viernes, 3 de febrero de 2012

La invitación

Así que decidiste aceptar la invitación, recuerdas desde el primer momento en el que la viste. La forma de la carta te pareció muy singular, enigmática, casi como si la misma carta fuera el augurio de algo que te erizaba la piel, algo que te llamaba pero a la vez te causaba repulsión. Recuerdas el momento en el que se deslizó por debajo de la puerta y llegó a tus manos esa envoltura que olía a carbón, te dejó impregnada la mano mientras descubrías que la invitación que guardaba parecía tener la forma de algo que reconocías pero no podías recordar en el momento.

Te aseguraban aislamiento, un espacio separado del mundo, una comida lejos de todas las presiones que te has autoimpuesto, un tiempo lejos de la sociedad, te prometían soledad, y soledad buscabas. requerías espacio para revisar tus pensamientos y reacomodar tu vida.

Sólo unos cuantos afortunados se cree han tenido la oportunidad de probar semejante banquete, aceptaste sin dudar, y te pusiste en camino para llegar lo más pronto posible al sitio. Aguarda tu boca los sabores prometidos, los olores maravillosos que estás seguro son verdad, rumores has oído y tienes la certeza de que rumores seguirás diciendo, sin confirmar nada y dejando a la gente especular por su cuenta las maravillas que probarás esta misma noche. 

Sólo pensarlo te hace vibrar el cuerpo, es casi místico lo que sientes, tus ideas comienzan a volverse vagas, desde que recibiste la invitación sólo has tenido en mente las delicias prometidas y nada más, todo se te hace mínimo, el pensar en devorar una comida que has oído deliciosa en un espacio que te pertenecerá es una oferta única y piensas aprovecharla.

Logras llegar a tu destino, lo observas, el lugar es una simple casa, nada de letreros vistosos, nada de indicaciones, nada de alejamiento. Te defrauda un poco la idea de haber esperado más, de haber pensado de más y ahora tienes miedo de que esas grandes posibilidades pensadas se derrumben una vez que entres.  Antes de que tus ideas tomen forma, abren la puerta, te llama una voz reconocible pero no recordable y entras, el lugar es blanco en su totalidad y lo primero que llama tu atención es una falta de decoración absoluta. No hay nada, nada salvo una vieja mesa al fondo con un mantel.

Te preparas y esbozas una sonrisa que antecede el gran acto que esperas con ansias, se acerca un sirviente. ¿Quién era? ¿Cómo era? Nada de eso importa, trae preparado un plato y al verlo te hierve la sangre, el platillo prometido, lo observas y te parece perfecto en toda su constitución, el aroma, la visión, el sabor que emana en tu boca a cada mordida, a cada corte que haces con los cubiertos, ¡al diablo los cubiertos! Los lanzas y comienzas a devorar con tus dedos, cortando con los dientes y manchandote completamente empapándote en el sabor.

Y escuchas la voz que te llamó, más cerca, demasiado cerca, es esa voz reconocible pero no recordable, la escuchas de nuevo, sabe tu nombre ¿cómo es que sabe tu nombre? Le diriges una mirada de desprecio, ¿quien osa interrumpir el manjar? Y reconoces la silueta, reconoces la figura, te das cuenta de que es la misma persona que te reprocho desde tu primer manjar, la misma que te prometió ayuda y no te la dio, la misma que te retira el manjar de tus manos, el manjar, la comida, la carne, el cadáver. El pequeño animal que viste correr en tu camino a casa y decidiste devorar, la inocente vida que acabaste y ahora devoras disfrutando cada trozo de existencia, ¡es tu manjar!  ¡Es tu vida! Es tu derecho devorarlo, y forcejeas por él, necesitas de él, a ti te invito el destino a devorarlo, a ti se te concedió el espacio para comerlo, ¡Deben de respetarlo! Y te ganas el respeto, un golpe, dos golpes, tres golpes, silencio. Silencio abrumador que disfrutas, ya no hay nadie que te diga que hacer, no hay nadie que te prohíba, nadie que te falle, nadie a quien le tengas que decir madre. Y disfrutas el increíble olor que emana de un nuevo platillo, recién servido, recién puesto en la mesa, y de nuevo, ves al sirviente llevándote el plato y vibra tu cuerpo, sientes la necesidad agobiante de comer esa carne, dura, rancia, llena de olor y de experiencia.

Y comienzas a hacerlo, devoras la nariz mordiendo el tabique, arrancas los oídos, y disfrutas las mil sensaciones adquiridas, disfrutas el olor, el sabor, el poder. Y con poder estrellas el cráneo en el piso, lo quiebras y logras abrirlo, devoras el contenido, saboreas el centro de sus pensamientos, de su personalidad, observas el cráneo, sólo quedan los ojos, esos ojos que te miraron con odio, esos ojos que te llenaban de culpa, eso ojos que te juzgaban sin conocerte, esos ojos que arrojas al suelo y los pisas con tu pie. Nunca te han gustado los ojos.

Emmanuel Endoqui

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