Por: Emmanuel Endoqui
A veces la gente me pregunta por qué dejé de escribir... En pláticas casuales o cuando la conversación parte de los terrenos de lo cotidiano a mares profundos donde es fácil ahogarse. Nunca doy la respuesta aunque la sé. Porque la misma respuesta rompe mi navegación e irremediablemente me ahogo en el recuerdo.
Todo empezó con calma, con la alegría de quien emprende una aventura. Las letras me parecían lo más maravilloso jamás creado por el hombre. Un desfogue en el cual podía dejar los tormentos y las alegrías de los días. Pero parece que el control que uno tiene sobre sus gustos están más limitados por la vida misma que por los caminos que a uno le gustaría seguir; y fue la vida misma la que me dio el sendero que después me llevaría al punto de no retorno, porque mis encuentros casuales con las letras, de a poco se fueron haciendo más intensos, más personales y en el proceso, más costosos.
Las sonrisas y enojos diarios, pronto se reflejaron en las letras, pero mientras los momentos alegres se absorbían en el papel como si fueran fantasías vividas por alguien más, los tormentos se plasmaban reales, en una caja enorme de resonancia que pegaba con fuerza de regreso, y actos simples como corregir una única letra mal puesta, me colocaba en un lugar de resueno de todos los errores cometidos, en el escrito, en el día, en las decisiones de mi vida que me habían llevado hasta las letras de ese texto y que me aplastaban.
Pero seguí, continué destilando cada pensamiento, intentando encontrar lo positivo siempre y enfocando mis energías en plasmar lo bueno que me ocurría, intentaba encontrar en las letras refugio a mis días y no megáfonos de mis miedos, pero entre más me aferraba, más tomaban de mí mis escritos. Un día, no supe cómo llevar la felicidad de nuevo a mis textos, no había de dónde tomarla, y me entregué al completo horror de desbordar el terror de mis pensamientos en las palabras.
Nunca pensé que al ceder mi resistencia, cedí con ella todo lo que me protegía de mis propias ideas, y me encontré en un torbellino lleno de todos aquellos pensamientos resguardados horrorosos que anhelaban destruirme.
Quizá, lo primero que a uno le venga a la mente, sean escritos de monstruos y embrujos, de hechizos y posesiones que me atormentaban, pero no. Mis textos calaban en la profundidad de las dudas humanas, de mis propias dudas. De mis motivos, de mis abandonos, de la soledad recalcitrante que devoraba mis pensamientos. De las ausencias y los encuentros conmigo mismo donde al verme de frente reflejado en mis espejos, lo único que encontraba era vacío.
Así, en el reflejo de los vacíos, de las dudas y la incertidumbre, llegué al peor de los escritos, al más cruel y salvaje. Aquel en donde la imagen que plasmé de soledad, decadencia y abandono estaba tan bien descrita que comenzó a perseguirme. Un hombre de ficción se transformó poco a poco en un espectro de mis días diarios, lo miraba primero en mis sueños, después tras mis pasos y un día, en mi reflejo.
Después de mucho escribir, después de mucho destilarlo, no supe reconocerlo separado de quien soy. Me encontré a mí mismo abandonado, en soledad y decadente. Mi cuerpo era un despojo de quien fui, mi mente era jirones de ideas que ahora sin sentido, sólo se dedicaban a rebotar en espacios vacíos donde no se encontraban ni a sí mismas. Tenía que dejar de escribir.
Hoy, tras años de no plasmarme en ningún texto, me vi en el espejo, solo. Vomité. El eco de mis arcadas anunció mi soledad en la vivienda. Me convertí en todos mis personajes; en el solo, en el abandonado, en el decadente. Pero las letras tienen su magia, y aunque su magia me destruya, aunque su magia caiga sobre mí como viga incendiada de una casa en llamas, prefiero dejarme plasmado horroroso en el papel, que un simple eco perdido en la cacofonía de un mundo que grita etéreo al vacío infinito.
Soy el peor cuento que pude haber escrito.., pero soy yo.
Y se siente bien volver a escribir.
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