Por: Emmanuel Endoqui
Y hoy ha muerto, tu vida, la
mujer que amaste desde el día que la viste, juraste amarla y protegerla y hoy, yace muerta, enterrada debajo de una gran capa de tierra, le lloras como jamás
en tu vida, era tu vida; lo es, lo seguirá siendo, la amabas. Pero algo llegó, te la arrebató y no pudiste hacer nada por defenderla. Sólo viste
lentamente como moría mientras permanecías a su lado, era ver la entrada al infierno con los pies en el umbral del cielo. Aún así decidiste enfrentar la situación con frialdad,
maldita frialdad, te condenó.
No decirle que la querías, que la
amabas, ¡maldita sea! Todo lo que cambiarías. Y ves a tu hijo, ese fruto del amor
que sentían y que ahora se presenta para recordarte lo que era, lo que fue. Lo
odias, lo amas, es lo que queda de ella, un poco de su esencia, un poco de su
personalidad, decides cuidarlo el resto de su vida. Ya es un joven pero lo
amas, con todo tu corazón, y al verlo destrozado te mueres por dentro. Es tu
única razón para seguir.
Y regresas a casa y la encuentras vacía, sin
vida, si el sonido de su voz. Un tono gris imperceptible y un sonido permanente de estática que se introduce por tus oídos y los carga de una presión sobrenatural se ha apoderado del lugar. Nada, todo quieto, inmóvil. Subes a la recámara y observas la ausencia que habita entre los muebles; te sientas en la cama y sientes el dolor, la soledad, el frío que ahora te cala hasta los huesos. Extrañas su cuerpo tibio y la seguridad que te brindaba.
Es hora de dormir, mañana la visitarás en su tumba.
El día llega pero la luz que te ilumine no, acudes a verla y frente a su tumba sientes alivio, como si aún estuviera ahí esperando que con tu amor la revivieses. Confiesas todo, todo lo que hiciste, lo que sientes y lo que no. No
sabes si te escucha, pero aferrarte a la idea alivia tu alma. Es ahí donde lo notas, un pequeño
levantamiento de tierra, casi imperceptible y lo observas ¿qué ves?, casi
pareciera un dedo, carne, su carne, y sientes temor. El miedo invade tu ser y
sólo quieres salir corriendo, dejar todo atrás, y así lo haces. Pero no puedes
quitarte de tu cabeza la idea de que su descanso aún no es eterno.
Y llegas a tu casa y duermes, ni
siquiera recuerdas a tu hijo, solo todo el tiempo, un niño introvertido que
deseaba jamás terminase su vida de confort y felicidad, ¡que egoísta has sido! Ni
le has visto, no sabes nada de él, subes
a verlo pero no está, raro, un niño como
él no tiende a salir pero no está, decides acostarte y dormir un poco, dejar el
dolor a un lado, dormir y despertar mañana, un día menos de dolor.
Dolor en los ojos tu primera
sensación, la luz, no es tolerable, te recuestas de lado y observas la ventana,
alumbrando la habitación, tan sola, tan vacía, y decides que no es tiempo de
pensar en eso. Bajas las escaleras y preparas tu desayuno, lo comes rápidamente
y al llamar a tu hijo no aparece, raro piensas tú, subes a buscarlo a su
habitación y subes las escaleras, paso tras paso.
Llegas al descanso y la vez, posición encorvada, brazos
juntos, metidos en medio de su regazo, boca abierta mirada perdida. La amabas
pero ahora que la ves de nuevo frente a ti, te atemoriza. Pasas junto a ella, “el
pequeño” piensas tú. Y pasas a su lado, ni la miras de nuevo, ella no te ha
visto y no importa que haga estás fuera de su mundo, sólo no la veas a los
ojos, no cruces miradas, no la veas.
Ella levanta la cara, la vez, la
amas, la desprecias, te asquea, su mirada fija, esos ojos cristalinos, esa
mirada perdida, esa mujer que amaste y ahora te asusta, ahí está, no es
mentira, su cabeza, sus manos, su pelo, el pelo que acariciaste y saboreaste su
aroma, y ahora todo está ahí frente a ti, putrefacto, y cierras la puerta. Alucinaciones,
piensas tu, ¿en verdad los son?, ¿estaban ahí?, ¿dónde está él?, ¿dónde está el
niño? Y corres, te atemoriza pensar en él viéndola, esa imagen impregnada
durante el resto de su vida, ese cuerpo carente de vida atormentándolo en sus
sueños.
Y sales y golpeas algo, ¿Qué es?,
lo ignoras corres y al voltear, ves el cráneo, separado, golpeado, tu hijo ¿Dónde
esta? Corres, aún sientes dolor, el calor recorriendo tus pies al correr,
corre, búscalo, encuéntralo. Llegas a donde oíste su voz, un silbido en el
viento, un destello, oscuridad.
Despiertas y ves de nuevo esa
terrible imagen, su cara, maltratada, deshecha, y oyes la voz, el niño, tu hijo,
él. No lo entiendes, sólo ves químicos, aceites y utensilios raros que no
entiendes, y lo ves maquillándola, haciéndola lucir hermosa de nuevo, la amas
de nuevo, por siempre, para siempre, para siempre, ¿Para siempre? Lo recuerdas,
es muy tarde, ¿Quién lo haría entender?, tú lo dijiste, se lo prometiste, lo
cumplirás. Y es muy tarde, sientes la primera puñalada y la segunda y sólo
sientes alivio, tercera y cuarta, duelen, muchísimo. Igual que el día que murió,
igual que cuando regresaste a casa solo, el mismo dolor, no, es mayor, esto
duele más, volteas la cara y vez tus órganos, medio funcionando, afuera de ti,
y sientes que estás completo, sientes el ácido en tu interior, hueles el ácido
dentro de ella, sabes que estarás a su lado, sabes que no se degradaran,
recuerdas por fin esa palabra que le enseñaste a tu hijo y se obsesionó con
ella “taxidermia” y recuerdas el juramento, lo hiciste, lo prometiste, lo
respetarás. “Estaré con ella por siempre”
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