Por: Sergio Oropeza
Comienza de nuevo, otra oportunidad para ti, no recuerdas
mucho, sólo recuerdas un dolor inmenso, ¿Era físico?, ¿Era espiritual? No lo sabes, pero aún tienes ese remanente de
dolor, sufriste mucho y lo sabes. Sólo que no recuerdas el porqué.
Y estás en tu casa pero no te sientes a salvo, hay algo
diferente y te das cuenta, ambiente sombrío, lúgubre, no puedes con él. Y subes
a tu cuarto, sólo quieres estár lejos de todo.
Es ahí cuando entra con su vocecita que aturde, con su
molesto ir y venir infantil que tanto te irrita, no puedes soportarlo y le
llamas la atención, pero no te obedece, su pobre mente no alcanza a entender
las palabras. Bastardo, sigue gritando, sigue corriendo. No lo toleras, sus
gritos, esos malditos gritos. Y su rostro, ese rostro de imbécil, ese rostro de
estúpido, ese rostro de violador.
Y decides enseñarle, que esta vez obedecerá, que esta vez no
eres débil, que esta vez tú eres el
poder.
Le das una bofetada con la parte externa de tu mano y cae al
piso, llorando, y su llanto te recuerda al tuyo, idiota, ¿por qué llora? No conoce
el dolor es hora de que le enseñes el dolor. Y así lo haces, lo pisas con tus
tacones, y le marcas la piel, le rasguñas el rostro y está ahí con su cara de confusión, maldito rostro,
seguramente ese rostro tenias cuando ocurrió todo. Maldita sea su existencia,
maldito sea él, maldita seas tú, que te dispusiste a enseñarle todos tus
dolores a su piel joven.
Y ahí está con la piel morada, lastimado y tendido en el
piso, pero no es suficiente, su respiración, esa respiración agitada, te lo
recuerda y lo golpeas en el rostro, toda tú fuerza, todo tu poder, quieres
dejarle claro que eres esta vez tú quien tiene el poder.
Pero no deja de respirar, se aferra a la vida y sigue
profanando tu espacio, sigue siendo tu dolor. Y le arañas el rostro, has
decidido hacerlo hasta no poder más y generas más dolor, incomprensión. Pero no
te importa mirarlo sufriendo, se lo merece. Y entierras tus uñas en su carne,
en su boca, su nariz, sus ojos. Haz destrozado tu mano, tus dedos, pero también
su rostro y aún respira pero ya no vale la pena, ni siquiera vale el hecho de
que sufra, no merece ni una muerte tranquila, no sé la darás.
Y lo ves ahí tendido, herido, sufriendo y sabes que es tu
culpa, no lo entiendes. ¿Por qué fuiste así de cruel? Con tus entrañas, tu
producto, tu hijo.
Y el dolor y la culpa te consumen, te corroen, te dejan vacía
y decides terminarlo todo, ya no aguantas más y comienzas a preparar una soga
en el mismo cuarto.
Lo pones alrededor de tu cuello y brincas desde el pequeño
banco en el que estabas. Pero no es tan fácil, atentaste contra la vida de
manera cruel y te devolverá el favor. Y el nudo no se aprieta como debería, lo
único que hace es separar tus vertebras de la espalda a partir del cuello, lo
sientes, el dolor tremendo en la raíz del nervio y encoges el cuerpo esforzándote,
pero no lo logras, también te falta el aire, pero no lo suficientemente rápido.
Y quedas ahí con tu dolor prolongándose durante horas. Ya ni distingues que
duele más. Y recuerdas algo terrible que te dijeron cuando aún eras una niña “en
el infierno los suicidas repiten sus últimos momentos previos a su muerte” y
sientes terror absoluto, lo que hiciste, lo que pensaste, el dolor que sientes,
que terrible sería que tener que repetirlo toda una eternidad.
Y comienza de nuevo…..
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