, la tomé entre mis palmas.

Ahí estaba, pequeña e inigualable, la cercanía me había hecho verla grandísima pero en realidad era muy pequeña y estaba ahí, entre mis manos, como un pequeño balón, desafiando todas las leyes de física que conocía, desafiando toda la existencia. Me desconcertó y pensé en mi propio ser, pensé en mil cosas pero al tenerla en mis manos y sentir la dureza de su ser y la tibieza que emanaba de ella la acerqué a mi pecho y escuché su palpitar.

Palpitaba, vivía, era un ser y no una roca, no un cuerpo celeste inalcanzable y sólo visible a los hombres que imaginaban con amarla, con poseerla. ¡Estaba viva! estaba conmigo y palpitaba por mí ¿Cuántas cosas no habrá visto? ¿Cuántos poemas no le habrán cantado hombres enamorados de su infinita belleza? Y de entre todos me había elegido a mí, lo sabía, lo supe desde que la tomé en mi mano, enfermé de felicidad y corrí a mi casa.

El hostil camino lastimó mi cuerpo, mis pies y mis piernas sangraban de heridas variadas, un aguijón, una marca de dientes, una espina… pero nada dolía, y ella, mi amada, entre mis manos palpitando con la fuerza única de una vida extraña y ajena. Miles de años de existencia en ella, anteriores y por venir, pero en ese momento, ella era mía y yo, yo siempre he sido de ella, aún antes de saberlo.

Llegué a casa y la abracé con todas mis fuerzas, la tomé entre mis manos y empapé mis labios de un único sabor, puedo decir que probé un poco del universo y bebí la existencia directamente de ella, porque así fue. Me imbuí de ella, de ese ser que violaba todas mis concepciones de la vida, de la física, de todo al encontrarse entre mis manos, pero aun así, me hacía feliz.

Le hice el amor como mejor figuré, caricias únicas y besos arreglados que sólo en ese momento mi mente pudo concebir (usted se encontraría asombrado de reconocer lo que su mente puede construir en los mejores momentos de amor) sentí placer con ella, con sus caricias ásperas y sus besos rígidos. Era amor, sentimos amor mientras la besaba con pasión y acariciaba con la ternura que los hombres a través de los milenios jamás lograron figurar. Ella brilló con toda su pasión, un brillo fuerte que cegó mis ojos por un instante, caí rendido y agotado. Adormilado, pude ver como ella se escondía entre las sábanas intentando disimular su brillo, lloré de tristeza, lloré de amor, nunca ella debería de disimular su brillo, nunca ante nadie, nunca por alguien como yo, la tomé con ternura y la saqué, flotó lentamente a la ventana y se quedó en el umbral toda la noche.

Desperté temprano aún con la incertidumbre de saber si habían sido reales los acontecimientos de la noche anterior, después de abrir los ojos sentí el horror de no percibir su presencia (estando enamorado se dará cuenta lo horrible que es no sentir la presencia del ser amado), la busqué en la ventana donde la vi iluminarme el día anterior, no la encontré y no lograba verla por ningún lugar. Mi mente, pesimista y descontrolada por naturaleza, asumió que todo había sido una broma cruel de mi propio instinto de supervivencia, en su afán de mantenerme vivo me había hecho alucinar todo para traerme a casa sano y salvo. Ese pensamiento me hizo recordar las heridas en mis pies y mi espalda de la noche anterior, entré al baño (más por curiosidad que por preocupación he de confesar) y no encontré ninguna herida, revisé a fondo en los lugares donde había sentido la intensidad de los aguijones, las espinas, pero no, no había nada y cuando armé todo en mi mente asumí que todo había sido una alucinación, bella y horrible a la vez, pero una alucinación finalmente.

Encendí la televisión para prepararme y salir a la cotidianeidad de mi vida, con indiferencia aumenté el volumen para escuchar mientras preparaba el desayuno. Sorprendido y con cierta ilusión por todo lo que significaba, escuchaba la noticia de la voz de un amarillista y torpe reportero.

“El mundo continúa en desconcierto total debido a la desaparición de la luna, ayer aproximadamente a las 8 de la noche, la luna ¡nuestra luna! Desapareció del firmamento sin dejar más rastro, la NASA ha informado que se encuentra trabajando arduamente para descubrir el motivo y continúan las discusiones acerca de las acciones que se tomarán para aminorar las terribles consecuencias que nos esperan…”

Todo mi mundo de nuevo se vio brumoso y perdía sentido ¿Había sido real? ¿Mi mente no me había engañado? Mientras terminaba de escuchar el absurdo final que se le había ocurrido al noticiero en dónde pedía la ayuda de dios y la comunión de los hombres, para morir “unidos como un ente único llamado humanidad” (basura del fin del mundo).

Con las nuevas noticias salí de mi casa para buscar a mi amada con una visión más amplia y por fin la vi, con un brillo mucho menor y flotando en el cielo, aunque mucho más cerca que antes, más cercana a mí, como mejor pude subí hasta donde ella se encontraba.

Al tomarla de nuevo entre mis manos, sentí su palpitar y su existencia unirse a mí, sentí un leve latido en ella y me di cuenta de lo que ocurría, se encontraba débil. Su brillo apenas era perceptible en el día y me di cuenta que había dejarla descansar, la coloque de nuevo donde se encontraba y salí de casa impaciente por regresar a ella.

Durante el día, escuché toda clase de calamidades y de malas noticias. Miles de animales marinos muertos en las playas, miles de personas muertas durante terremotos, tsunamis, ciudades hundidas casi en su totalidad, furiosos volcanes arrasando con ciudades, miles de muertos. La humanidad se enfrentaba a las peores catástrofes que había conocido, pero no me importaba ¿Era egoísta? Quizá, pero quién puede culpar al hombre que cambia a su especie por el amor de un ser que durante milenios ha existido y de toda la creación, te ha elegido a ti. Es simple cuestión de ego.

Amor, comunión, ego exacerbado, eran las sensaciones que tenía cuando estaba con ella. Regresaba cada día y la tomaba entre mis manos para dirigirla a donde yo pretendía, me di cuenta del amplio dominio que tenía en su ser, sin darme cuenta me dejé llevar por la costumbre, por la seguridad de tenerla para mí, hice todas las tonterías clásicas de los hombres comunes. Poco a poco las dulces y extrañas caricias que le hacía, se hacían más predecibles, dejé de sentirla vibrar con el mismo furor que la primera vez y perdí con el tiempo la imaginación para amarla. Lentamente me fue molestando su luz nocturna que no me dejaba dormir y cuando por fin me acostumbraba llegaban esas noche violentas de total oscuridad, noches en donde ella no brillaba para nada, sólo se convertía en una roca, áspera, fría y de extraño aroma.

Cuando brillaba con fuerza, cuando se convertía en una hermosa luz para iluminar a los perdidos, yo la utilizaba para alumbrar a manera de lámpara de mano; si sentía el deseo nocturno de orinar o si me atacaba la sed de media noche (no creería usted lo que ahorré de luz con ese método) poco a poco la fui relegando, mi cuerpo extrañó la ternura y las caricias de labios humanos, anhelaba sentir la confortable y reconocida calidez de un cuerpo, un día me fui y cansado de sus viajes diurnos (aquellos que usaba para recargarse) la amarré con un delgado, aunque fuerte, cordón. La amarré del techo, de una lamparita donde no estorbaría más y la tendría a disposición cuando necesitase.

Las malas noticias continuaban día con día, muchos aseguraban que el fin del mundo se acercaba y cada vez se veían a menos personas en las calles. Cada vez la locura invadía más el mundo y a mí con él. Pasó poco antes de que la gente comenzará a comportarse sin remordimientos, el futuro se veía brumoso y mejor vivir la vida que permanecer comportándose insulsamente las pocas horas que quedaban, decidí que eso era lo mejor y aproveché mis oportunidades.

Esa misma noche llegué acompañado a casa con el calor de otro cuerpo a mi lado, ebrio de soledad y costumbre (de nuevo) me acosté y le di las caricias que había inventado para mi antes amada. Ella estaba lejos, estaba amarrada percibiendo todo y yo lo sabía pero poco me importó, seguí en mis asuntos y en algún momento entre el extraño momento que vivía (no siempre se le es infiel a la Luna) y la pasión fingida, mi acompañante miró a mi antiguo amor, amarrada y posada en el techo, brillando tenuemente... al preguntarme por ella y por su naturaleza, sólo atiné a comentar que era una lámpara decorativa más. Así, la menosprecié, la engañé y le humillé… todo en el mismo día.

Pasó la noche y desperté en el calor de una humanidad a mi lado, busqué a mi antigua amada y la vi ahí, amarrada y sin brillo. Me importó poco y me dispuse a mi día, todo fue normal, lo más normal que puede ser cuando se acerca el fin del mundo y la gente corre por las calles en desesperación y llora resignada.

Llegué a casa por la tarde empeñado en continuar mi vida normal, ella estaba ahí, sobre las sábanas esperándome y con un brillo que no recordaba haberle visto, era más hermosa que de costumbre, ese brillo peculiar no era muy fuerte pero no era tenue. En ese momento recordé porque la tenía conmigo, recordé que no era un objeto ni una roca; recordé todo lo olvidado por la monotonía de vivir, la recordé a ella y su dulce amor.

Dulce amor que me comenzó a demostrar  mientras ella me dirigía a la cama. Con brillo único y caricias rígidas raspaba mi carne mientras ella se desplazaba flotando de un extremo a otro de mi cuerpo. En algún momento las caricias se hicieron más ásperas y lastimaban mi piel, cuando sentí que era demasiado e intenté retirarla, el peso que ahora ella tenía me lo impidió, no contaba con las fuerzas necesarias para lograrlo o simplemente ella no quería que lo hiciera, mis heridas siguieron en aumento a cada “caricia” que me otorgaba, me sacudí e intenté huir pero me fue imposible, cada vez era más grande su tamaño y cada vez me hería más, su peso y su dureza lastimaban mi piel y mis órganos. Sentí quebrarse huesos dentro de mí y grité por el terrible dolor, sentí dentro de mí explotar músculos y órganos apretados cruelmente, sentí las más horribles sensaciones y rogué por piedad mientras ella continuaba aumentando su tamaña y su peso.

Intentaba desmayarme con todas mis fuerzas, intentaba despertar de la pesadilla, rogué porque fuera un sueño, porque hubiera sido una alucinación de mi mente, pero no lo era. El dolor era muy real, cuando de nuevo la observé estaba opaca, sin el brillo que me atraía, sin más que ofrecerme, sólo el dolor (parecido al que yo le había causado), pensé tantas cosas pero el shock se apoderó de mi mente, iba a morir a manos de la Luna, ese fue mi último pensamiento, no me pareció tan terrible y sin más, me dejé llevar.

Sentí que la vida me abandonaba, los dolores aminoraban poco a poco y pensé lo maravilloso que ahora sonaba la idea de morir, descansar. Cuando pensaba cerrar los ojos y entregarme a la eterna paz, mi antigua amada se acercó a mi rostro y brilló con tanta intensidad que iluminó mis ojos a través de mis parpados, sentí regresar los horribles dolores, sentí que volvían los miedos, sentí mi mente colapsar de nuevo, los órganos y músculos explotar de nuevo, una y otra vez reviví la experiencia de morir. Ella, se alejó de mí, atenuó su brillo y salió por aquella ventana donde se había posado la primera vez, se fue y me dejó ahí, inmóvil, lastimado y moribundo.

Pasó todo el día y el caos diario de la gente desesperada comenzó a aminorar, “ha regresado” alcanzaba a escucharlos gritar, celebraban.  Inmediatamente supe de qué se trataba, pensé que me había dejado ahí como castigo, durante el día pedí ayuda pero nadie me escuchaba, esta vez sí me encontraba totalmente solo, perdido, inmovil y sumido en el dolor, físico y psicológico.

Las fuerzas me abandonaron poco a poco durante el día, cuando el sol se ponía me sentí morir un poco, pensé que el horrible martirio llegaba a su fin, alegre creí que mis sufrimientos habían terminado y fue cuando la vi, en la ventana, distante y de nuevo alejada. Esta vez brillaba diferente para mí, con rencor, con malicia.

Mi vida regresaba mientras su brillo abarcaba mi cuerpo y de nuevo los dolores se hicieron más fuertes, mi mente colapsó de nuevo y los miedos me dominaron, ella regenera mi cuerpo cada noche sólo para verme sufrir, ella no me permitirá morir hasta que pague con creces el dolor que le causé, he perdido la cuenta de los días que he rogado por la muerte, la he visto ir y regresar. A veces se  pierde en el cielo pero siempre puedo sentir su gran odio, alimentándome, dándome vida para sufrir y ahora sólo me pregunto ¿Cuánto tarda en perdonar un ser que tiene toda la eternidad por vivir?

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