viernes, 20 de abril de 2018

El monstruo dormido

Mi abuela siempre me decía que no me acercara al anciano de frente de la acera. Todos los días cuando sacaba a pasear a mi perro, me lo encontraba. Con los pasos cansados y la espalda encorvada apenas y podía medio bambolearse de algún lugar a otro. Su ropa, siempre sucia, mostraba el profundo abandono y soledad de la cual había sido presa, a veces lo miraba y me llenaba la cabeza de pensamientos. Los últimos años de la vida y ser presa tan fácil para la muerte. Al menos otros tenemos a quien la ahuyente por nosotros o a quien nos despida para tenderle la mano y comenzar el viaje a lo incierto, pero él no tenía a nadie y eso me mataba de tristeza.

Diario por las mañanas, cuando sacaba a mi mascota a su paseo, me encontraba al triste despojo de hombre. Siempre podía verlo pero no así escucharlo, pues no hablaba. Con calma y amabilidad siempre lo saludaba, pero él sólo respondía mirándome a los ojos fijamente. No sonreía pero al parecer no le molestaba mi gesto. Mi perro por otro lado, era una historia muy diferente, pues apenas lo veía a la distancia y corría hacia él para atacarlo, más de una vez mordió sus pantalones. Aunque mi perro no era una raza grande ni agresiva, este viejo le causaba algo de repulsión.

Mi abuela siempre distinguía cuando en el camino me había encontrado al viejo por la forma en la que llegaba mi perro a casa, una especie de inquietud que sólo cuando cerraba la puerta principal dejaba de mostrar. Cada vez que mi abuela lo miraba agitado lo sabía de inmediato y me repetía una vez más que me alejara de ese anciano y que nunca le dirigiera la palabra. "Es un anciano asqueroso y horrible" decía mi abuela con serenidad.

Yo no lograba entender de dónde venía la repulsión de mi abuela por tan pobre despojo de hombre y pensaba que ella, con su familia y posición económica apoyándola podría juzgar muy fácil al hombre tan sólo por la condición en la que ahora se encontraba.

Por mi parte, siempre intentaba ocultar el repudio que mi abuela me había enseñado a tenerle. Continué mirándolo en la calle con su paso cansado y seguí procurando sonreírle y quizá hacerle un poco más llevadera esa vejez que tanto le pesaba sobre los hombros.

Pero un día, no pude encontrarlo en los lugares donde comunmente lo observaba, miré a mi alrededor pero no había nadie en la calle. Pensé que quizá el inevitable abrazo de la muerte por fin lo había alcanzado. Me sentí triste por este hecho y pensé en algún tipo de homenaje para el anciano. Siempre me ha aterrado la idea de que la existencia de algunas personas sólo quede como polvo que desaparecerá al primer movimiento del mundo.

Permanecí en mi lugar pensando cuál sería el homenaje más apropiado y fue ahí cuando sentí una mano que me jalaba. Giré la cara con miedo y de inmediato un golpe me la regresó. Me sentí aturdida, alcancé a ver al viejo, se había escondido para tomarme por sorpresa. De su boca salía una sonrisa malévola y sus manos me tomaban con firmeza impidiéndome el movimiento.

Forcejee poco con él realmente, finalmente era un viejo y por mucha lástima que me diera antes, me defendí lo mejor que pude y logré lanzarlo a un lado de la calle. Al caer, el anciano se rompió uno de sus brazos y la fragilidad de su piel dejó ver el hueso roto que ahora se asomaba como testigo del crimen que el anciano asqueroso quiso cometer.

Pero algo más había en la escena, porque no salí huyendo y ni siquiera sentí ganas de alejarme, el anciano, su fragilidad y su herida expuesta me hicieron quedarme ahí y observar mientras se retorcía de dolor y su sangre cubría el pavimento. Me acerqué a su brazo y sin pensarlo muy bien tomé el hueso expuesto con mi mano y jalé lo más fuerte que pude.

El anciano quiso gritar pero no emitió ningún sonido, su cara se retorció en el dolor y sentí una profunda satisfacción en mi interior, como si algo muy dentro de mí se hubiera activado. Levanté su hueso y lo separé de su piel, jirones de carne lo acompañaban, el anciano seguía mugiendo y gritando sin emitir ningún sonido, sus ojos llenos de terror se abrieron mucho más cuando acerqué su antes extremidad a mi boca y lo lamí. El delicioso sabor de la carne me causó que algo despertara y sentí mi boca abrirse más de lo que jamás se había abierto, mis ojos se llenaron de rabia y ansié devorar la piel marchita y frágil del anciano. 

Mi abuela salió de la casa y me miró fijamente, volteó a ver al anciano en el piso que poco a poco perdía la luz de sus ojos mientras se desangraba. -Ay, hija, deberías de haber iniciado tu vida de cazadora con algo digno y no con este despojo de hombre -me dijo mientras tomaba el cuerpo con sus manos y lo arrastraba hacia la puerta de mi casa. La calle seguía vacía, nadie había escuchado nada. -Ya había visto que lo mirabas como presa -continuó mi abuela -pero siempre he creído que eras más que este pedazo de piel asquerosa y rancia, qué lamentable que tu nueva vida se haya inaugurado con él, pero al menos nos has traído la comida de la noche. 

Y lanzó el cuerpo dentro de la casa, donde mis padres, mis hermanos y  mi entusiasmado perro lo despedazaron a mordidas y lo redujeron a la nada mientras yo pensaba en la que sería la siguiente víctima de esa noche. 

Emmanuel Endoqui




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