Por: Sergio Oropeza
Te enteraste, un día cualquiera prendiste la televisión y en
las noticias apareció el triste caso de un anciano que fue encontrado muerto después
de cierto tiempo. Que tristeza pensaste tú. ¿Cómo es que alguien puede vivir
tan solo?, ¿puede vivir así?, ¿puede estar así de abandonado?
Y ves su nombre en la pantalla, es reconocible, te hace pensar,
te hace recordar y lo recuerdas. Lo conocías, fue tu gran amor, fue la persona
que conociste y que adoraste con toda tu alma, fue él.
No le tenías un sobrenombre, no le llamabas “amor”, “corazón”,
“mi vida”, solo era “él”, ese era su sobrenombre porque no existía alguien más
que “él”. Y no existió después alguien que lo superará a “él” aunque intentaste
olvidarlo e intentaste dejarlo en el pasado se grabó en tu memoria, permaneció ahí
todo el tiempo.
Y siempre dudaste ¿qué será de él? Pero nunca te atreviste a
buscarlo, nunca te atreviste a llamarlo y él no lo hizo tampoco. ¿Por qué ceder
tu orgullo en nombre del amor? Porque ahora que lo ves, te ha llegado la
respuesta. Para evitar esto, para no quedar solos, para no quedar abandonados. Y
no porque necesites de alguien para ser feliz en tu vejez, es porque siempre
necesitaste de él, es porque siempre se necesitaron pero jamás se llamaron,
jamás volvieron a tener contacto.
Y la forma en la que falleció, te pareció terrible,
enterarte de todo lo que ocurrió, de todo lo que sufrió, imaginarte que podría
pasarte lo mismo, saber que en algún momento pudiste haberlo evitado. Tan solo
si ambos hubieran sido más maduros. Lo conocías lo suficiente para saber que
pensó, que sintió, la soledad absoluta que lo envolvió y la sensación de olvido
que tuvo en su mente.
Y sabes que ambos se necesitaban, ambos se hubieran podido
ayudar tanto, incluso tú, en este momento sientes que tú también lo necesitas,
sientes que estás igual de sola, igual de abandonada e igual de vacía por
dentro. Pero tu nunca fuiste como él, tú lo enfrentarás todo con la cabeza en
alto y no te dejarás vencer, él se dio por vencido, el claudicó, pero tú no, tú sabes lo que se avecina,
conoces ese final certero al que te acercas. Lo has sentido, has vibrado con
esa sensación y sabes que está cerca.
Así que decides ponerte en marcha y te diriges en busca de
una cuerda, la encuentras y la llevas contigo, a tú espacio personal, a tú
lugar. La amarras de la parte más fija del techo, y comienzas a anudar, con
paciencia, con calma, con tranquilidad, pero no cometerás el mismo error que
él. Tú sabes que hasta en la muerte encontrarás dignidad y levantas el
teléfono. Llamas a la policía y pides que envíen a recoger un cadáver a tú
dirección, no terminarás putrefacta en tu hogar colgando como juguete infantil.
Subes el pequeño escalón que has colocado, te dignas a
lanzarte, tomas fuerzas y saltas. Y te das cuenta, en realidad, sólo quieres
verlo de nuevo, sólo quieres sentirlo, quieres alcanzarlo. Y pides que llegue a
ti y que te guie en esta nueva parte del camino, deseas verlo, piensas que
mientras tu vida se acorta, él se acerca, pero no es así. No lo ves, no está en ningún
lugar, no ha aparecido por acto divino como sucede en las películas y solo
estás tú y el ruido ahogado que generas.
Creíste haber tenido una buena solución, creíste haber sido
capaz de burlar el destino, pero no fue así, la policía acudió pero al no ver a
nadie no entraron a tu hogar. Y puedes oírlos retirándose y piensas de nuevo en
el horror de permanecer ahí colgada, de estar ahí esperando a alguien que no
llegará, de perder tu dignidad. Y sientes la soledad, sientes el miedo, sientes
el vacío. No hay nadie para consolarte, no verás a nadie después, no existe
nada ahora, sólo tu miedo. Y el miedo te lleva a derramar lágrimas, a sentir la
vida alejándose de ti y añorarla, añoras las cosas simples, el sol, la comida,
las sonrisas, a él.
...Después fue encontrado el cadáver de una anciana, el tiempo
pasó antes de que alguien notara siquiera su ausencia, y la imagen al verla era
desgarradora, una anciana colgada, con la cara asustada y el rostro lleno de
lágrimas. Ese rostro putrefacto, lleno de llanto, lleno de dolor. Abandonada y
solitaria compartió el final que tanto temió desde el principio, compartió las sensaciones, compartió el miedo. Porque aún sin
darnos cuenta, siempre compartiremos el mismo destino con alguien.
Como siempre muy buen cuento sergio :)
ResponderEliminarEsta si me llego :(
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