Por: Sergio Oropeza
Estás muerto ¿recuerdas? pereciste en ese accidente propiciado
por ti, habías bebido demasiado, los suficiente para saber que podría pasar y
pasó. Sentiste un fuerte golpe inicial, tu auto voló por los aires y el segundo
golpe fue aún peor pues quedaste presionado entre tu asiento y la carrocería
destrozada. No sentías dolor, el alcohol en tu sangre y el shock no te lo
permitieron, pero tú lo buscabas, tú anhelabas eso. Anhelabas cerrar los ojos y
despedirte de todo por siempre y así lo
hiciste.
Pero jamás imaginaste lo que ocurrió después, en el instante
que siguió estabas ahí parado. Viendo tu
cuerpo morado y rígido sobre la plancha de metal. No te explicabas el porqué podías
verte, estabas sólo ahí desafiando todas y cada una de las palabras que te
enseñaron en tu religión, prácticamente te habías suicidado pero no era el
infierno lo que vivías sólo continuaste viendo la vida sin ti. La vida a la que
ya no pertenecías pero la cual seguía.
Súbitamente la viste entrar en la fría y oscura habitación
donde en medio se localizaba la plancha de metal con tu cuerpo. Estaba hecha
trizas, al principio no la reconociste y eso te dolió después, pero la
observaste bien y era ella. Era tu madre, tras ese rostro desfigurado por el
dolor, tras esos ojos rojos de llanto y esa boca abierta inhumanamente que te impacto al instante creándote
un poco de miedo, pero ¿cómo puedes pedir un rostro humano? Cuando el dolor que
siente es algo incomprensible algo que jamás creerías ni entenderías.
Y la observas llorando, y sientes un poco de culpa. Intentas
consolarla pero no siente nada, no percibe tu mano apoyándose en su hombro, te
extraña y lo sabes. Sólo eran ella y tú y la dejaste sola. Eras la única
familia que le quedaba y la dejaste sola. Ahora la ves, el tiempo ha pasado y
no te lo explicas pero la ves de nuevo, la observas viéndose frente al espejo,
observas su arrugas más marcadas que nunca. Ves el calendario en la pared. Han
pasado dos meses desde aquel accidente y sólo sigues ahí no puedes hacer nada,
no puedes decir nada, solamente puedes observarla decayendo, marchitándose. Su
cuerpo delgado y sus brazos arañados, el dolor insoportable que se le ve en el
rostro, el cuerpo demacrado, sabes que no come porque la conoces lo suficiente
y notas en su vestimenta que no sale y que sólo está en su cuarto recordando lo
que era que estuvieras en su vida.
Avanza el tiempo una vez más y lo primero que haces es
buscar el calendario, lo observas y ves ahí algo que te da un escalofrío
inmediato. Diez de mayo, sabes que ese día eras tú la luz de su día y siempre
tuviste la idea de que ese día no era tan especial, que le demostrarías todo el
año lo importante que era para ti, pero no lo hacías, algo siempre se interponía
una tarea, una obligación, tu pareja. Sí, aquella persona que te hizo creer que la vida no valía lo
suficiente y ahora que ves a tu madre sola, llorando, aún más demacrada te das
cuenta de que si valía toda la vida.
Ahora lo que darías por felicitarla, por no haber dejado
pasar las oportunidades y al menos un solo día más poder abrazarla. En todo el
silencio en el que estás inmerso oyes su llanto y de nuevo intentas abrazarla,
consolarla pero no te siente, ni siquiera siente tu presencia.
Con terror la observas avanzar y tomar un frasco con píldoras,
lo sabes, sabes que su dolor es inmenso y que no puede soportarlo más y ahora
por más que lo intentas por más que te esfuerzas en gritarle no te oye,
intentas tocarla pero no te siente y con todo tu dolor observas como se toma el
frasco de píldoras y su piel pálida se comienza a poner azul a medida que
pierde el aire, no está respirando y ves las contracciones en su garganta
intentando por instinto respirar pero ella misma y las pastillas que tomó no se
lo permiten. Y ahí la ves, tirada sobre su cama, con el rostro azul y la cara
llena de lágrimas y en el silencio en el que estás condenado oyes su último
respiro y observas por última ocasión como su torso se contrae exhalando el
remanente de aire que quedaba en su cuerpo.
Muerta, a tu lado. Tú, sujetando su mano; pero sabes que
murió sintiéndose sola y en un profundo dolor que tú causaste. Pero una pequeña
esperanza ilumina tu tristeza, quizás esté a tu lado de la misma forma en la
que tu apareciste al lado de tu cuerpo, quizás puedas consolarla. Y así es, la
ves a tu lado observando desconcertada su cuerpo sin vida pero cuando te
colocas frente a ella no te ve, sigue sin verte y sigue estando alejada de ti.
Entonces ocurre, algo se la lleva y ahí sí escuchas su grito
de dolor, un grito que te dejará marcado el resto de tu existencia y se la
llevan lejos de ti, ahora simplemente sabes que jamás la volverás a ver, una
voz en tu interior te lo dice, sabes que se ha ido para siempre y te das cuenta
el porqué sólo podías ver las consecuencias de tus decisiones, sólo pudiste
observar sin poder hacer nada, pero eso no fue el castigo, el castigo fue
quedarte sin la única persona que te amó incondicionalmente y con un verdadero
amor eterno desde el primer momento en que te vió. Te das cuenta de eso y
lloras, con un dolor que jamás habías sentido y el único pensamiento que
atraviesa tu cabeza es haberle podido haber dicho aunque sea una última vez “Feliz
día mamá”.
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